Elfreda Allaway
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Libros y Cuentos de Elfreda Allaway
La Resurrección de Ximena
Xuanhuan Era la nonagésima novena vez que moría por Sebastián.
El chirrido ensordecedor de los neumáticos, el giro descontrolado y el impacto brutal me arrojaron contra el muro, mientras su amante, Valentina, observaba paralizada.
Sentí mis huesos romperse y mi aliento huir, pero al ver el alivio en sus ojos por la seguridad de "su luz de luna", supe que no había preocupación por mí.
Una vez más, mi sangre manchó el asfalto bajo el sol inclemente, y él, sin pensarlo dos veces, me empujó frente a ella.
Cuando desperté en la camioneta, Sebastián, con su desprecio habitual, me exigió disculpas por asustar a Valentina y a "su bebé" que venía en camino, un vientre apenas visible que era su arma.
Me ordenó no manchar la camioneta con mi sangre, y al llegar a la mansión, el mayordomo me bañó a presión para no ensuciar las alfombras, mientras Valentina me ofrecía un mango, sabiendo mi alergia mortal.
Me pregunté por qué seguía viviendo este infierno, por qué mi cuerpo se negaba a la muerte definitiva.
El ciclo de noventa y nueve muertes y resurrecciones, cada una más dolorosa, me había dejado al borde del abismo.
Tomé el mango, buscando la muerte número cien, la liberación, pero él, en un acto de furia posesiva, me hizo vomitar, gritando: "¡Tu vida me pertenece!".
Mi frustración llegó al límite, pero en sus palabras sobre diseccionarme en un laboratorio para proteger "el bebé de Valentina", encontré una extraña esperanza.
Este era el camino. Promesas Rotas, Destinos Sellados
Moderno Conducía mi sedán negro por la avenida principal, un día cualquiera, deseando llegar a casa y abrazar a mi amada Sofía, mi mundo, mi razón de ser desde que dejé los cuadriláteros.
Pero entonces, un Porsche amarillo chillón, imprudente y agresivo, apareció por mi retrovisor, pegándose a mi parachoques trasero, como una declaración de guerra absurda.
Intenté ignorarlo, pero el conductor, un jovencito insolente, me cerró el paso una y otra vez, riéndose y levantando el dedo medio, como si mi paciencia fuera su juguete.
El corazón me latía con furia, la humillación pública era insoportable, pero me repetía a mí mismo: "Por Sofía, Ricardo, por Sofía, mantén la calma y no armes un escándalo."
Fue entonces cuando la vi: la pequeña figura de un halcón de plata colgando del espejo retrovisor del Porsche, una réplica exacta del amuleto que le regalé a Sofía el mes pasado, el mismo auto que le compré a ella hace dos meses.
Una mentira. Todo era una vil mentira. El frío de la traición me caló hasta los huesos. No era un desconocido. Era él. Mateo. Mi esposa.
El dolor era indescriptible, pero la rabia se transformó en una calma helada, una determinación inquebrantable.
Él no sabía con quién se había metido.
Ya no me detendría.
Pisé el acelerador de mi sedán, antes silencioso, y el rugido de mi máquina, como un halcón que recupera su presa, anunció el impacto.
El sonido del metal retorciéndose fue brutal, un acordeón de fibra de carbono destrozado, mientras mi auto, apenas con un rasguño, permanecía intacto.
Bajé del auto, el corazón aún me martilleaba en el pecho, no por la adrenalina, sino por un dolor oscuro, por la verdad que acababa de chocarme de frente.
"¡¿Estás pendejo o qué?! ¡¿Sabes cuánto cuesta este coche, imbécil?!"
Mateo, pálido y aturdido, me gritaba, exigiendo, amenazando con destruirme.
Pero yo ya no veía a un simple arrogante.
Veía al hombre que se acostaba con mi esposa.
Veía el coche que yo le regalé a ella, ahora en sus manos, como un trofeo de nuestra traición.
