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Caigo de rodillas al suelo.
Mis hombros se quejan mientras las ataduras sostienen mis brazos hacia
arriba en una posición incómoda, pero no me importa. Ahora mismo, mis
piernas no pueden soportar mi peso.
El cuerpo de Annabelle se ha quedado sin más sangre que derramar. Observo
su rostro hermoso, cálido y confiable, y lo único que veo es a la chica que
permaneció a mi lado aquella primera noche, incluso cuando no se suponía que
debía hacerlo; la chica que me sostuvo entre sus brazos sobre una pila de vestidos
arruinados después del funeral de Dhalia; la que casi siempre me ganaba al
Halma y cepillaba mi cabello todas las noches, y que supo mi nombre antes que nadie.
La quería. Y ahora, la maté.
"Lo siento", susurro, y las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese
momento comienzan a caer en una miríada de ríos diminutos sobre mis mejillas.
"Lo siento tanto, Annabelle".
La certeza de su muerte me devora, un abismo infinito de dolor. Las lágrimas se convierten en sollozos que me desgarran el pecho, y lloro hasta que mi
garganta se inflama y mis pulmones duelen, al punto en que no queda nada en
mi interior más que un vacío en donde Annabelle solía estar.
El tiempo pasa.
En cierto momento, noto que las articulaciones del brazo me duelen, una
quemazón leve que me distrae de la pena que siento. Pero parece que no logro
encontrar la energía para moverme.
Creo que oigo algo del otro lado de la puerta; un pop breve y luego dos golpes
sordos. Tal vez la Duquesa ha regresado. Me pregunto a quién matará frente a
mis ojos esta vez.
La puerta se abre y un soldado ingresa a la habitación. Está solo, algo que de
inmediato me resulta extraño, y cierra la puerta detrás de él. Por un segundo,
observa con horror el cadáver de mi amiga, y luego se apresura a acercarse a mi lado.
–¿Estás bien? –pregunta. Nunca antes he oído hablar a uno de los soldados de
la Duquesa, pero este me suena muy familiar. Ni siquiera se me ocurre responderle.
Toma algo de su cinturón, y luego mis brazos están libres; me derrumbo en el
suelo, sin siquiera molestarme en detener la caída. Él me sujeta.
–Violet –susurra–. ¿Estás herida?
¿Cómo es posible que un soldado sepa mi nombre? Él me sacude un poco y
logro enfocar su rostro.
–¿Garnet? –intento hablar, pero mi garganta está muy seca.
–Vamos –dice–. Debemos salir de aquí. No tenemos mucho tiempo.
Me pone de pie con brusquedad. Me tambaleo unos pasos hacia adelante y
caigo de rodillas frente al cuerpo sin vida de Annabelle. Su sangre aún está
húmeda sobre la alfombra; siento cómo empapa mi camisón. Acomodo un
mechón de cabello detrás de su oreja.
–Lo siento tanto –susurro. Con mucha delicadeza, cierro sus ojos con la punta
de mis dedos.
–Violet –dice Garnet–, tenemos que irnos.
Le doy un beso en el costado de la cabeza a mi amiga, en el sector que está
justo sobre su oreja. Su cabello huele a azucenas.
–Adiós, Annabelle –susurro.
Después, me obligo a ponerme de pie. Garnet tiene razón. Tenemos que irnos.
Ash está vivo. Todavía puedo intentar salvarlo.
Garnet abre la puerta y veo a los dos soldados tumbados en el suelo. Por un
breve momento, me pregunto si están inconscientes o muertos, pero luego me
doy cuenta de que no me importa.
Atravesamos con rapidez la sala de estar y salimos de mis aposentos. El pasillo
de las flores está desierto, pero Garnet gira a la derecha, dirigiéndose hacia una
de las escaleras que menos se utilizan y que se encuentran en la parte trasera del palacio.
–¿Lucien te envió? –susurro.
–Lucien aún no lo sabe –responde–. No pude comunicarme con él.
–¿Hacia dónde nos dirigimos?
–¡Deja de hacer preguntas! –sisea. Llegamos a la escalera y la bajamos a toda
velocidad. Una de las tablas del suelo cruje debajo de mis pies.
La planta baja está sumida en un silencio inquietante. Las puertas que llevan al
salón de baile están abiertas, y los rayos oblicuos de la luz de luna se extienden
hacia nosotros por el suelo de parqué. Recuerdo la primera vez que me escabullí
por estos pasillos de noche para visitar a Ash en su habitación.
–¿Dónde está el calabozo? –murmuro. Garnet no me responde. Sujeto su
brazo–. Garnet, ¿dónde está el calabozo? Necesitamos sacar a Ash.
–¿Quieres callarte? –dice–. Tenemos que sacarte a ti de este lugar.
Un olor familiar invade mi nariz y, sin pensarlo, abro la puerta del salón de
fumadores del Duque y obligo a Garnet a entrar.
–¿Qué estás haciendo? –pregunta apretando los dientes.
–No lo dejaremos aquí –respondo.
–Él no es parte del trato.
–Si lo dejamos aquí, morirá.
–¿Y?
–Acabo de presenciar cómo asesinaron a Annabelle y la vi desangrarse
hasta morir –cierta tensión se expande por mi pecho–. Ella era una de las personas
más amables y dulces que he conocido y murió por mi culpa. ¿Y si ella estuviera
en ese calabozo? ¿La dejarías allí para que la ejecuten? Los he visto juntos. Eras
amable con ella. Le agradabas. ¿Acaso su vida no tiene importancia para ti?
Garnet se mueve, incómodo.
–Escucha, esto no es parte de mi trabajo, ¿está bien?–dice él–. No estoy aquí para reunir a un par de amantes trágicos.
–Ese no es el punto. Se trata de la vida de alguien. Entonces, ¿por qué estás aquí?
–Se lo debo a Lucien. Le prometí que te ayudaría.
–Entonces, ayúdame –ruego.
–No lo entiendo –dice–. Es solo un acompañante. Hay cientos de ellos.
–Y Annabelle era solo una sirvienta. Y yo soy solo una sustituta –replico–. Y tú
solo suenas como tu madre.
Garnet se paraliza.
–Mira esto –digo, sujetando una parte de mi camisón ensangrentado en mi
puño–. Esta es su sangre. Tu madre hizo esto. ¿Cuándo terminará? ¿Cuántas
personas inocentes más deben morir por culpa de ella?
Él hace una pausa.
–De acuerdo –dice–. Te ayudaré. Pero no esperes que asuma la culpa si nos atrapan.
–Por qué siquiera esperaría eso –mascullo. Salimos en silencio del salón,
avanzamos de nuevo por el pasillo y pasamos frente a la biblioteca. Hay una
puerta amplia a la izquierda, con una manija robusta.
–Sostén esto –dice Garnet, entregándome lo que aparenta ser una gran esfera
negra del tamaño de un huevo. La superficie del objeto es anormalmente suave.
–¿Qué es? –pregunto.
–Desmayará a los guardias –responde–. No me preguntes cómo; Lucien lo
hizo. Así es como te saqué de la habitación sin que esos soldados me vieran.
Garnet extrae un llavero e introduce una gran llave de hierro en la cerradura.
La puerta se abre con un crujido amortiguado. Voltea hacia mí y toma de nuevo
la esfera.
–Diría “las damas primero” –comenta–, pero en esta situación creo que
deberíamos prescindir de las formalidades.
El pasillo me recuerda al pasadizo secreto que lleva a la habitación de Ash; las
paredes y el suelo son de piedra, fría bajo mis pies, y las pálidas esferas luminosas
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