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Mis compañeros me animan a buscar pareja por internet, ‹‹es la moda››, me dicen todos. Me angustia un poco pensar en eso, mas cuando me encuentro solo en mi trabajo. La presión de no tener novia me embarga. Entonces, enciendo la computadora, entro a una página de chat y busco chicas que vivan cerca. Realmente no espero encontrar al amor de mi vida y menos en internet donde todos cuentan mentiras. Quiero conocer a una chica con la que platicar, salir al cine o tomar algo, y si se da algo más... pues ¡qué bien!
¡Hay un perfil nuevo!, no sé el porqué, pero me alegra ver que alguien de mi edad también busca. Dice que tiene veinte años, que estudia derecho y como afición pone que le gusta leer ¡Qué interesante! Todo lo que leo sobre ella me intriga, aunque podría ser mentira; tras la pantalla se puede esconder cualquier persona. Si tengo suerte de que sea mujer, puede ser gorda, fea, o mayor. Le ruego a Dios que no sea hombre. Le pido que envíe una fotografía suya, también subo una mía para que me vea. Salgo de perfil, muestro una sonrisa de lado fingida; no me gusta tomarme fotografías. Al cargarse la imagen de ella, contempló a una chica delgada, joven y bonita; a primera vista me convence lo suficiente para permanecer en línea. Se ve bastante seria. Cuando nos escribimos, ella comenta que le agrado, sugiere que intercambiemos nuestros números de teléfono, que abandonemos el chat y escuchemos nuestras voces.
Soy yo el que le llama ‹‹Si vives en la ciudad tenemos que conocernos››, me pide después de saludarnos. ‹‹¿Por qué no?››, pienso y acepto. Nos ponemos de acuerdo en el lugar, el día y la hora. Nos despedimos y colgamos el celular al mismo tiempo.
Trabajo por las tardes y por las mañanas estudio una ingeniería en computación; elegí la carrera porque me gusta todo lo que tenga que ver con estas máquinas. Le digo a mi mamá que voy a exponer en la escuela y necesito verme formal, intelectual e importante, por eso estoy vestido tan elegante. Mi vestuario habitual es jean de mezclilla, tenis y playera.
Salgo de mi casa lustroso y planchado, me paro en la esquina a esperar el autobús. Me arrepiento de no pedir prestado el auto de la familia. Quiero agradarle sin tener que fingir, ella se veía muy guapa en la fotografía. ¡Sabrá Dios cómo será en la vida real! Me gustan las chicas delgadas, que tengan buen cuerpo sin ser exageradas. Espero no decepcionarme, si es fea o gorda pienso seguir caminando, pasar a su lado sin detenerme. El que nunca nos hayamos visto en persona es una ventaja que tengo a mi favor.
La gente piensa que no soy de aquí. Siempre tengo que aclarar de dónde es mi familia pues mis rasgos se pueden confundir. No me considero muy atractivo; sin embargo, prefiero que las mujeres estén de buen ver.
La escuela no está lejos, he pasado cerca cuando iba al hospital, pero nunca entré. Pido la parada al chófer y bajo los escalones por la puerta de atrás, por delante suben muchos estudiantes y con tanta mochila y bolsa me van a arrugar o manchar la ropa.
‹‹Y bien....ya estoy aquí, ahora qué››, pienso y saco el celular de mi bolsa, tecleó para mandar un mensaje de texto y avisarle que llegué. Ella me llama y me pide que entre a la universidad. Para reconocernos ambos describimos nuestro vestuario; sigo andando mientras hablo. Me tiembla la voz de los nervios, mientras que ella se escucha clara y risueña. Pienso que tiene que tener algún defecto físico para que recurriera a la red, el grupo del chat es para buscar pareja. Mis pensamientos se interrumpen pues la veo hacerme señas. Viste tal cual lo describió: pantalón color rosa, tono claro, bastante ajustado de la cadera con campana en la parte de abajo; su blusa es azul cielo con toques brillantes y holanes cortos en lugar de mangas; zapatillas negras de tacón. Tiene el pelo bastante largo y agarrado en una cola de caballo alta.
—Hola —saludo poniendo un beso en su mejilla acompañado de un leve abrazo.
Controlo el temblor de mi voz. ‹‹Me gusta››, de hecho me gusta mucho, es menuda, bajita y delgada.