Veía el amuleto, el símbolo de nuestro amor, profanado y usado para burlarse de mí.
Una calma aterradora me invadió.
No iba a hacer nada. Aún.
Quería ver hasta dónde llegaba la madriguera del conejo.
Quería saber toda la verdad.
Y, por su rostro, supe que no tendría que esperar mucho. Un Salto de Mi Amor
Romance Me miré al espejo y vi a una extraña, una mujer demacrada consumida por la enfermedad terminal que pronto acabaría conmigo.
Mi esposo, Julián, no estaba para consolarme; su voz fría al teléfono me rechazó, justificando su ausencia por "estar ocupado" .
Pero las voces que escuché al entrar en nuestra sala me helaron la sangre: besos, risas, y la visión de Julián en el sofá con otra mujer.
No era una cualquiera, era Valeria, mi propia prima, riendo mientras me ofrecía mi "nuevo lugar": el cuarto de servicio.
Me humilló públicamente, tirando billetes a mis pies como si fuera una sirvienta, y me obligó a arrodillarme frente a todos para disculparme por una mentira de ella.
¿Cómo pude amar a este monstruo que destruyó mi vida y mis sueños, que me culpó por su pasado, todo mientras yo agonizaba en silencio por él?
Valeria descubrió mi secreto, mi cáncer terminal, y me dio una opción cruel: morir en silencio para liberar a Julián de la culpa, o ella revelaría la verdad, condenándolo a un remordimiento eterno.
Elegí salvarlo de la culpa, pero al final, ambos fuimos víctimas de nuestras decisiones y terminamos dándonos cuenta después de la muerte, de que estábamos atados.
Pero de alguna forma inexplicable, he regresado... he vuelto a la preparatoria, al día en que lo conocí por primera vez, con la oportunidad de cambiar nuestro trágico destino. No Necesito Familias que Me dañan
Romance Iván Castillo, enólogo de origen humilde, vivía una existencia desoladora en la suntuosa finca de los Ramírez. Su esposa, Lina, y su hija, Luciana, solo tenían ojos para Máximo Salazar, ignorándolo olímpicamente como si fuera un don nadie.
La indiferencia se convirtió en puñalada cuando, tras un accidente de Luciana, Lina lo humilló públicamente, presentándose con Máximo como la familia perfecta. Pero el golpe mortal llegó con la noticia del fallecimiento de su anciana madre, Elena, su único pilar en la vida.
Lina y Luciana se negaron fríamente a asistir al funeral, dejándolo solo con su dolor. Lo que siguió superó todo límite: a su regreso, descubrió que Máximo, con la aprobación de Lina y el aplauso de Luciana, se había devorado las empanadas caseras de su madre, el último recuerdo tangible que tenía de ella.
¿Cómo era posible tal crueldad? ¿Cómo podía la mujer que amó, la hija que protegió, pisotear con tanta saña la memoria de su madre? La visión de las cajas vacías y la fría trivialización de Lina.
En un instante, el dolor se transformó en una claridad helada: la sumisión había terminado. Mirándola a los ojos, Iván pronunció las palabras que cambiarían su destino para siempre: "Quiero el divorcio. Ya no las quiero, ni a ti ni a Luciana." El ultimo baile
Romance Soy Sofía Vargas, una bailaora de flamenco en Santiago, y hasta hace poco, mi vida era una delicada coreografía de secretos.
Para mi familia en Valparaíso, la dulce estudiante de arte; para Alejandro Montoya, el enigmático heredero de viñedos, su amante secreta, cautiva en un romance furtivo y apasionado.
Creí en cada palabra, en cada caricia, en el amor que prometían sus ojos oscuros.
Hasta que la música de mi vida se detuvo abruptamente.
Oculta, escuché la voz de Alejandro jactándose con sus amigos: "Esa Sofía es tan ingenua, se traga todo."
