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Alguna vez fui de la élite de la Ciudad de México. Ahora, era un fantasma devorando los desperdicios de un contenedor detrás del edificio que aún llevaba el apellido de mi familia.
Entonces escuché su voz. Braulio. Mi antiguo amor, mi hermanastro, el hombre por el que había regresado.
Hablaba por teléfono con Eva, la mujer que me había robado la vida, la familia y hasta el rostro.
Me vio, un bulto deforme de harapos, y su cara se llenó de asco. Le ordenó a su asistente que me diera dinero y que “sacara esta porquería de la propiedad de la empresa”.
Por un instante fugaz, vio el tatuaje de infinito en mi muñeca: nuestra promesa secreta de un para siempre. Incluso susurró mi nombre: “¿Elisa?”.
Pero luego sacudió la cabeza, desechando lo imposible. Me dio la espalda y se alejó sin una segunda mirada. Ese último rechazo destrozó el último fragmento de mi alma.
Caminé hasta uno de los puentes de Santa Fe y me solté.
Justo cuando mi cuerpo golpeaba el agua helada, un doctor hablaba por teléfono con Braulio, con la voz temblando por los resultados de una nueva prueba de ADN. La prueba original, la que había destruido mi vida, era falsa. Yo era la verdadera heredera desde el principio.
Capítulo 1
El hedor a comida podrida y cartón mojado inundó las fosas nasales de Elisa Garza. Era el olor de su vida ahora. Hundió su mano sana más adentro del contenedor, sus dedos buscando entre bolsas viscosas y vidrios rotos. Este contenedor en particular, detrás de la resplandeciente Torre Garza, solía ser una mina de oro. El restaurante de lujo en la planta baja tiraba comida que apenas tenía un día.
Como antigua socialité de la Ciudad de México, sabía de calidad. Ahora, era solo otra mujer sin hogar, un fantasma que acechaba los bordes de su propio pasado. Las luces de la ciudad se volvían borrosas en su visión. El hambre era un dolor constante y corrosivo en su estómago.
Sacó un recipiente de plástico sellado. Dentro había una rebanada a medio comer de un pastel carísimo. Una pequeña victoria. Se sentó en el pavimento frío, con la espalda contra la pared de ladrillos del callejón, y usó los dedos para llevarse el cremoso postre a la boca. Sabía a gloria. Sabía a una vida que ya no tenía.
Su rostro, que alguna vez estuvo en portadas de revistas, era ahora un mapa de cicatrices. Una línea gruesa y fruncida corría desde su sien hasta la mandíbula, torciendo su labio en una mueca permanente. Ácido. Su mano izquierda era una garra destrozada, los huesos aplastados sin remedio. No podía hablar, ni una sola palabra. Le habían quitado las cuerdas vocales.
¿Era mejor morir de hambre con dignidad o vivir así? La pregunta era un tambor sordo y repetitivo en su cabeza. Pero cada vez que el hambre se volvía insoportable, la respuesta era la misma. Elegía vivir. Elegía el contenedor.
La portezuela de un auto se cerró cerca. El sonido fue seco, caro. Lo ignoró, concentrándose en el último bocado de pastel. De repente, la voz de un hombre cortó el aire, nítida y dolorosamente familiar.
“Solo déjalo en el asiento, Marcos. Yo me encargo desde aquí”.
Elisa se congeló. Conocía esa voz. La reconocería en cualquier parte. Levantó la vista lentamente.
Braulio Garza estaba de pie bajo la luz del callejón, su traje a la medida impecable, su rostro duro y atractivo. Su hermanastro. Su antiguo amor. El director general de la empresa de cuya basura estaba comiendo. Hablaba por teléfono, de espaldas a ella.
“Eva, mi amor, ya voy saliendo de la oficina. Sí, llegaré pronto a casa”.
Eva. El nombre fue un golpe físico. La mujer que le había quitado todo. La nueva heredera. La prometida de Braulio.
Una oleada de náuseas invadió a Elisa, más fuerte que el hambre. Quiso correr, esconderse, pero su cuerpo estaba paralizado. Por esto había regresado. Después de meses de caminar, de pedir aventones, de pasar hambre en su camino desde aquel pueblo desolado de regreso a la Ciudad de México, era por esto. Para verlo una última vez.
Se había aferrado a una esperanza tonta, un pequeño parpadeo en la vasta oscuridad de su vida. Quizás él la vería. Quizás la reconocería. Quizás, solo quizás, todavía le importaba.
Ahora, al oírlo hablar con Eva con tanta ternura, esa esperanza murió. Era el sueño de una tonta. Él era feliz. Había seguido adelante. La existencia de ella era un inconveniente del que ni siquiera era consciente.
Él se rio de algo que dijo Eva, un sonido bajo e íntimo que desgarró a Elisa. El pastel se revolvió en su estómago. Sintió la bilis subir por su garganta y giró la cabeza, vomitando sobre el pavimento sucio.
El sonido hizo que Braulio se volteara. La vio entonces, un miserable montón de harapos en el suelo. Su rostro se contrajo en una mueca de asco.
“Marcos, ven aquí”, espetó.
Su asistente, Marcos, un joven de traje elegante, se apresuró a llegar.
“¿Señor?”
“Dale algo de dinero. Y sácala de aquí. No quiero ver esta porquería en la propiedad de la empresa”.
Marcos se acercó a Elisa con cautela, sacando un billete de quinientos pesos de su cartera. Se lo tendió, arrugando la nariz.
“Toma. Ahora tienes que irte”.
Elisa no miró el dinero. No miró a Marcos. Miró a Braulio. Sus ojos, la única parte de su rostro que aún era suya, le suplicaban. Mírame. Por favor, solo mírame.
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