/0/23158/coverorgin.jpg?v=4b5f3ee7bf4225f0a00bda5436b1197d&imageMogr2/format/webp)
Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí.
No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo.
Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó.
Decían que era para mi redención, una oportunidad.
Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas.
Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él.
Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos.
Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta.
"Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró.
No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta.
Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra.
El odio me quemó.
Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas".
Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes.
El shock me hizo tropezar, alertándolo.
"¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina.
Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí.
Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!".
El mundo se disolvió.
Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar".
El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito.
"¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia.
Mateo sonrió, revelando su demonio.
Había encontrado mi debilidad.
No era mi salvación, sino la suya.
Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo.
La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba.
El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema.
Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura".
Luego, sus ojos se posaron en mí.
"Donde hay luz, debe haber oscuridad".
Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos.
"Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".
Me empujó al suelo.
Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí.
Ahí, lo entendí.
"Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia.
La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.
Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión".
[Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.]
"Sí. Estoy segura".
[Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.]
Una inmensa esperanza me invadió.
Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real.
Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables.
Y esa visión, me hizo sonreír.
Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida.
Pero libre. O casi.
71 horas restantes.
Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana.
Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas".
"Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre".
Iba a construir su imperio sobre mi dolor.
La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara.
Me doblegué, vomitando bilis.
No tenía nada.
Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo.
65 horas. Tenía que sobrevivir.
En un callejón mugriento, dos matones me esperaban.
"El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro".
Me golpearon, una violencia fría y metódica.
Con una navaja, uno me cortó la mejilla.
"El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro".
Sentí una costilla romperse.
Me golpearon una última vez en el estómago.
Dejé de luchar.
Una extraña calma me invadió.
Comencé a reír. Histéricamente.
/0/18120/coverorgin.jpg?v=43773dc76ee8c896670ba77c4609397e&imageMogr2/format/webp)
/0/7587/coverorgin.jpg?v=32a7a7ea0fda20ba004748dd096441de&imageMogr2/format/webp)
/0/17770/coverorgin.jpg?v=0c9198fbad71acfc27cc65951cb1866f&imageMogr2/format/webp)
/0/4951/coverorgin.jpg?v=dc74c43573f4ad6534b81c8f99ac8a38&imageMogr2/format/webp)
/0/18184/coverorgin.jpg?v=054f1e39d50bcfa233280491c98a388d&imageMogr2/format/webp)
/0/16496/coverorgin.jpg?v=9da3d68fea0fc3ff7d8108361a5f5242&imageMogr2/format/webp)
/0/8231/coverorgin.jpg?v=10f79e6ddff8f3ce0f8cd592b77b115b&imageMogr2/format/webp)
/0/18185/coverorgin.jpg?v=5774dea883181c61fed809bf939743c8&imageMogr2/format/webp)
/0/18322/coverorgin.jpg?v=8c97b53d0b8525eecffdb0a7057f7cf9&imageMogr2/format/webp)
/0/12150/coverorgin.jpg?v=f932f752c7d8ff7005b22cb9877e619b&imageMogr2/format/webp)
/0/13969/coverorgin.jpg?v=8dca5048ed76157a2d6e9e6ef1d2bd11&imageMogr2/format/webp)
/0/17766/coverorgin.jpg?v=96dd3ba222f3cac24188ca8f61fbf737&imageMogr2/format/webp)
/0/17105/coverorgin.jpg?v=e0c0282ffebf28e6287b183ecf76d4d4&imageMogr2/format/webp)
/0/3469/coverorgin.jpg?v=5a5f9d94541a103678fe3338218bf6be&imageMogr2/format/webp)
/0/21719/coverorgin.jpg?v=3bad2d77253639dd79c667ae117df80f&imageMogr2/format/webp)
/0/17179/coverorgin.jpg?v=27ebfcfc3bf5d04711cc7d7bd189576d&imageMogr2/format/webp)
/0/17280/coverorgin.jpg?v=72c5ded6829120a62b78686f19230b98&imageMogr2/format/webp)
/0/18826/coverorgin.jpg?v=99a46c35218990c43dabf66f78bc30ab&imageMogr2/format/webp)
/0/17668/coverorgin.jpg?v=b8dc8a7a05a08c6bd752049234fbcf42&imageMogr2/format/webp)
/0/17865/coverorgin.jpg?v=25a9d5c122c66946395d95384130bcfd&imageMogr2/format/webp)