/0/22857/coverorgin.jpg?v=2b5f1e72242513dd4dbee2a5303c6b68&imageMogr2/format/webp)
Mi esposo, Mateo, y mi hermana adoptiva, Ximena, me apuñalaron por la espalda. Descubrí que Ximena estaba embarazada de su hijo, una jugada calculada para asegurar un heredero para el imperio naviero que mi familia construyó y que él ahora controlaba.
Él me pintó como una esposa fría y obsesionada con su carrera que no podía darle un hijo, convirtiendo nuestra decisión mutua de esperar en un arma en mi contra. Cuando los enfrenté, Mateo prometió encargarse de todo, pero fue solo otra mentira.
Su engaño era más profundo de lo que jamás imaginé. Cuando una figura violenta del pasado de Mateo apareció, revelando que había usado dinero robado para casarse y entrar en mi familia, Mateo eligió proteger a su amante embarazada por encima de mí, dejándome a merced de un ataque que me dejó gravemente herida.
Me dejó desangrándome en el suelo de una galería de arte, eligiendo proteger a la mujer que llevaba a su hijo; un hijo que, como descubriría más tarde, ni siquiera era suyo.
Fingí mi propia muerte y escapé a Irlanda para empezar una nueva vida, libre de su red de mentiras.
Pero Mateo, consumido por una obsesión retorcida después de saber la verdad, me dio caza. Me encontró, desesperado por reclamar lo que había destruido.
—Eres mía, Sofía —gruñó, sus ojos llenos de un fuego posesivo—. Siempre lo has sido y siempre lo serás.
Capítulo 1
Perspectiva de Sofía:
La línea rosa en la prueba de embarazo me miraba fijamente, burlándose de la fachada perfecta que Mateo y yo habíamos construido meticulosamente. No era mía. Era de Ximena. Mi hermana adoptiva, esperando un hijo de Mateo. El mundo se tambaleó sobre su eje, pero yo me mantuve firme, la directora general de Naviera Garza, no una niñita frágil.
Ximena estaba sentada frente a mí en mi estudio, una muñeca de porcelana con ojos grandes e inocentes. Sus manos revoloteaban sobre su vientre ligeramente abultado.
—Sofía, por favor —susurró, su voz un ruego lastimero—. Tienes que entender.
Yo no entendía. Nunca lo haría. La mujer a la que había acogido en mi casa, en mi familia, estaba esperando un hijo de mi esposo.
Una ola de frío me recorrió. Esto no era solo traición; era un insulto. Una jugada calculada en un juego que no sabía que estaba jugando.
—¿Entender qué, Ximena? —Mi voz era tan filosa como un cristal roto—. ¿Que lo has destruido todo?
Ella se encogió, agarrándose el estómago.
—No se suponía que pasara así. Mateo… dijo que me amaba.
Casi me reí. Mateo no amaba a nadie más que a sí mismo y a su ambición.
—Dijo que te dejaría —insistió ella, con los ojos llenos de lágrimas, haciéndolos parecer aún más grandes, más vulnerables—. Lo prometió.
Las promesas eran baratas. Especialmente las de Mateo.
—¿Y le creíste? —Mi mirada era inquebrantable, atravesando su inocencia fabricada—. ¿De verdad creíste que cambiaría el imperio Garza por… esto?
Su rostro se descompuso.
—Dijo que necesitaba un heredero, Sofía. Dijo que tú no podías darle uno.
Las palabras me golpearon como un puñetazo. La herida tácita y purulenta de nuestro matrimonio sin hijos, ahora convertida en un arma en mi contra. Apreté las manos debajo del escritorio.
—Eso es mentira —afirmé, mi voz peligrosamente baja—. Decidimos no tener hijos todavía. Fue una decisión mutua.
Ella desvió la mirada, trazando patrones en su vientre.
—Dijo que estabas demasiado enfocada en la empresa. Que no bajarías el ritmo por una familia.
El descaro. La pura y absoluta desfachatez de ambos.
—Lárgate —ordené, mi paciencia agotada—. Lárgate de mi casa.
Levantó la vista, con los ojos desorbitados por nuevas lágrimas.
—Pero, ¿a dónde iré? No tengo a dónde ir.
Ese no era mi problema. Ya no.
—Eso es algo que deberías haber considerado antes de abrirle las piernas a mi esposo —repliqué, las palabras sabiendo a ceniza en mi boca.
Su jadeo fue teatral.
—¿Cómo puedes ser tan cruel?
¿Cruel? Simplemente estaba exponiendo los hechos.
—La crueldad comenzó cuando traicionaste mi confianza, Ximena —dije, levantándome de mi silla—. Ahora, vete.