"La tengo justo donde quiero... En la Gala Anual del Vino, cuando le den el premio a ese imbécil de Mateo Vargas, voy a filtrar unas cositas de su primita."
En ese instante, mi alma se fracturó. Fui solo una pieza en su cruel juego de venganza.
Cada momento que compartimos, cada supuesto acto de protección contra peligros fabricados, se reveló como una mentira metódicamente orquestada.
Mi corazón, mis sueños, mi dignidad: todo fue usado y corrompido por él.
Incluso su prometida, Isabella, apareció en escena, intentando comprar mi silencio y agrediéndome, confirmando la magnitud de esta farsa, mientras un "accidente" de coche demostraba su perversa frialdad.
La humillación ardía como fuego en mis venas.
¿Cómo pude ser tan ciega, tan vulnerable, tan estúpidamente ingenua?
La náusea y la rabia me ahogaban.
Mi vida en Santiago, antes un lienzo de posibilidades, ahora era un campo de batalla de traiciones.
Pero no sería la víctima.
Una chispa de fuego, más ardiente que su engaño, se encendió en mí.
Con la fecha de la Gala acercándose, mi misión era clara: destruir sus planes antes de que él destruyera mi vida.
¿Lograría borrar cada prueba incriminatoria y escapar de él, o caería en el abismo de la humillación pública que Alejandro había diseñado con tanto esmero? Le puede gustar
Cíclo de Muerte
Ming Yue Zhang Die Sui Xin Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí.
No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo.
Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó.
Decían que era para mi redención, una oportunidad.
Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas.
Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él.
Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos.
Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta.
"Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró.
No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta.
Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra.
El odio me quemó.
Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas".
Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes.
El shock me hizo tropezar, alertándolo.
"¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina.
Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí.
Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!".
El mundo se disolvió.
Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar".
El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito.
"¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia.
Mateo sonrió, revelando su demonio.
Había encontrado mi debilidad.
No era mi salvación, sino la suya.
Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo.
La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba.
El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema.
Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura".
Luego, sus ojos se posaron en mí.
"Donde hay luz, debe haber oscuridad".
Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos.
"Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".
Me empujó al suelo.
Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí.
Ahí, lo entendí.
"Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia.
La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.
Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión".
[Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.]
"Sí. Estoy segura".
[Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.]
Una inmensa esperanza me invadió.
Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real.
Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables.
Y esa visión, me hizo sonreír.
Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida.
Pero libre. O casi.
71 horas restantes.
Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana.
Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas".
"Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre".
Iba a construir su imperio sobre mi dolor.
La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara.
Me doblegué, vomitando bilis.
No tenía nada.
Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo.
65 horas. Tenía que sobrevivir.
En un callejón mugriento, dos matones me esperaban.
"El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro".
Me golpearon, una violencia fría y metódica.
Con una navaja, uno me cortó la mejilla.
"El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro".
Sentí una costilla romperse.
Me golpearon una última vez en el estómago.
Dejé de luchar.
Una extraña calma me invadió.
Comencé a reír. Histéricamente.
Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca.
Levanté la cabeza y miré a Mateo, que observaba desde la ventana.
"Gracias", dije, mi voz extrañamente firme.
"Gracias, Padre Mateo".
"Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo".
"Espero que consiga lo que tanto desea".
La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.
Me trasladaron a una cámara frigorífica. El "castigo del amor" que usaba Mateo para purificarme cuando no le obedecía.
Me obligó a copiar un libro sobre Elena, esa mujer que no era más que su obsesión.
"¡Mientes!", gritó, furioso cuando le recordé cómo murió Elena, en un "accidente de coche en verano", no "por hipotermia".
"Haré que Miguel venga aquí y lo haga por ti. Quizás el frío purifique su conexión impura contigo".
La amenaza con mi hermano me quebró.
Me arrodillé, mis heridas sangrando.
El veneno gélido, un dolor de mis vidas pasadas, se apoderó de mí.
