El silencio tenía peso. Un peso denso, frío, casi físico. Caía sobre los hombros de Isabella como una sábana mojada, envolviéndola en un letargo insoportable. Llevaba semanas -o tal vez meses- sin escuchar una voz que no fuera mecánica, desprovista de humanidad. Allí, en esa habitación blanca y sin tiempo, el mundo se había reducido a cuatro paredes, una cama dura, un lavabo y una puerta que solo se abría para alimentar su cuerpo... nunca su alma.
No sabía con exactitud cuántos días llevaba allí. El reloj en la pared no tenía manecillas, una crueldad simbólica que la mantenía atrapada en una especie de eternidad suspendida. No había ventanas, ni cambios en la luz, ni noches que la llevaran al consuelo del sueño. Solo esa iluminación constante, artificial, que le raspaba los ojos y la obligaba a vivir bajo una claridad sin consuelo.
Los primeros días gritó. Se golpeó contra la puerta, rompió platos, insultó a las sombras que la vigilaban tras las cámaras. Luego lloró. Lloró hasta que sus lágrimas se secaron y su voz se volvió ronca, hueca, vacía. Después llegó el silencio. Un silencio que ya no era impuesto, sino elegido. Había comprendido que sus palabras no tenían destino, que nadie escuchaba, y que si lo hacían, no les importaba.
La única compañía constante era su cuerpo, hinchado por la vida que crecía dentro de él.
Su hija.
-Aguanta un poco más -susurraba Isabella, acariciándose el vientre con movimientos lentos, casi rituales-. Mamá está aquí... y te va a proteger.
Mentiras piadosas. Porque ni siquiera podía protegerse a sí misma.
La idea de convertirse en madre había llegado como un rayo de luz, un milagro inesperado. Cuando Alexander le confesó que quería quedarse con el bebé, que a pesar de todo no le importaban las reglas de su familia ni los rumores, ella le creyó. Le creyó cuando dijo que lucharían juntos, que nadie los separaría, que su amor -ese que construyeron entre susurros en ascensores y miradas cómplices entre reuniones- era suficiente.
Pero Alexander no estaba allí.
En su lugar, apareció su padre.
Un hombre con el alma de hierro y una mirada que congelaba la sangre.
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