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Durante tres años, documenté la lenta muerte de mi matrimonio en un diario negro. Era mi plan de divorcio de 100 puntos. Cada vez que mi marido, Blake, elegía a su primer amor, Aria, en lugar de a mí, le restaba puntos. Cuando la puntuación llegara a cero, me iría. Los últimos puntos desaparecieron la noche en que él me dejó desangrándome después de un accidente automovilístico. Tenía ocho semanas de embarazo del hijo que tanto habíamos deseado.
En urgencias, las enfermeras lo llamaron rápidamente. Él era el cirujano estrella del mismo hospital en el que yo me estaba muriendo. "Doctor Santos, tenemos una mujer sin identificar, O negativo, desangrándose. Está embarazada y estamos a punto de perderlos a ambos. Necesitamos que autorice una transfusión de sangre de urgencia".
Su voz llegó a través del altavoz, fría e impaciente. "No puedo. Mi prioridad es la señorita Whitfield. Hagan lo que puedan por la paciente, pero ahora mismo no puedo desviar esfuerzos". Luego colgó. Condenó a muerte a su propio bebé para asegurarse de que su exnovia tuviera recursos disponibles después de una intervención menor.
Capítulo 1
Blake Santos jamás se imaginó que fuera a encontrar el cuaderno. Estaba buscando sus gemelos de platino favoritos, un regalo de su padre, en el fondo del armario. Sus dedos rozaron un diario de cuero escondido en una caja de zapatos, detrás de las botas de invierno de Caroline. No parecía de ella, ya sus diarios siempre eran de colores vivos y estaban llenos de bocetos arquitectónicos. Ese era negro. Al verlo, la curiosidad, una emoción poco habitual en él, se apoderó de él, así que lo abrió.
La primera página estaba titulada con la letra clara e inconfundible de Caroline: "El plan de divorcio de 100 puntos".
Blake frunció el ceño y leyó las reglas escritas a continuación: Puntos iniciales: 100. Por cada acción que demuestre que este matrimonio es un error, se restarán puntos. Cuando la puntuación llegue a cero, solicitaré el divorcio. No habrá excepciones.
Al leer las primeras líneas, él soltó una risa sin gracia. Solo era un juego. Tenía que ser algún jueguito tonto de su esposa. Entonces hojeó las páginas. Cada entrada tenía una fecha y un registro meticuloso de sus supuestas transgresiones.
-1 punto: se olvidó de nuestro aniversario otra vez. Estaba cenando con Aria.
-2 puntos: canceló nuestras vacaciones porque el perro de su exnovia estaba enfermo. Pasó el fin de semana en el apartamento de ella.
-1 punto: me llamó Aria por error.
-3 puntos: compró la última botella de un vino añejo que yo llevaba tiempo buscando, solo para regalársela a esa mujer por su cumpleaños.
La lista continuaba. Era una crónica detallada de su negligencia. Blake sintió una punzada de irritación, pero no de culpa. No lo veía como un registro de sus fracasos, sino como un testimonio de lo obsesionada que estaba su esposa por la amistad que él tenía con Aria Whitfield, quien fue su primer amor, la que lo destrozó cuando se marchó hacía años.
Caroline sabía que él se había casado con ella por despecho. Era una elección conveniente y segura. La chica provenía de una buena familia y se veía que era capaz de llevar las riendas de la casa Santos mientras él se dedicaba a su carrera; y no solo eso, sino que también lo ayuda a curar las heridas de su roto corazón.
Furioso, cerró el cuaderno, y su enfado se convirtió en fría indiferencia. Lo volvió a meter en la caja. '¡Qué lista más ridícula e infantil!', pensó. No significaba nada. Cuando encontró sus gemelos, cerró la puerta del armario, olvidando el cuaderno, ya que tenía cosas más importantes en las que pensar. Llevaba un collar hecho a medida para Aria en su maletín. La galería de arte de la chica iba a celebrar su gran inauguración, por lo que no podía distraerse con estupideces.
Cuando llegó a la sala, encontró a Caroline sentada en el sofá, dibujando en un bloc grande, con el ceño fruncido, concentrada. Ella levantó la vista cuando él entró. Tenía esa luz de esperanza en sus ojos, la que él hacía tiempo que no notaba.
"Llegaste temprano", dijo ella con voz suave. "Tengo que salir otra vez", respondió él, aflojándose la corbata. "Es la inauguración de la galería de Aria". La luz en los ojos de ella se apagó. "Ah, claro".
Enseguida, él vio un cuaderno sobre la mesa de centro, uno diferente, el de sus bocetos. Miró una página que estaba abierta y vio que era un dibujo de una habitación infantil, lleno de detalles y de una luz suave. Había una cuna, un móvil con pequeñas estrellas y una mecedora. Sintió una extraña punzada en el corazón, una emoción desconocida que no podía identificar. Llevaban más de un año intentando tener un hijo.
"¿Es para un cliente?", preguntó él con voz plana. Caroline cerró el cuaderno de bocetos. "Solo es una idea".
Blake no insistió, ya que no le importaba. Tenía la mente puesta en Aria. Entonces miró el reloj y se dio cuenta de que tenía que irse pronto. Quería ser el primero en llegar y ver la cara que la joven iba a poner cuando viera el collar. Incómodo, se quedó ahí de pie, en silencio, hasta que le entró una llamada de Mark, su mejor amigo, a su celular. "¡Blake! ¡Mira las noticias! ¡Ahora mismo!", le gritó este frenéticamente.
Enseguida, el hombre agarró el control y prendió la televisión. Una noticia en directo llenaba la pantalla. Un edificio estaba envuelto en llamas y un humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno. La voz del reportero sonaba urgente: "Los bomberos se encuentran en el lugar de los hechos, la nueva Galería Whitfield, en el centro de la ciudad, donde se produjo un gran incendio apenas una hora antes de su inauguración...".
Blake se congeló. Aria. Eso fue lo único en lo que pudo pensar. Sin pensarlo dos veces, agarró las llaves, el abrigo y salió corriendo por la puerta sin decirle nada a Caroline. No miró para atrás, ni se percató de la mirada de absoluta devastación en el rostro de ella mientras lo veía irse tan afanado.
Sin saber por qué, lo siguió. Una parte desesperada y tonta de ella necesitaba verlo con sus propios ojos. Entonces condujo por la ciudad, con las manos apretadas sobre el volante y el corazón latiendo con un ritmo enfermizo contra sus costillas.
Cuando llegó, la escena era un caos. Barricadas policiales, luces intermitentes, el rugido del fuego. Blake se había bajado de su auto y ahora estaba discutiendo con un bombero, con el rostro desencajado por el pánico.
"¡Ella está adentro! ¡Tengo que sacarla!", gritó él, tratando de empujar al hombre.
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