Mateo sonrió, victorioso.
42 horas.
Desperté en un hospital, con Mateo ordenando que no gastaran "demasiados recursos" en mí.
Las enfermeras me trataron con desprecio.
Escuché que Mateo iba a "adoptar" a Miguel, a darle una vida "lejos de la mala influencia de su hermana".
La rabia me consumió.
Esa noche, Mateo regresó, arrojando papeles sobre la manta.
"Firma esto. Es una confesión de tus crímenes y una renuncia a tus derechos. Te alejas de mi vida y de la de Miguel para siempre".
En esta simulación, me hacían desaparecer.
"Elena no era mi amor perdido. Era la científica jefe de este proyecto. Y tú... eras su hermana menor, una simple técnica de bajo nivel".
Los recuerdos borrados del Sistema comenzaron a regresar.
Yo, en un laboratorio. Elena. Un accidente.
"Secuestré a sus científicos. Los obligué a conectar tu mente en coma a esta simulación, un mundo que diseñé para ti".
"Miguel... fue una construcción para mantenerte atada".
Todo mi mundo era una farsa.
Me arrastré, simulando locura, me golpeaba la cabeza, gritaba "¡Gusanos en mi cabeza!".
Mateo me miró con horror.
"Miguel y yo... vamos a traer una nueva vida a este mundo. Un alma pura, concebida en la fe y el amor".
El insulto final.
"Como última lección de obediencia", susurró, "bésame los zapatos".
Me acerqué, no para besar, sino para morder su tobillo.
"¡Sistema. Ejecutar salida ahora!".
[Cuenta regresiva finalizada. Desvinculación completa.]
El mundo se disolvió.
Lo último que vi fue el rostro de Mateo, contorsionado por el shock.
"Este es mi último regalo para ti, Mateo", pensé. "Un mundo sin mí".
En el mundo real, me recuperé de un coma.
Mi vida era normal. Conocí a David.
Nos casamos.
Tuve un hijo, Leo.
Pero las sombras persistían.
Una noche, la voz robótica resonó: [ALERTA DE EMERGENCIA. MUNDO OBJETIVO 734 AL BORDE DEL COLAPSO TOTAL.]
[AGENTE S-218, SU PRESENCIA ES REQUERIDA INMEDIATAMENTE.]
Mi cuerpo comenzó a volverse transparente.
[La recuperación forzosa no es opcional.]
El mundo se disolvió.
Estaba de vuelta en el santuario de la iglesia, en ruinas.
Mateo, demacrado, se cortaba mi nombre en el brazo.
"Sabía que volverías", dijo riendo.
"¡Yo lo recuerdo todo, Sofía! ¡Cada reinicio! Fingí no recordar para ver hasta dónde llegarías".
"El Sistema no me creó para ti. Yo secuestré el Sistema para traerte a ti."
Miguel era un pilar digital.
"¡Me estoy digitalizando, Sofía! ¡Así podré seguirte a donde quiera que vayas!".
El mundo se acabó.
Desperté en mi cama. La vida continuó.
Años después, acostando a Leo, lo vi.
Una figura translúcida de pie en la esquina de la habitación.
Mateo. O lo que quedaba de él.
[Sofía... lo siento... estoy tan solo...].
"Eso es lo que querías, ¿no, Mateo?", dije. "Estar conmigo para siempre".
"Aquí te quedarás. Solo. Atrapado en tu propia obsesión, observando una vida que nunca podrás tocar".
Me di la vuelta.
Finalmente, verdaderamente, era libre.
El fantasma en la máquina nunca más volvería a tocarme. No Habrá sacrificio ni Perdón, Solo Venganza
Irvine Azuma Renací el día del funeral de mis padres adoptivos.
El aire pesado olía a café barato mientras me arrodillaba frente a dos ataúdes vacíos.
A mi lado, mi hermano menor, Máximo, lloraba desconsoladamente, pero yo sabía la verdad.
