/0/21688/coverorgin.jpg?v=f44e517917d8041c27525f4f0377d0fa&imageMogr2/format/webp)
La alarma chilló por toda la silenciosa casona, un sonido que conocía mejor que los latidos de mi propio corazón. Durante quince años, había sido la medicina viviente de Damián de la Vega; mi sangre era la única cura para sus ataques mortales.
Pero entonces llegó su prometida, Alessia. Era perfecta, una visión de belleza fría e imponente, y se notaba que pertenecía a este lugar.
Él me apartó de un empujón, subiendo las sábanas de seda para cubrir mi pijama gastada como si yo fuera algo sucio.
—Clara, limpia este desastre. Y lárgate —me despidió como a una sirvienta, después de haberse aferrado a mí para salvar su vida apenas unos momentos antes.
A la mañana siguiente, ella estaba sentada en mi silla, usando su camisa, con un chupetón visible en el cuello. Se burló de mí, y cuando derramé café, él ni siquiera se dio cuenta, demasiado ocupado riendo con ella.
Más tarde, Alessia me acusó de romper el preciado jarrón de porcelana de la abuela Elvira. Damián, sin dudarlo, le creyó. Me obligó a arrodillarme sobre los pedazos rotos, el dolor quemando mi piel.
—Pide perdón —gruñó, presionando mi hombro.
Susurré mi disculpa, cada palabra una rendición.
Luego, drenaron mi sangre para ella, por una enfermedad inventada.
—Alessia lo necesita —dijo él, con la voz plana—. Ella es más importante.
Más importante que la chica que le había dado su vida.
Yo era un recurso para ser explotado, un pozo que nunca se secaría. Había prometido que siempre me protegería, pero ahora él era quien sostenía la espada.
No era más que una mascota, una criatura que mantenía para su propia supervivencia. Pero ya había tenido suficiente.
Acepté una oferta de la familia Garza, una idea desesperada y arcaica de un "matrimonio de buena suerte" con su hijo en coma, Emilio. Era mi única escapatoria.
Capítulo 1
La alarma chilló por toda la silenciosa casona, un sonido que conocía mejor que los latidos de mi propio corazón.
Era la alarma de Damián. La que significaba que su cuerpo lo estaba traicionando de nuevo.
Durante quince años, había sido su medicina viviente. Me llamo Clara Campos, y mi sangre contiene lo único en el mundo que puede detener las convulsiones mortales que destrozan el cuerpo de Damián de la Vega. Soy su antídoto.
La familia De la Vega, una dinastía construida sobre acero frío y corazones aún más fríos, me mantenía aquí con ese único propósito. Para ellos, yo no era una persona. Era una cura.
Corrí. Por los pasillos de mármol pulido de la residencia De la Vega, mis pies descalzos silenciosos sobre el suelo helado. La casa era una jaula de oro en la que había vivido desde que era una niña.
Su habitación estaba al final del ala oeste. No toqué. Nunca lo hacía.
La escena dentro era siempre el mismo caos aterrador. Lámparas volcadas. Equipo médico destrozado en el suelo. Y en el centro de todo, en la enorme cama, Damián convulsionaba. Su hermoso rostro estaba torcido de dolor, su cuerpo un arco rígido de agonía.
Sus ojos, usualmente de un azul frío y penetrante, estaban desorbitados por el miedo y el sufrimiento.
—Clara —logró decir, su voz un susurro ronco.
Era una orden, no una súplica.
Me moví a su lado, mis acciones perfeccionadas por años de práctica. Este era nuestro ritual. Las empleadas y los doctores preparaban el suero de mi plasma, pero a veces, los ataques llegaban demasiado rápido. En esos momentos, solo mi presencia parecía calmar la tormenta dentro de él. Su familia lo llamaba un "tratamiento". Yo sabía que era solo su necesidad desesperada y violenta de mí.
Se abalanzó, agarrando mi muñeca. Su agarre era como el hierro.
—Damián, el suero ya viene en camino —dije, tratando de mantener mi voz firme—. Solo aguanta.
—No —gruñó, tirando de mí hacia la cama—. Ahora.
No estaba escuchando. Nunca escuchaba cuando el dolor se apoderaba de él. Hundió su rostro en el hueco de mi cuello, su aliento saliendo en jadeos entrecortados y calientes. Sus brazos me rodearon, aplastándome contra él. No era un abrazo. Era el agarre desesperado de un hombre que se ahoga.
Mis huesos dolían por la presión. Mi propia respiración se atoró en mi garganta.