—Perdón —digo atontado—, me siento desubicado. ¿Nos quedamos o quieres ir a algún lado?
—Vamos afuera —dice ella.
La sigo... Me gustaría ayudarla a cargar su enorme bolsa, pero no quiero ser atrevido. Mientras caminamos ella me mira de reojo, es un poco tímida, pero siente curiosidad por mí. Tropezamos al andar y rozamos nuestros brazos. Sonreímos. Le digo que vine en autobús, me arrepiento una vez más de no haberle pedido el auto a mi papá. La plaza comercial más cercana está a escasos kilómetros y una sola ruta nos traslada. Ella sonríe, dice estar de acuerdo. Dejo que suba primero y por supuesto pago su pasaje, ella elige los asientos y se sienta junto a la ventana. Nuestro plan es entrar al cine y disfrutar de una película romántica, acompañados de palomitas con extra mantequilla y un vaso gigante de refresco. Me levanto del asiento y presiono el timbre, bajo primero y le doy la mano con respeto, pretendo continuar sosteniéndola mientras avanzamos, pero mejor la suelto. No quiero perder lo poco que llevamos por un mal entendido. Ella realmente es muy bonita, posee un rostro serio y juvenil, un lunar mediano sobresale en su mejilla. Es de ojos almendrados, sus labios forman una pequeña abertura aun cuando están cerrados, ¡cómo me gustaría besarlos! o ya de perdida acariciar su largo cabello lacio. Le cedo el paso con la intención de cuidarla; ella me espera para caminar a la par y me regala una sonrisa por demás sincera, no como la que yo tuve que fingir cuando me fotografiaron.
Nuestros lugares están en el centro de la última fila; voy cargando las palomitas y ella su enorme bolsa. Las luces están apagadas en la sala, es difícil andar a oscuras, los ojos se adaptan y entonces avanzamos con confianza. Como voy detrás, aprovecho para mirarle el trasero, es de cintura pequeña y tiene buena cadera. ¡Ya quiero volver al trabajo!, contarle a mis compañeros que encontré a una chica preciosa en internet, sin ningún defecto, con un rostro bonito y el cuerpo que cualquier hombre desearía acariciar.
En el cine no se puede hablar mucho, pero pongo en práctica la táctica de elevar el brazo sobre el respaldo del asiento. Poco a poco lo voy bajando hasta que logro abrazarla. Ella se sobresalta a mi contacto, mas no me rechaza e inclina su cabeza y la descansa sobre mi cuello. Me siento tan cómodo que el tiempo se me hace corto, no tengo ni idea de qué trata la película porque no he dejado de acariciar su hombro y de oler el perfume de su cabello; me mantengo firme en la misma posición para que ella lo sienta como una almohada. La palabra ‹‹fin›› aparece en la pantalla y ella se levanta primero. No quiero que se vaya tan pronto, la invito a sentarse un momento en una banca dentro de la plaza comercial. Limpio el espacio del polvo para que no se ensucie la ropa, luego me siento muy cerca, no tanto, quiero darle su espacio. Ella suspira y empieza a platicar.
—¿Has tenido muchas citas? —me pregunta con interés.
—No muchas —le digo—, es la primera vez que salgo con alguien que conocí en internet.
Lo aclaro porque no quiero que piense que ando en línea sobre todas las chicas que se dejen, no soy esa clase de persona y ella tampoco lo parece.
—También es mi primera vez —me cuenta y le creo.
Calculando el tiempo que duró la película y la hora que llevamos hablando sin parar, deduzco que ya son las nueve de la noche. La distancia de la plaza comercial hasta la universidad en coche es aproximadamente media hora, y hasta su casa, pues no lo sé. Puedo acompañarla. Si me deja el tren me voy caminando porque quiero aprovechar cada minuto para conocerla más. Ella acepta y nos subimos al autobús. Me fascina la forma en la que me mira mientras no paro de hablar ¡Ni yo mismo me conozco! Le cuento sobre mi carrera, mi trabajo y mi familia: mi hermana menor se llama Belma, el nombre Demir lo eligió mi abuelo... No puedo contarle más pues ya llegamos.
Caminamos juntos en pasos cortos hasta la puerta de su hogar. Agradezco por la cita. Ella se queda quieta mientras deposito un beso muy cerca de sus labios para despedirme. La hago sonrojar.
—Nos hablamos —digo y hago la seña con mis manos.
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