Mis padres adoptivos, Roy y Susan Salazar, no estaban muertos; el supuesto deslizamiento de tierra era una farsa.
En mi vida pasada, esta farsa destruyó mi futuro: tuve que abandonar la prestigiosa universidad de Bogotá para cuidar de Máximo.
Trabajé sin descanso para convertirlo en el orgullo del pueblo, solo para que ellos reaparecieran en su graduación, prósperos y con su verdadera hija, Rachel.
"Tu único propósito era criar a nuestro hijo", dijo Roy con crueldad, "Ya no nos sirves".
Máximo, por quien sacrifiqué todo, simplemente se apartó y se puso del lado de sus "verdaderos" padres y Rachel.
Esa noche, Roy y Rachel me golpearon hasta la muerte y arrojaron mi cuerpo a un barranco, mientras Máximo observaba con indiferencia.
Morí sin entender por qué se habían ensañado así conmigo, por qué mi propio "hermano" me había traicionado tan fríamente.
Pero ahora he vuelto.
He vuelto al principio de todo, al funeral falso, con el alma ardiendo de odio.
Esta vez, no habrá sacrificio, no habrá perdón.
Solo habrá venganza. Justicia en El Infierno
Mu Hui Xin Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de mi muerte.
El día que San Miguel cayó, el cielo no lloró, se rompió en un aullido silencioso.
Mi pueblo no buscó respuestas en los cielos, me buscaron a mí.
Me culparon de todo: la plaga, la sequía, la invasión bárbara que nos destruyó.
En la plaza pública, ante los ojos de todos, mi propio hermano, el Príncipe Carlos, y mi prometido, Diego Mendoza, me sentenciaron.
No bastó con matarme.
Para apaciguar a la multitud, me desollaron viva. Sentí el frío del acero separando la piel de mis músculos, escuché los gritos, una mezcla de horror y alivio.
Con mis huesos, construyeron la Lámpara de las Almas; con mi piel, faroles.
Ahora estoy aquí, en el inframundo, un lugar gris y sin fin.
Mi alma, un retazo, es arrastrada ante el Juez. Las almas de mi pueblo susurran y me señalan.
"¡Castigo eterno para la traidora!"
"¡Que arda para siempre!"
Los gritos más fuertes vienen de Carlos y Diego.
"Hermana, si es que alguna vez puedo llamarte así, nos traicionaste a todos," me dice Carlos, su rostro lleno de odio.
"Cada vida perdida pesa sobre tu conciencia, Sofía," añade Diego, "tu castigo apenas comienza."
Pero el Juez del Inframundo golpea su mazo.
"El Espejo del Pasado revelará la verdad," su voz retumba.
Un espejo de plata líquida aparece. Muestra el palacio de San Miguel, hace muchos años. Una niña flaca, yo, volviendo a casa con mi hermano.
"Sofía, mi pequeña hermana, te encontré," dice Carlos, abrazándome, "Nunca más dejaré que nada te pase, te protegeré siempre."
¿Protección? ¡Qué fácil es hablar de protección cuando eres el verdugo!
En la siguiente imagen, una trampa de la supuesta "dulce" Aurora Vargas, a quien Diego defendió, me obliga a humillarme ante el Príncipe Bárbaro. ¿Valió la paz lograda con tanta humillación?
La verdad es un veneno que todos temen. Pero yo no, yo la mostraré. Mi Venganza Nace del Amor Roto
Vivie Doeringer Hoy, mi algoritmo "Anima Conexión" debía elegir a mi socio.
En mi vida pasada, este mismo día fue el inicio de mi infierno. Lo manipulé para que Ricardo Montemayor, el hombre que yo amaba con locura, fuera el elegido.
Juntos construimos un imperio, solo para que él me despidiera y me humillara públicamente, acusándome de ser una farsante.
