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El aire en el sótano de Montenegro Corp siempre era tres grados más frío que en el resto del edificio. Valentina Ferrer se ajustó el saco gris, una prenda dos tallas más grande que había comprado en una tienda de saldos, y suspiró. Frente a ella, una montaña de documentos esperaba ser digitalizada antes de que terminara su turno.
-Valentina, ¿sigues aquí? -La voz de Marga, la secretaria de finanzas, sonó desde la puerta-. Ya deberías estar cambiándote. Hoy es la gala del vigésimo aniversario. Todos los pasantes deben servir de apoyo en el salón principal.
Valentina forzó una sonrisa. No quería ir. Las galas significaban tacones que no podía pagar y la mirada de desprecio de personas que ganaban en una hora lo que ella necesitaba para un mes de alquiler.
-Ya casi termino, Marga. Solo necesito enviar estos reportes de gastos.
-Date prisa. Dicen que el señor Damián Montenegro estará allí. Casi nunca asiste a estos eventos, pero hoy es especial. No querrás que el CEO te vea holgazaneando.
Valentina asintió, aunque el nombre de su jefe solo le producía una vaga inquietud. Había visto a Damián Montenegro en las revistas de negocios: un hombre de facciones afiladas, ojos oscuros como el azabache y una presencia que parecía consumir el oxígeno de cualquier habitación. Para ella, él era solo el dueño del lugar donde se dejaba la piel para intentar salvar a su familia de las deudas que su padre había dejado antes de desaparecer.
Dos horas después, el escenario era radicalmente distinto. El Gran Salón del Hotel Intercontinental brillaba con el fulgor del oro y el cristal. Valentina llevaba el uniforme de servicio: una blusa blanca impecable y una falda negra ajustada. Se sentía expuesta, pero se obligó a mantener la cabeza baja, concentrada en la bandeja de plata que sostenía.
Solo tres horas más, se repetía. Tres horas y podré volver a casa.
Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño esa noche. Había una electricidad estática en el aire que hacía que los vellos de su nuca se erizaran. Los invitados no eran solo empresarios; había algo en la forma en que algunos hombres se movían, una elegancia depredadora que la hacía querer esconderse detrás de las columnas de mármol.
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