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—Te quedas aquí, Bianka.
Asiento tras la advertencia, ignorando la mala mirada que me dedica la rubia que tengo al lado. Se quita el cinturón de seguridad y baja del auto. Si pensaba hacerle caso tras la discusión que tuvimos para que me dejara venir con ella a buscar a su hermano el cual se podría decir, es mi novio, pero los minutos pasan y Anyela no vuelve empujándome a una mina de preguntas.
¿Y si les pasó algo? ¿Si An, en vez de resolver empeoró todo? ¿Si necesitan que yo haga algo?
La falta de información me juega en contra llevándome a salir del auto y hacer el mismo recorrido que hizo mi mejor amiga.
Entro por donde desapareció ella. Todo está en silencio y por instinto sigo por el primer pasillo que veo, divisando una luz al final de este.
Camino despacio hacia la luz, no sin antes pedirle a Dios, que estén bien y que esto no sea una casa embrujada. Llego al final del pasillo en donde hay una puerta. Suspiro antes de tomar la manilla y girarla, abro la puerta lentamente y lo primero que veo es una escalera.
—Nos vamos, alguien lo encontrará y ya, se pudo tratar de un asalto, una pelea o cualquier otra cosa.
Reconozco la voz de Anyela y antes de que el raciocinio llegue a mí, empiezo a bajar lento los escalones.
Me quedo inmóvil cuando llego al final y me encuentro con una escena que no esperaba.
— ¡Su madre! —se queja rubio— ¿Trajiste a Bianka aquí?
Le reclama Anyelo a la rubia dándole un empujón. Mi amiga voltea hacia mí comiéndome con la mirada y por más que intento intervenir no puedo ni si quiera balbucear una palabra.
—Me obligó— Suelta la rubia intentando defenderse, pero el que suba y baje los hombros me deja ver lo despreocupada que esta.
— ¿Sí? —Le pregunta él con sarcasmo— ¿Y dónde esta la pistola que te puso en el pecho? ¡Su madre An! —Anyelo golpea la mesa de metal que está a su lado poniéndome a espabilar. Camino a su lado.
—Bueno, era eso o que hablara con tus padres —sigue mi amiga justificándose—. ¿Qué hubieras hecho tú? —Le pregunta con cierto fastidio en su voz—. Además, yo le dije que se quedara en el auto.
Me recalca con voz amarga cuando llego a su altura. La ignoro tomando al rubio de la cara para que me mire. Este niega sin dejar de mirarla. Odio cuando Anyelo y Anyela compiten por ver quién es el más obstinado. Es en lo único que se parecen a pesar de ser gemelos, bueno físicamente también son idénticos.
— ¿Estás bien? —Le pregunto al rubio tratando de ocultar mi angustia. Logro que me mire cuando le toco la zona del pecho donde se acentúa mas el rojo carmesí.
—Estoy bien —me asegura en tono suave—. Ahora ve al auto y espera ahí ¿sí?
A pesar de la confusión que siento y de estar intrigada con lo que pasó en esa habitación, asiento. Anyelo está cubierto de sangre y al frente hay un tipo amarrado en una silla, totalmente golpeado y sangrando.
Seguramente algo malo debió hacer. Esa es la versión que decido creer, así que doy media vuelta y empiezo a caminar para salir de ahí.
—A-yu-da-me.
La voz del desconocido se riega por la habitación deteniéndome los pasos al pie de la escalera. A pesar de que es casi inaudible logro procesarla y reconocerla.
¿Simón?
El cuerpo se me entumece cuando todo engrana en mi mente. Me obligo a reaccionar, giro y me echo a correr al sitio dónde está el chico amarrado, levanto su cabeza con mis manos. Obviamente las maldiciones de los gemelos no tarden en aparecer metiéndolos en una discusión, en la cual no pienso intervenir.
— ¿Simón? —Pregunto en un hilo de voz, la tristeza que siento me llena los ojos de lágrimas y me pongo peor al recordar mis pensamientos. Estoy a nada de convertirme en lo mismo que ellos.
— ¡Ayúdame por favor!
La suplica el hombre me comprime el pecho . Él no merecía eso. Mi abuela siempre me decía: es de ignorantes asegurar que conoces a alguien, solo falta romperse para desconocerse hasta uno mismo. Nunca le di la razón hasta ahora.
Me volteo enardecida contra el causante de semejante barbaridad porque no es justo, él no puede andar por la vida haciendo este tipo de cosas. Lo empujo cuando llego a su altura ganándome la atención de ambos, Anyela como siempre solo bufa y voltea los ojos fastidiada.
—Y aquí vamos —dice con fastidio, me causa rabia, pero la ignoro.
— ¿Qué fue lo que hiciste? —Le pregunto al rubio reteniendo las lágrimas, muy en el fondo quiero que se excuse, que me explique, que me dé algo de dónde agarrarme para justificarlo. Las heridas del chico son graves. Sin embargo en vez de justificarse, solo se queda callado mirándome con esa arrogancia que se gasta.
Lo hizo porque sí. La rabia me explota con la conclusión, así que me le voy encima golpeándolo.
—Eres un bruto, un animal, un salvaje, un abusador, eso es lo que eres —Le grito sin dejar de golpearle el pecho y me sacudo estérica cuando me toman por detrás y de un jalón me quitan de encima.
— ¡Cállate! —Me grita Anyela y con otro jalón me da la vuelta dejándome frente a ella, intento soltarme pero las sacudidas que me da me dejan quieta.
—Escúchame bien —Intenta enfocarme, pero me niego. Anyelo se mueve y...
—Tú, te quedas ahí. —Le ordena dejándolo quieto—. Alguien debe pensar con cabeza fría y como siempre esa soy yo —vuelve a poner su atención en mí.
—Tienes dos opciones Bianka, una, nos apoyas, dos, nos juzgas, pero ya de nada sirve darse golpes de pecho.
— ¿Qué? —Pregunto desorientada sin poder creer lo que dice.
—Es fácil lo dejamos aquí llamamos a la policía para que lo encuentren y ya, nadie sale perjudicado.
La empujo y busco donde sentarme porque presiento que de un momento a otro me voy a desmayar, vuelve a tomarme de los brazos, pero la empujo nuevamente. No quiero me toque.
— ¿Estás loca? Se puede morir —intento que razone.
—Mejor, así no corremos riesgos que nos delate.
Me llevo las manos a la cara frotándomela. ¿A caso no asimila lo mal que suena eso? Camino y me siento al pie de la escalera, estoy algo mareada.
—Es inhumano An —Susurro—. ¿Acaso son unos asesinos? —Ambos niegan, Anyela se jala los cabellos hacia atrás soltando el aire retenido en sus pulmones.
—Ok. Entonces esta te parecerá mejor, toma —me ofrece su teléfono—. Llamarás a la policía y les dirás que tu novio golpeo a tu pretendiente, que vengan y se lo lleven a la cárcel por intento u homicidio.
La punzada que me cruza la cabeza me hace llevar las manos a ella. Eso está peor.
—Está fácil ¿no? —Se me burla— vamos, es hora de decidir de qué lado estas. —Vuelve a ofrecerme el teléfono, miro al hermano en busca de ayuda pero este, no dice nada.
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