"¡Por tu culpa, Sofía tuvo que casarse con otro y sufrir! ¡Ella era el amor de mi vida y tú te interpusiste con tus trucos! ¡Ahora paga por tus pecados!" me escupió, revelando su traición.
Lo perdí todo: mi empresa, mi fortuna, mi dignidad. Morí sola, con el corazón roto, mientras Ricardo y Sofía anunciaban su compromiso.
¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo mi amor pudo cegarme ante su verdadera naturaleza?
Pero el destino, o la energía de mi abuela, me dio una segunda oportunidad. Desperté de nuevo, con todos los recuerdos intactos. Esta vez, "Anima Conexión" elegiría libremente.
Ricardo volvió a aparecer, tan arrogante como siempre. "Todos aquí sabemos que yo soy la única opción lógica. Saltémonos el teatro y anuncia mi nombre."
Pero ya no era la misma Ximena. Mi algoritmo estaba listo para revelar la verdad, y yo, para enfrentarme a mi pasado. El Costo de la Codicia: Una Segunda Oportunidad
Keely Alexis En mi vida pasada, morí apuñalada en el frío suelo de la bodega familiar.
La cuchilla de podar se clavó en mi costado, y la sangre manchó las piedras, tan roja como el vino que tanto amaba.
Mientras mi vida se escapaba, vi a mi prima Isabel susurrarle a Javier, mi prometido, con una sonrisa torcida.
«Sofía, fue Javier quien les dijo que tu tratamiento era una estafa. Dijo que solo querías venderles productos caros», me confesó ella, antes de dejarme morir sola.
El dolor era inmenso, pero la traición me helaba hasta los huesos: Javier, mi prometido, y mi propia prima.
Me culparon, me empujaron, por haber salvado las viñas de los García con mi caro tratamiento orgánico, mientras Isabel prometía una solución barata y rápida con químicos.
Pero esos químicos arrasaron las viñas, contaminaron la tierra y destruyeron todo.
¿Cómo pudimos ser tan ciegos? ¿Cómo mi propia familia y el hombre que amaba me entregarían a la muerte por avaricia y envidia?
Ahora, abro los ojos, de vuelta en el mismo día, justo cuando los García suplican mi ayuda por la misma plaga. ¡Pero esta vez, no caeré en la misma trampa! Luchando Por Mis Hijos
Zi Ya No quería que nacieran todavía, aferrándome a la esperanza de un destino diferente.
Pero mientras las contracciones me desgarraban, la televisión de la sala de espera gritaba una verdad horripilante: mi esposo, Alejandro, proclamaba su amor inquebrantable por Eva, mi prima, la mujer que en mi vida pasada me robó a uno de mis gemelos y me encerró en un psiquiátrico hasta morir.
Esta vez, el golpe fue doble: el dolor de su traición y el recuerdo vívido de mi infierno anterior, con la imagen de mi bebé arrebatado grabada a fuego.
Él y sus hombres irrumpieron en mi habitación, arrastrándome al quirófano como una bestia, ignorando mis súplicas y mi avanzado embarazo.
Allí, Eva, con su sonrisa de ángel y lágrimas falsas, susurró mentiras sobre mi cordura, mientras Alejandro, el hombre que juró amarme, me abofeteaba, me humillaba y ordenaba que me sedaran para quitarme a mis hijos.
¿Cómo era posible que volvieran a hacerme esto? ¿Qué había hecho para merecer tal crueldad, una y otra vez?
Esta vez, no moriré sin luchar; esta vez, protegeré a mis hijos y haré que paguen por cada gota de mi dolor. El Amuleto, La Traición y El Reencuentro
Qing He El recuerdo de los dientes de los coyotes desgarrando mi carne fue mi último sentimiento, con el frío del desierto calándose en mis huesos.
Entonces, abrí los ojos.
No había desierto, no había coyotes, no había dolor. Estaba en mi cama.
