/0/21395/coverorgin.jpg?v=1aa436198e94e0b55ae2c0505414b571&imageMogr2/format/webp)
Mi esposo, Agustín, era un infiel en serie, y yo, una artista desahuciada.
Su amante no solo me robó el matrimonio; lo presumió en público, burlándose de mí a cada paso.
El golpe final llegó cuando profanaron la escultura que hice para mi madre muerta, riéndose mientras manchaban mi recuerdo más sagrado.
Él usó el trauma de mi infancia para quebrarme, congeló mis bienes, destruyó mi carrera y me encerró en nuestra casa como a una prisionera.
Había prometido ser mi refugio seguro, pero en lugar de eso, se convirtió en el monstruo que usó mi dolor más profundo como un arma en mi contra.
Pero mi cáncer me dio una fecha límite y un propósito oscuro.
Lo atraje de vuelta, manipulándolo para que destruyera a su amante y se arruinara a sí mismo por un perdón que jamás le concedería.
Mientras se arrodillaba ante mí, un hombre roto ofreciéndome su imperio hecho pedazos, le di mi orden final.
—Ahora —susurré, con una voz fría como la tumba—, es hora de que pagues con tu vida.
Capítulo 1
Punto de vista de Anahí Torres:
El olor a sudor de un extraño todavía se aferraba a mi piel cuando el puño de Agustín se estrelló contra la puerta de la recámara, sacudiendo todo el marco. Había vuelto. Y lo sabía.
La madera se astilló. Un crujido espantoso. Hizo eco del estallido de la botella de vino que acababa de lanzar contra la pared. El líquido rojo floreció como una flor violenta sobre la pintura blanca e impecable. Ni siquiera gritó todavía, pero el silencio que siguió al estruendo fue más fuerte que cualquier alarido. Su rabia era una tormenta a punto de estallar, y yo estaba atrapada justo en el ojo del huracán.
—¿Quién era él? —la voz de Agustín era un gruñido sordo, apenas audible sobre el latido frenético de mi propio corazón.
Su silueta se recortaba contra la luz del pasillo, una figura imponente y amenazadora. Su pregunta quedó suspendida en el aire, densa de acusaciones no dichas y de una violencia a punto de hervir.
Solo le devolví la mirada, con una expresión cuidadosamente vacía. Por dentro, sin embargo, una calma extraña se había instalado. Una calma escalofriante, casi victoriosa. Se me cortó la respiración, pero no de miedo. Era otra cosa, un temblor silencioso e interno.
—Solo era un hombre —respondí, mi voz suave, casi un susurro, pero cruzó el silencio roto de la habitación—. El tipo de hombre que sí pone atención.
Mis palabras estaban cargadas de un veneno que no sabía que poseía, un veneno de acción lenta diseñado para filtrarse hasta lo más profundo de su ser.
Agustín dio un paso más cerca, sus ojos quemándome.
—¿Atención? ¿Crees que se trata de atención? ¿Crees que me importa la "atención" cuando metes a un extraño en nuestra cama, en mi casa? —escupió las palabras, cada una un afilado trozo de vidrio—. ¿Después de todo? ¿Después de que nos reconciliamos?
La acusación en su tono pretendía aplastarme, invocar la culpa. Pero solo había un espacio hueco donde antes solía estar la culpa.
No me inmuté.
—¿Reconciliarnos? ¿Eso fue lo que hicimos, Agustín? ¿O simplemente dejé de pelear?
Sentí el pecho apretado, un dolor conocido que comenzaba en lo profundo de mis costillas. No era solo la traición, era el dolor crónico y punzante que se había convertido en mi compañero constante. Mi cuerpo era un traidor, haciendo eco de las heridas de mi alma.
Su rostro se desfiguró, una máscara de incredulidad y dolor.
—Me odiabas por eso, ¿verdad? Todo este tiempo. Me odiabas.
Sonaba desconcertado, como si la profundidad de mi resentimiento fuera una revelación, no una consecuencia natural.
/0/21616/coverorgin.jpg?v=e35e325186009d25e731808a485d1a61&imageMogr2/format/webp)
/0/16101/coverorgin.jpg?v=38fb494d19326e9db451f4f936ef6cdf&imageMogr2/format/webp)
/0/10926/coverorgin.jpg?v=ce8d56d865452c5206956b17990c8818&imageMogr2/format/webp)
/0/13880/coverorgin.jpg?v=422daf7350a7404ec304a22f3ef86acf&imageMogr2/format/webp)
/0/19853/coverorgin.jpg?v=5d6e1fe3ada4819529ff6fa53f2d7831&imageMogr2/format/webp)
/0/17179/coverorgin.jpg?v=27ebfcfc3bf5d04711cc7d7bd189576d&imageMogr2/format/webp)
/0/18490/coverorgin.jpg?v=391c6bbfa18aa5cbb58a110f5c6d8850&imageMogr2/format/webp)
/0/9760/coverorgin.jpg?v=d548ad5c43556798294320dcff80ec19&imageMogr2/format/webp)
/0/7313/coverorgin.jpg?v=a7828dfb89642604a2befb7f89c48158&imageMogr2/format/webp)
/0/20009/coverorgin.jpg?v=379fef46606727e7d716b8eff7895d7a&imageMogr2/format/webp)
/0/7587/coverorgin.jpg?v=32a7a7ea0fda20ba004748dd096441de&imageMogr2/format/webp)
/0/9458/coverorgin.jpg?v=91e9af746b7b1c6614243ad4209d1dfa&imageMogr2/format/webp)
/0/16496/coverorgin.jpg?v=9da3d68fea0fc3ff7d8108361a5f5242&imageMogr2/format/webp)
/0/20970/coverorgin.jpg?v=85e741c6e9ba72a3f14c49d6acafd527&imageMogr2/format/webp)
/0/12150/coverorgin.jpg?v=f932f752c7d8ff7005b22cb9877e619b&imageMogr2/format/webp)
/0/4951/coverorgin.jpg?v=dc74c43573f4ad6534b81c8f99ac8a38&imageMogr2/format/webp)
/0/18185/coverorgin.jpg?v=5774dea883181c61fed809bf939743c8&imageMogr2/format/webp)
/0/18322/coverorgin.jpg?v=8c97b53d0b8525eecffdb0a7057f7cf9&imageMogr2/format/webp)
/0/310/coverorgin.jpg?v=b682c0aafe45431f62521d04245544d3&imageMogr2/format/webp)