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El refugio Nirvana construido hace unos cincuenta años, no era el paraíso para sus habitantes, a sólo unos metros de roca y quitosano reforzado de la radiación y las temperaturas marcianas… Pero, la humanidad prosperó en los intrincados módulos de hojalata hasta que la maldad del hombre y las fuerzas oscuras despertaron, convirtiendo el encierro en un infierno y a los moradores sus demonios…
Último mensaje del refugio enviado a la Tierra…
Cuarenta y pico de años después y aún te pienso.
Comienzo a pensar que es tiempo de olvidarme de tus besos…
Al menos no perdí el sentido del humor, pues mi sentido del amor sin ti.
Es sin sentido por supuesto…
Y mientras estés viva, y mientras no esté muerto…
Aunque no sepas, seguiré esperando el momento perfecto…
Aún conservo, las tarjetas que hiciste esa navidad… para mostrártelas por si nos une otra oportunidad.
«La civilización en Marte perecerá después de la Cuarta Generación…» como una profecía hereje se alzaban las letras escritas con sangre en la pared del módulo. Una mano abierta movió los dedos muertos en el suelo… Pero antes de abrir la compuerta de acero tuvo una visión que no supo explicar…
La sombra al final del pasillo trece se fundía con la pared de quitosano reforzado. La silueta negra desapareció rumbo al corredor en silencio…
Jeremías sintió un escalofrío. Se deslizó por el pasillo blanco olisqueando un aroma ferroso en el aire.
¿Qué era aquel olor desagradable proveniente del módulo de la doctora Esperanza?
El módulo de metal estaba cubierto de sangre, el escritorio y los cajones salpicados de rojo oscuro y los miembros de la mujer esparcidos. Se quedó boquiabierto mirando el torso desnudo de la mujer en un charco, la habían apuñalado un centenar de veces. En un rincón vio una maraña de cabellos castaños empapados de sangre
—No puede ser—susurró dejándose llevar por los retorcijones en el estómago.
No supo por qué entró, pero descubrió una estrella boca abajo, encerrada en un círculo junto a las letras profanas. Se volteó para correr asustado y se topó con una pared robusta.
—¡No te muevas! —Rugió Dreyfus, el ingeniero que había llegado de La Tierra estaba pálido. El hombre se paseaba por el consultorio con frecuencia, por sus problemas de ansiedad espacial y encierro—… ¡Por Dios! —Cogió a Jeremías del brazo y tiró de él mientras se resistía, Dreyfus creció en la Tierra, con una gravedad superior; así que era muy fuerte—… ¡Camina, no te quedes aquí!
¿Qué estaba ocurriendo? Cruzaron el final del pasillo trece ante la mirada acusadora de los otros habitantes del refugio. La sombra en el pasillo desapareció… Y entraron en el módulo de Control.
Esperaba encontrar al almirante Torralba supervisando las cámaras, pero no encontró a nadie en la habitación de hojalata. El aire frío le llenó los pulmones… Buscó una silla y se sentó junto a una mesa colmada de instrumentos. Dreyfus lo miró hostigador, tenía el cabello grisáceo y dos gruesas cejas sobre los ojos oscuros.
—¿Quién eres? —Preguntó el hombre—. ¿Y qué hacías en el módulo de la doctora Esperanza?
Jeremías no supo que responder, la frente se le cubrió de humedad y contuvo el aliento. No podía mirar aquellos agujeros negros en los ojos del hombre robusto sin sentirse intimidado. Tenía el uniforme blanco cubierto de huellas sangrientas.
—Soy Jeremías Kafka, del cubículo sesenta y seis—soltó con la voz chillona mirando los instrumentos de metal en la mesa—. Iba a terapia con la doctora cuando… —recordó el módulo ensangrentado y los miembros esparcidos—… No sé qué pasó… ¿Qué ocurrió con la doctora?
—Murió—el hombre se agitó ligeramente—… La mataron en su despacho… hace unas horas.
Jeremías miró al suelo. Dreyfus le abdicó un tenso interrogatorio que no llegó a ningún lado. Preguntas incómodas, preguntas obvias y preguntas que no supo responder… Finalmente el hombre lo miró cansado, había partido de su tierra natal hace poco y estaba abrumado.
—¿Por qué ibas terapia?
—Me siento encerrado.
Dreyfus lo miró largo rato, dubitativo.
—Naciste en este mundo—musitó con los labios apretados—... Todo lo que conoces es el refugio Nirvana, construido en este tubo de lava. Tú… no conoces cómo es allí afuera.
—Si me hubieran dado a escoger un planeta para nacer, hubiera elegido la Tierra sin pensar—dijo—. Quiero saber que hay más allá del refugio en este planeta de desiertos rojos. Quiero ser explorador para recorrer Marte… Pero… ¿Qué pasó con su planeta, señor? He leído sobre la madera, los pájaros, la brisa y el mar… Son cosas que a mi generación nos arrancaron, y a los suyos. Todo lo que conozco es acero, quitosano y oxígeno artificial.
—El mundo es hermoso, sólo tienes que dejar de mirar hacia abajo—replicó Dreyfus tomando asiento frente a él—… Pero lastimosamente… los humanos aprendemos eso, cuando termina la cuenta regresiva y despega la nave… Cuando despegamos, miré, durante seis largos meses aquella burbuja azul… alejarse hasta convertirse en un punto diminuto.
»No sabes por qué, pero extrañas las cosas más insignificantes como el aroma del pasto o el sonido de la lluvia… Provengo de Venezuela, un país absorbido por el desastre y azotado por las tormentas radioactivas.
»Allí en la Tierra, destruimos el paraíso fértil que Dios creó para nosotros… Vine huyendo de la maldad pero, no se puede erradicar.
»Todas las cuestiones, que condujeron a los hombres hasta matanzas y guerras sangrientas, parecen insignificantes… Cuando miras el cielo de este planeta desértico y encuentras al mundo del que provienes, deambulando en aquellas estrellas… tan pequeño y efímero. Las religiones, las leyes y la historia; carecen de significado aquí… En otro mundo…
»Hubo un asesinato aquí, en este planeta… Ocurrió lo impensable y manchamos el planeta con el peor pecado… Sólo Dios sabe quién fue y por qué razón…
—¿Señor?
—¿Sí?
—¿Qué es Dios?
Dreyfus lo miró largo rato, su rostro duro parecía una máscara arrugada. Los nacidos en la Tierra tenían cierto aire de oscuridad, como hierbas malas en un valle en tinieblas.
Hace un instante, había terminado sus labores de robótica e iba a terapia por el encierro y… ya conocía que eran los asesinatos y la maldad. Dreyfus sacó de su bolsillo un pequeño trozo de papel que olía a dulce.
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