Miré el calendario: era el Día de San Miguel, el día exacto en que mi prometido, Mateo, y mi hermana adoptiva, Elena, me engañaron cruelmente para robar mi amuleto familiar y luego me abandonaron a una muerte segura.
¡Había renacido! Regresé de la muerte.
La rabia me invadió como un fuego helado. No volvería a ser la Sofía ingenua que ellos manipularon; no los dejaría salirse con la suya esta vez.
"¡Sofía! ¿Estás despierta, mi amor?" escuché la voz tramposa de Mateo afuera.
Él quería mi amuleto de la abuela, el que me heredó. Pero esta vez, las cosas serían muy diferentes.
¡No volverán a engañarme! Esta vez, escribiré mi propio destino. La Hermanita Cambia El Destino
Gavin Las llamas me quemaban, pero el fuego más intenso era el odio por dentro, mientras arrastraba a Valentina conmigo a este infierno. No entendía por qué, incluso en mis últimos momentos, ella aborrecía tanto a mi familia.
La había traído a casa por lástima, una compañera de cuarto que parecía perdida. Pero esa noche, la víspera de la audición crucial de mi hermano Mateo para la beca de baile de su vida, Valentina se metió a escondidas en su habitación y, al día siguiente, lo acusó falsamente de agresión.
Esa mentira venenosa lo destruyó todo: Mateo perdió la audición, su reputación quedó hecha pedazos, y la escuela de danza lo expulsó. Para "protegerme", mis padres cometieron el terrible error de permitir que Valentina se quedara, convirtiéndola en una reina cruel que los humillaba y a Mateo lo obligó a trabajar en una fábrica clandestina para satisfacer sus caprichos.
La tragedia no terminó ahí: Mateo murió aplastado y mis padres, consumidos por el dolor, fallecieron poco después, dejándome sola con un odio envenenado. No comprendía la magnitud de su maldad ni por qué nos hizo esto.
Así que la traje de vuelta a nuestra casa, le prendí fuego y esperé el final. Pero en lugar de la nada, abrí los ojos: estaba en mi habitación de la escuela, a mis dieciocho años, el día antes de la audición de Mateo. Era real, había vuelto para reescribir el guion. Nuestro encuentro inesperado
POWER READING Seis años atrás, Lance, el heredero más poderoso de la familia Hardwick, pasó una noche loca con una desconocida. Pero cuando despertó, se encontró solo en la cama.
Seis años atrás, Carley fue expulsada de su casa por su padre, porque tras la noche con un desconocido, se quedó embarazada. Determinada a encontrar una nueva vida, dejó atrás el lugar que nunca le había ofrecido un verdadero calor de hogar.
Seis años después, el destino las unió en un hospital por casualidad. Carley se ha convertido en una reputada doctora, mientras que Lance, ¡fue confundido con un matón!
"Dios mío, ¡juro que jamás permitirá que ese hombre afecte a mis preciosos retoños!"
Espera, ¡¿por qué sus hijos están tan familiares con Lance?! Todo Comienza de la Muerte de Mi Novia.
A Li El aire en el gran salón de la hacienda era pesado, denso con el aroma de roble viejo y vino derramado.
Mi padre, con el rostro surcado por la preocupación, me dio la noticia: "Mateo, hijo... ha habido un accidente. Isabela no sobrevivió."
Sus primas, Sofía y Lucía, se aferraron a mis brazos, sus sollozos eran un teatro perfectamente ensayado mientras me imploraban que honrara la memoria de Isabela, refiriéndose a las acciones que le había regalado.
En mi vida anterior, me habría derrumbado, perdido en el dolor de la traición y una muerte solitaria que ya había experimentado.
Pero esta vez no.
El dolor de décadas de engaño y una muerte solitaria se había solidificado en un hielo gélido en mi pecho, porque yo había renacido.
Con los recuerdos de su traición grabados a fuego en mi alma, miré a esas víboras y una sonrisa fría se dibujó en mis labios.
No estaba de luto.
Estaba empezando mi venganza.