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Estaba en mi oficina escribiendo una lista de los siguientes platillos que serviríamos el resto de la semana cuando Freddie, mi sous chef, entro para decirme que unos comensales querían felicitarme por mi comida.
-¿No puede ir alguien más?- pregunte sin ganas y recostándome contra la silla-
-No, quieren a la mujer que gano su cuarta estrella Michelín querida y esa...eres tu-
-Necesito vacaciones de todos esos idiotas- comenté poniéndome de pie-
-Creí que buscarías tu quinta estrella-
-Voy a buscar mi quinta estrella en alcoholismo si sigo así-
-Si tu madre te escucha te va a dar un chanclaso dulzura-
Mientras caminaba a través de la cocina recordé la primera vez que le cocine a mi mamá, su critica fue devastadora. "Le falta sal, demasiados condimentos, sobre cociste la carne, y las papás están demasiado duras, parece suela de zapato no papás al horno", tenia diecisiete años y quería tirarme de un puente. Lo bueno es que con el tiempo mejore, me volví muy buena en mi trabajo ganando algunos premios en el camino, pero aun así para mi mamá jamás es suficiente.
Al salir varios comensales voltearon a verme, la primer mujer de veintisiete años en ganar cuatro estrellas Michelin en un periodo de cinco años, eso si era un logro. Uno que no soportaba que me estén recordando a diario. Antes de llegar a la mesa me di cuenta de que Marie estaba sentada en la mesa a la que me dirigía. Marie era la hija legitima de mi padre biológico Elliot Richard Ellis, más conocido como “El fantasma”, el tipo era un mafioso con todas las letras. Y ella, bueno, ella era buena, al menos conmigo a pesar de todo. Los hijos biológicos de Elliot siempre ha sabido de mi existencia y yo de las suyas desde que tenia quince años aunque ninguno quería tener que ver con el otro, al menos lo repito, de mi parte, estaba feliz de no ser involucrada en esa familia y que la gente no supiera que Elliot era mi padre biológico.
-Como lo solicitaron nuestra galardonada chef, la señorita Fernández- dijo Freddie lanzándome a los lobos-
“Me las vas a pagar rubio maldito”, pensé mientras se formaba una sonrisa en mi boca.
-Buenas noches- los salude cortésmente-
Por poco y me trago mis palabras al ver a Elliot sentado frente a su hija. ¿Porque?, si venia tan bien evitándolos a todos. El levanto su vista para mirarme y una pizca de emoción cruzo por su ojos más no de los míos, sentía que se me iba a salir corazón por la boca así que tuve que esforzarme para que no se notara que quería salir corriendo.
-Chef Fernández, felicitaciones por su carta estrella- comento el hombre a su lado-
¿De donde lo tengo visto?.
-Muchas gracias-
-Me imagino que ya esta en carrera para ir por la quinta, ¿No?-
-Estaba pensando en tomarme un tiempo lejos de la cocina, quiero llevar a mis padres de vacaciones y probar comidas nuevas y ver que es lo nuevo de hoy en día- le respondí con una sonrisa- Pero quien sabe, quizás cuando vuelta, esa quinta estrella será pan comido-
-Esa es la actitud jovencita. Por cierto este Bouillabaise esta a otro nivel-
-La mantequilla, el ajo y el perejil hacen milagros- sonreí-
Todos en la mesa soltaron una pequeña risa ante mi estúpida broma y quería decirles que veían estúpidos con esas sonrisas falsas.
Me dieron charla por unos minutos más hasta que Freddie me salvo diciendo que me necesitaban en la cocina así que me despedí y volví a la cocina.
-Ya no los soporto-
-¿Sus risas falsas?-
-Si. Se ven tan idiotas-
Dos horas más tarde, después de acomodar todo y dejar todo listo para el otro día, cerramos el restaurante, mientras me dirigía hacía mi casa sentía como mi estomago trataba de comerse algún órgano, me gustaba cocinar comidas extravagantes más no comerlas, no las toleraba así que al llegar a casa antes de siquiera pensar en entrar al edificio me cruce en frente, Joy era un puesto de hamburguesas, no muy grande a decir verdad, parecía más un carrito de hot dogs, pero sus hamburguesas me recordaban mucho a las que hacia mi abuela por lo que cada día al salir del trabajo pasaba a comprarle tres o cuatro.