—Damián, me estás lastimando.
Su única respuesta fue apretar más fuerte. Pude sentir cómo los temblores de su cuerpo comenzaban a disminuir lentamente. Este era el secreto que nadie fuera de la familia conocía. Mi presencia física, el simple hecho de que yo estuviera allí, aliviaba su trastorno neurológico de una manera que el suero no podía. Era una codependencia extraña y retorcida.
Y que Dios me perdone, lo amaba. Lo había amado desde que tengo memoria, atesorando estos momentos violentos y desesperados porque eran las únicas veces que realmente me necesitaba. Las únicas veces que me abrazaba.
Cerré los ojos, soportando el dolor, esperando que pasara la tormenta. El olor de su piel, una mezcla de loción cara y el toque metálico de la enfermedad, llenaba mis sentidos.
De repente, la puerta de la habitación se abrió con un crujido.
Me quedé helada. Nadie debía entrar durante un tratamiento.
Una mujer estaba en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo. Era perfecta. Una bata de seda se aferraba a su figura perfecta, su cabello rubio era un halo brillante, y su rostro era una máscara de belleza fría e imponente. Parecía sacada de la portada de una revista.
Parecía que pertenecía a este lugar.
La cabeza de Damián se levantó de golpe. La neblina de dolor desapareció de sus ojos, reemplazada por una claridad aguda y fría. Fue como si hubieran accionado un interruptor. Miró de la mujer a mí, todavía enredada en sus brazos, y un destello de algo —fastidio, tal vez vergüenza— cruzó su rostro.
Me apartó de un empujón.
El movimiento fue tan brusco que casi me caigo de la cama. Subió las sábanas de seda, cubriendo mi pijama gastada y mis piernas desnudas como si yo fuera algo sucio, algo que debía ocultarse.
/0/19129/coverorgin.jpg?v=37d539e0de4234a7e74403d460ecf2cc&imageMogr2/format/webp)
/0/18810/coverorgin.jpg?v=8daa93e162f50673335bd8c7caa0dbf6&imageMogr2/format/webp)
/0/14103/coverorgin.jpg?v=e07f203525618a6f8d7e40b58e3f2b5b&imageMogr2/format/webp)
/0/17084/coverorgin.jpg?v=3b7db67ccf800c6334b5999ebc1a2405&imageMogr2/format/webp)
/0/17935/coverorgin.jpg?v=6e635c5d8080e38edb4f5b58d04e55f8&imageMogr2/format/webp)
/0/19456/coverorgin.jpg?v=d73de51ed3319a06c9dd4e4eae25cc78&imageMogr2/format/webp)
/0/17345/coverorgin.jpg?v=1e901e92df8dca58472aead777fc4881&imageMogr2/format/webp)
/0/17708/coverorgin.jpg?v=5d9fa16f44bcad8455b015ac7f2d5c1f&imageMogr2/format/webp)
/0/10848/coverorgin.jpg?v=77e86b80a63806f68f231bbd9aeecd36&imageMogr2/format/webp)
/0/19203/coverorgin.jpg?v=1168427daa04257589e2ea5c3906e6db&imageMogr2/format/webp)
/0/10922/coverorgin.jpg?v=fa52bbde6941a64b71956f22c09297a8&imageMogr2/format/webp)
/0/17032/coverorgin.jpg?v=2e323c9db0a0c22628ed5ac3b8878ec8&imageMogr2/format/webp)
/0/17100/coverorgin.jpg?v=d7063d578a74960ddced92d7e3b9f6ac&imageMogr2/format/webp)
/0/17502/coverorgin.jpg?v=cc2c714684a23432c6bd366eb5c2e178&imageMogr2/format/webp)
/0/17863/coverorgin.jpg?v=ae1f32befa588ff3dfc4cf6e997032d0&imageMogr2/format/webp)
/0/16930/coverorgin.jpg?v=cea2e065b37ebc52414afe2a91852d1a&imageMogr2/format/webp)
/0/6722/coverorgin.jpg?v=58c5ef8c45055b2ee7823042f0a1a46c&imageMogr2/format/webp)
/0/10182/coverorgin.jpg?v=bd71b089ec61b2b385843280f51416de&imageMogr2/format/webp)
/0/11983/coverorgin.jpg?v=5be2a24b9d822fb863ea34dd5349f1ac&imageMogr2/format/webp)
/0/18314/coverorgin.jpg?v=9e1a3ad891dff430f3d0dac4a7a459b9&imageMogr2/format/webp)