No se movió, su labio inferior temblaba.
—Estoy esperando a su hijo, Sofía. El hijo de tu esposo. No puedes simplemente… echarnos.
—Pues mírame. —Mi voz estaba desprovista de emoción.
Justo en ese momento, la puerta del estudio se abrió. Mateo, impecablemente vestido como siempre, entró, sus ojos recorriendo la escena. Vio el rostro de Ximena surcado de lágrimas, su mano protegiendo su estómago, y luego su mirada se posó en mí, fría y calculadora.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su tono engañosamente tranquilo.
Lo miré directamente a los ojos.
—Tu pequeño secreto ha salido a la luz, Mateo.
Ximena soltó un sollozo ahogado, escondiendo el rostro entre sus manos. La mandíbula de Mateo se tensó, sus ojos se entrecerraron ligeramente. Se acercó a Ximena, colocando una mano en su hombro, un gesto que me provocó una nueva oleada de náuseas.
—Sofía —comenzó, su voz un murmullo bajo y persuasivo—, hablemos de esto racionalmente.
¿Racionalmente? No había nada racional en esto.
—No hay nada de qué hablar —dije, mi voz firme a pesar del temblor en mis manos—. Quiero el divorcio.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y definitivas. La mano de Mateo cayó del hombro de Ximena. Su rostro, usualmente tan compuesto, se fracturó por una fracción de segundo.
—¿Un divorcio? —repitió, como si el concepto le fuera ajeno—. No seas ridícula, Sofía. Somos un equipo.
¿Un equipo? Acababa de apuñalarme por la espalda.
—Vaya equipo —me burlé—. Te acostaste con mi hermana.
Ximena gimió, hundiéndose aún más en el sillón. Mateo la ignoró, sus ojos fijos en mí. Su expresión se endureció y un brillo peligroso apareció en sus ojos.
—No me vas a dejar, Sofía —dijo, su voz bajando a casi un susurro, pero cargada de acero—. Ni ahora, ni nunca.
/0/21038/coverorgin.jpg?v=a64d6b84ac0500abac8f985ece17c0cf&imageMogr2/format/webp)
/0/22020/coverorgin.jpg?v=c402d0a66c42fd04ba34061aee7e1ec1&imageMogr2/format/webp)
/0/19915/coverorgin.jpg?v=31fada8c3a264332ab973f2c06f3efe7&imageMogr2/format/webp)
/0/19814/coverorgin.jpg?v=8738832e8d7fe209ec76f48e02738c85&imageMogr2/format/webp)
/0/20841/coverorgin.jpg?v=4db1ce4165ba182e9c0555b3b0afa467&imageMogr2/format/webp)
/0/21033/coverorgin.jpg?v=d72139af0f40956ea69df1a30401ddd0&imageMogr2/format/webp)
/0/19084/coverorgin.jpg?v=7c5b945e711f686c43688afe6415f790&imageMogr2/format/webp)
/0/21587/coverorgin.jpg?v=5248b1982fd7c5b760d8cb0ed75c312d&imageMogr2/format/webp)
/0/19739/coverorgin.jpg?v=6657a84ecd7735122032b808761a0b13&imageMogr2/format/webp)
/0/18228/coverorgin.jpg?v=b6c625bce4a308f890fce18f4d07dc78&imageMogr2/format/webp)
/0/23447/coverorgin.jpg?v=33bf8cdf5fde1ed304f3d2435dc75958&imageMogr2/format/webp)
/0/18095/coverorgin.jpg?v=f3ebcf6c40964d71ada6065c3046adf3&imageMogr2/format/webp)
/0/21010/coverorgin.jpg?v=70afede852553893434be1b528493712&imageMogr2/format/webp)
/0/21041/coverorgin.jpg?v=30a75903330b0765956d919779506161&imageMogr2/format/webp)
/0/19505/coverorgin.jpg?v=24ef4deb9ac989dda8a49010e73854b8&imageMogr2/format/webp)
/0/18433/coverorgin.jpg?v=44cb1811f01214ae99c6126e53b47da6&imageMogr2/format/webp)
/0/19600/coverorgin.jpg?v=9ffac9666bfd537321c12bb4acc1602a&imageMogr2/format/webp)
/0/20013/coverorgin.jpg?v=da47077cec3900bad381596f73de077b&imageMogr2/format/webp)
/0/19529/coverorgin.jpg?v=9ff4caeddf1ed28b993e3baa5d262dfa&imageMogr2/format/webp)
/0/21786/coverorgin.jpg?v=ec4367e84a812a371faa54351665993f&imageMogr2/format/webp)