-¡Joy Joy!- lo salude mientras cruzaba la calle-
-Estrellita...¿Tienes hambre?-
-Demasiada-
Joy me llamaba estrellita desde hacia cinco años, cuando me mude a este edificio. Cuando recién me mude a los únicos a los que les hablaba eran a mis padres y algún que otro compañero de trabajo como Freddie que con el tiempo se convirtió en mi sous chef.
Con el pasar del tiempo Joy seguía sin creer que una ganadora de estrellas Michelin le gustaran tanto sus hamburguesas a pesar de eran tan...normales según el.
-Tenias razón con la nueva receta del pan. Se vendieron muy rápido-
-Te lo dije. El brioche para hamburguesas es infalible-
-¿Como te fue hoy?-
El olor a la carne cociéndose hacia que se me hiciera agua la boca y el olor a cebolla caramelizándose era la gloria.
-Tuve que salir con una sonrisa a saludar a un montón de ricos estúpidos y escucharlos reírse con algunas bromas sin una pizca de sentido. Te juro que cada vez los soporto menos-
Me senté en uno de los asientos que tenia para sus clientes y apoye mis codos en el sobresaliente para ver como se cocinaba la comida.
-Me puedo imaginar tu cara- se burlo-
Se quedo callado un instante mientras cortaba finas rodajas de tomate.
-Sigo sin entender porque te gustan tanto estas hamburguesas, estoy seguro que puedes comer muchísimo mejor en tu restauran...- su voz se corto así que procedí a explicarle-
-Me recuerdan a mi abuela, ¿Sabes?, creo que te lo mencione alguna que otra vez pero, el olor y el sabor se parecen muchísimo. Mi abuela, la ultima ves que estuvo lucida pidió comer hamburguesas, ella dijo, "Me estoy muriendo carajo, solo déjenme ser feliz una ultima vez, quiero comer hamburguesas y después morirme en paz, por amor de dios", nos grito como si fuese una niña pequeña, mi mamá se resistió pero al final accedió y le preparo las hamburguesas que ella quería, con su ayuda obviamente. La vi comerse dos hamburguesas con una enorme sonrisa mientras me contaba cuan feliz se sentía. Al otro día a la mañana cuando mi mamá fue a darle su medicación estaba muerta y en su cara tenia una sonrisa. Así que Joy tus hamburguesas para son las mejores porque me recuerdan a mi abuela, a su sonrisa, a su amor por la comida- le explique limpiándome una lagrima-
Joy me miraba con una sonrisa tímida y sus ojos viajaban desde mi hasta detrás de mi, como si me estuviera advirtiendo algo. Unos minutos después las cuatro hamburguesas estaban listas así que las pedí para llevar excepto una que fue la que me estaba comiendo. Después de despedirme de el, me gire para volver a cruzar la calle, ahí fue cuando me di cuenta el porque Joy estaba tan nervioso.
Elliot me miraba apoyado en su auto con las manos en sus bolsillos, era la primera vez en toda mi vida que lo veía dos veces en una noche y más fuera del restaurante. Obviamente pase por detrás de su auto ignorándolo por completo mientras comía. Antes de llegar a la puerta del edificio su gigantesco guardaespaldas se puso delante de mi impidiéndome el paso.
-Disculpe pero esta impidiendo que entre a mi casa-
-Bren...por favor. Solo serán unos minutos-
El gigante parado delante de mi era Roth, un enorme tipo ruso al que veía en cada cumpleaños ya que era el quien me traía las tortas de cumpleaños, las cuales nunca había probado ni una sola porción ya que las usaba para venderlas y así pagar los servicios vencidos o para comer ya que con mi mamá y mi abuela no teníamos muchos recursos.
-Tuve un día de mierda y lo único que quiero es comer, bañarme e irme a dormir así que muévete- le pedí tratando de pasar por su costado-
Algo que claramente no sirvió ya que el tipo media igual que la puta puerta. Suspire molesta y me gire para quedar en medio de la vereda viendo como el chofer me abría la puerta del auto para que entrara. Estaba a punto de poner un pie dentro cuando comenzó a sonar mi teléfono, era mi mamá.
-Mamá-
Al contestarle se escuchaba el ruido de una ambulancia de fondo y podía escucharla llorar así que puse el teléfono en altavoz.
-¿Mamá?-
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