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Elena se detuvo frente a la mansión.
La puerta de hierro chirrió al cerrarse a sus espaldas, y el silencio la envolvió como una advertencia. El viento agitaba las copas de los árboles altos, y el cielo gris comenzaba a oscurecerse, como si el tiempo retrocediera con cada paso que daba.
Todo estaba igual. El mismo jardín impecable. La misma fachada de líneas modernas. El mismo maldito zumbido en su pecho cada vez que respiraba cerca de él.
No pensó que volver allí sería así. No tan real. No tan pronto. No tan... violento para el corazón.
Un mensaje, sin firma, la había traído de vuelta.
"Restauración urgente. Pago inicial: 15,000. Discreción absoluta. Dirección adjunta."
Acepto el trabajo por dinero.
Eso se decía.
Pero el nudo en su estómago decía otra cosa.
La puerta de entrada se abrió con un clic apenas audible. Dentro, el mármol blanco reflejaba la tenue luz del atardecer que entraba por los ventanales. Un aroma familiar flotaba en el aire: madera, incienso caro, algo masculino que se quedaba impregnado en la piel.
-Pasa -dijo una voz.
Profunda. Inconfundible.
Elena se detuvo.
No puede ser él.
No con esa calma, no tan seguro. ¿Después de todo?
-Tienes mi atención, pero no por mucho tiempo -dijo él, desde la sala.
Entonces, se obligó a avanzar. El corazón le latía como si quisiera avisarle que estaba cometiendo un error.
Seis años antes.
-¿Por qué huyes de mí? -le preguntó Alejandro, apoyado contra el marco de su puerta.
-No estoy huyendo -mintió Elena, con el cabello aún húmedo de la lluvia.
-Sí, lo estás. Lo haces cada vez que me acerco demasiado.
Ella no respondió. Él la tomó por la cintura, y por un segundo, el mundo se encogió a su tacto.
-Dime que no sientes nada -susurró.
Pero ella no pudo.
Nunca pudo.
Alejandro seguía igual.
O casi. Su traje oscuro lo hacía ver más adulto, más frío. Pero esos ojos... seguían teniendo la misma intensidad que la primera vez que la vio desnuda bajo las luces de su estudio.
-Han pasado años -dijo Elena, sin mirar directamente.
-Y sin embargo, sigues sabiendo cómo llenar una habitación -respondió él.
Se mordió la lengua. No iba a caer en ese juego. No otra vez.
-¿Dónde está la obra? Vine a trabajar, no a hablar del pasado.
Él la guió por el pasillo sin decir nada más. Sus pasos eran firmes. Controlados.
La llevó a una sala amplia, con paredes cubiertas de estanterías y una luz suave que bajaba desde el techo. En el centro, cubierto por una tela blanca, estaba el óleo.
-Es un retrato -dijo Alejandro, sin emoción-. De mi madre.
Elena levantó la tela con cuidado. El lienzo, de gran formato, mostraba una mujer de expresión serena, ojos verdes apagados y un gesto de melancolía que parecía hablar.
La pintura estaba craquelada, con zonas oscurecidas por la humedad. Pero la estructura general estaba intacta. Restaurable.
-Está deteriorada -murmuró Elena-. Pero no irrecuperable. Necesitaré al menos un mes. Y libertad de trabajar sola.
Alejandro asintió.
-Puedes usar el estudio del ala este. Tiene buena luz.
-Preferiría quedarme en un hotel.
Él la miró por primera vez, directo. Esa mirada que una vez la desarmó con solo cruzar la calle.
-No he olvidado lo que pasó, Elena.
-Yo tampoco -respondió sin pensarlo.
Se hizo un silencio denso.
-Entonces quédate -dijo-. Afróntalo, si puedes.
Ella apretó los dientes. Podía irse. Podría decir que no. Pero algo dentro, algo que no supo enterrar del todo, la obligó a asentir.
-Solo por el trabajo.
-Claro -dijo él, con una media sonrisa-. Solo trabajo.
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