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Durante diez años, fui la invisible Señora De la Vega, la mujer de la que todos se burlaban por aferrarse a un hombre que la despreciaba abiertamente. Me llamaban patética, una trepadora social sin amor propio.
Pero no sabían la verdad. Mi devoción no era por Camilo; era por su hermano, Jesús, el hombre que realmente amaba, quien supuestamente había muerto hace una década. Mi pacto de diez años para proteger a Camilo por Jesús estaba a punto de terminar.
Entonces, Casandra Franco, la ex de Camilo y la mujer que él todavía amaba, regresó. Tuvo un accidente y Camilo estaba dispuesto a arriesgar su vida para salvarla. Yo intervine, donando mi sangre, que era de un tipo raro, y colapsé por el esfuerzo.
Camilo nunca vino a mi lado. En cambio, trajo a Casandra a casa y me ordenó que la cuidara. Ella me atormentó, culpándome de heridas que ella misma se infligía, y Camilo, ciego de devoción, me castigó. Me echó a la calle bajo la lluvia, me acusó de intentar matarla e incluso trató de ahogarme.
¿Por qué soporté esta humillación? ¿Por qué me quedé, incluso cuando me dijo que nunca me amaría, aunque muriera por él?
Porque tenía una promesa que cumplir. Pero ahora, la promesa está cumplida. Voy a encontrar a Jesús.
Capítulo 1
El internet estaba ardiendo.
Casandra Franco, la actriz de primera línea que había desaparecido de los reflectores durante tres años, estaba de regreso. Su rostro estaba en todos los blogs de espectáculos y en todas las redes sociales.
Junto a su imagen, inevitablemente aparecía el nombre de otra mujer: Clara Torres.
El contraste era brutal. Casandra era la estrella amada, la "inolvidable" exnovia del magnate tecnológico Camilo De la Vega. Clara era la mujer que la había reemplazado, la mujer que se había aferrado al lado de Camilo durante diez largos años.
La opinión pública no era amable con Clara. La llamaban una trepadora desesperada, un reemplazo patético, una mujer sin amor propio que soportaba el desprecio abierto de Camilo solo para mantener su posición. Durante una década, había sido un chiste, la siempre presente pero invisible Señora De la Vega.
No sabían la verdad. No sabían que cada mirada fría, cada palabra despectiva de Camilo, era un precio que ella pagaba voluntariamente.
Su devoción no era para él. Era para su hermano. El hombre que amaba de verdad, Jesús De la Vega.
El pacto de diez años casi terminaba. Mañana era el día.
Libertad.
Clara estaba sentada en un despacho de abogados estéril, el olor a papel y café viejo impregnaba el aire. Deslizó un documento sobre el pulido escritorio de caoba.
"Quisiera que notarizaran esto. El acuerdo de divorcio".
Su abogado, un hombre que había manejado sus asuntos durante años, levantó la vista, con los lentes resbalándole por la nariz. Estaba atónito.
"Señorita Torres... Clara. ¿Está segura? Después de todo este tiempo, ¿es usted quien inicia esto?".
Durante diez años, el mundo la había visto perseguir a Camilo De la Vega. Todos asumían que nunca lo dejaría ir.
Clara lo miró, su rostro tranquilo, sus ojos conteniendo una profundidad de dolor que nadie se había molestado en ver.
"Sí. Estoy segura".
El proceso fue rápido. Firmó con su nombre, el notario selló el papel con un golpe seco, y una década de su vida quedó legalmente sellada.
Salió del edificio sin mirar atrás.
No condujo a casa. En su lugar, tomó el largo y sinuoso camino que salía de Guadalajara, subiendo hacia las colinas donde la vieja capilla se alzaba con vistas al mar.
Pasó de largo el salón principal de oración, sus pasos seguros y familiares mientras caminaba hacia un patio aislado en la parte trasera. Un viejo monje barría las hojas caídas, sus movimientos lentos y rítmicos.
Levantó la vista cuando ella se acercó, sus ojos amables.
"Has venido".
No era una pregunta.
Clara asintió, su mirada perdida en una única lámpara votiva que ardía sin cesar sobre un altar de piedra dentro de la pequeña capilla. Parpadeaba, su luz suave y cálida.
Se arrodilló en el cojín frente a ella, su postura recta y formal. Su voz era baja, casi un susurro, pero firme.
"Han pasado diez años. Voy a buscarte, Jesús".
El monje suspiró, un sonido suave como el viento entre los árboles.
"El lazo kármico se ha cumplido. Su espíritu ha sido protegido por tu promesa. El destino guiará lo que venga después".
Nadie lo sabía. Nadie entendía que ella no era la sombra patética de Camilo De la Vega. Era el último amor de Jesús De la Vega, su protectora final.
El hombre que amaba no era el despiadado director general. Era su hermano mayor, Jesús, el brillante y solitario artista que supuestamente había muerto en el incendio de su estudio hacía diez años.
Ese incendio había sido una mentira.
Fue una tapadera para escapar de Armando Pizarro, un rival de negocios tan peligroso que Jesús tuvo que desaparecer para proteger a las personas que más amaba: su hermano, Camilo, y ella. Antes de desaparecer, hizo dos cosas. Primero, donó un lóbulo de su pulmón para salvar a Camilo, que se moría de una enfermedad genética.
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