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Era tarde por la noche, y Rosanna Williams yacía en la cama, con la respiración acelerada y las mejillas enrojecidas.
Su esposo, Oliver Marshall, había estado bebiendo durante unas reuniones de negocios y llegó a casa con un humor inusualmente alegre. Estaba lleno de energía y no se contuvo cuando tuvieron relaciones íntimas, haciéndolo cinco veces seguidas y dejándola completamente agotada.
Para la cuarta ronda, ya se habían quedado sin condones.
Durante la última vez, Oliver la miró con los ojos ardiendo en deseo, y todo entre ellos se convirtió en una confusión de calor y caos.
La pasión fue emocionante, pero una vez que terminó, ella fue la única que tuvo que lidiar con las consecuencias.
A sus veintiocho años, Oliver estaba en la cima: le iba bien en los negocios y tenía una libido fuerte.
A lo largo de sus tres años de matrimonio, siempre había usado protección.
Al principio, Rosanna no había pensado mucho en tener hijos, pero en los últimos seis meses algo había cambiado, y se encontró deseando tener un bebé con su esposo.
Oliver no solo era guapo, sino que también era hábil en la cama. Y, a veces, cuando él le susurraba palabras suaves y sensuales, ella se derretía fácilmente.
Había pasado un año desde que la muchacha se dio cuenta de que sus sentimientos hacia él habían cambiado. Pasó de la indiferencia a preocuparse genuinamente por su esposo.
Para ser precisos, se había enamorado de él.
Pero la calidez de Oliver hacia ella solo se manifestaba en la cama. Cuando no intimaban, él era tan frío y distante como siempre.
"No te olvides de tomar la píldora", le recordó Oliver con voz monótona, sacándola de sus pensamientos. "Un embarazo solo complicaría las cosas".
Rosanna solo asintió con la cabeza, sintiéndose desanimada.
Estaba ovulando, pero con él borracho, aunque se quedara embarazada, no podría tener al bebé.
Sin embargo, sus palabras le hicieron más daño del que quería admitir.
Oliver se puso el pijama y caminó al baño.
Rosanna lo observó hasta que lo perdió de vista, y finalmente apartó la mirada.
En ese momento, el repentino sonido de un celular rompió el silencio de la habitación.
Ella tomó el teléfono de Oliver y miró la pantalla, donde aparecía el nombre "Millie".
Millie Rogers, la secretaria de Oliver, siempre era amable y elegante. Tenía un encanto que parecía gustar a todo el mundo.
Se decía que había renunciado a un trabajo muy bien pagado en Klenridge hacía seis años solo para trabajar cerca de Oliver. Oficialmente, Millie solo era la secretaria de este último, pero se rumoreaba que eran amantes.
De repente, la mano del hombre apareció y le quitó el celular.
"Millie", dijo con voz cálida al contestar, llena de afecto y alegría.
Rosanna sintió como si un cuchillo le atravesara el corazón.
Oliver nunca le hablaba así; su tono con ella siempre era frío y seco, nunca tan afectuoso.
"Oliver, alguien me está acosando. Por favor, ven a buscarme. Estoy en el Club Zero...".
La voz angustiada de la chica se transmitió a través del celular, y Rosanna escuchó cada palabra con claridad.
"Ya voy para allá", dijo rápidamente el hombre. "Haré que un amigo vaya enseguida a ayudarte. Busca un lugar seguro y bloquea la puerta. ¿Llamaste a la policía?". Su rostro se volvió serio mientras se dirigía al vestidor.
Rosanna se quedó allí sentada, temblando de rabia; ni siquiera se molestó en ponerse los zapatos y lo siguió al interior.
Solo un mes antes, durante una sesión fotográfica al aire libre en los suburbios del norte con su equipo de televisión, su furgoneta se había salido de la carretera y chocado contra una zanja al esquivar un camión de volteo.
Por suerte nadie había muerto, pero todos resultaron heridos.
Ella se lastimó la pierna y sangraba mucho. Presa del pánico y del dolor, llamó a Oliver.
Pero él estaba en una cena en ese momento y, aunque la oyó llorar, respondió con frialdad: "Si puedes llamar, entonces no es tan grave".
Luego colgó sin pensarlo dos veces.
Sin embargo, ahora estaba allí, dispuesto a ir corriendo a ver a Millie, a pesar de que todavía estaba borracho. Rosanna sabía que era porque amaba mucho a esa chica.
Oliver se vistió deprisa, murmurando palabras de consuelo al celular mientras se dirigía a la puerta principal. Rosanna no podía oír a Millie con claridad, pero sí sus sollozos.
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