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En alta mar, en las inmediaciones de Nolens.
"¡Ayuda! ¡Ayuda! Ayuda... Ayúdame... Brayden, por favor, ¡ayúdame!".
Las súplicas desesperadas de Averie Briggs se extinguían lentamente. Por un lado, la golpeaba el agua helada del mar; por el otro, un acantilado imponente le bloqueaba cualquier escapatoria.
De pronto, los faros de un automóvil le iluminaron el rostro, revelando su palidez espectral. Retrocedió hasta chocar contra la baja barandilla del malecón.
Entonces, escuchó la voz helada de su secuestrador. "Averie o Corinna. Elige a una...".
"Corinna", respondió el hombre al otro lado de la línea, sin la menor vacilación.
Averie guardó silencio. Sintió cómo el corazón se le helaba en el pecho.
Brayden Fowler, el hombre que amaba, le destrozó el corazón con una facilidad pasmosa.
Eligió abandonarla, aun cuando ella llevaba a su hijo en el vientre.
De inmediato, una figura vestida de negro le dio una patada brutal en el abdomen y la arrojó por encima de la barandilla.
Las aguas heladas del mar la engulleron por completo.
El odio que sentía hacia Brayden era abrumador.
Un dolor agudo le desgarró el vientre mientras su mundo se sumía lentamente en la oscuridad.
Al borde de la inconsciencia, un único pensamiento cruzó su mente. Si lograba sobrevivir, jamás volvería a ser la misma.
No valía la pena sacrificar su vida por un hombre como él.
...
Averie sobrevivió de milagro.
La encontró un barco pesquero que la llevó de urgencia al hospital más cercano.
Sin embargo, perdió al bebé que con tanta ilusión esperaba. Se quedó para siempre en el mar.
Recostada en la cama del hospital, tenía la mirada perdida en las luces del techo, que parecían parpadear sobre ella.
El primer día, avisaron a las familias Fowler y Briggs sobre su hospitalización.
Pero habían pasado ya tres días y nadie había ido a visitarla.
En la habitación, el televisor transmitía las noticias locales de Nolens.
"Las hermanas Briggs fueron presuntamente secuestradas en un incidente relacionado con la lucha de poder dentro del Fowler Group...".
"Brayden Fowler se ha convertido en el director ejecutivo más joven en la historia del Fowler Group".
Averie se pasó los dedos fríos por su vientre ahora plano y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Con dificultad, tomó un bolígrafo y comenzó a escribir en una hoja de papel.
Había llegado a su límite.
Al atardecer, alguien abrió la puerta de la habitación.
"Disculpe, señora Fowler. El señor Fowler se retrasó por un contratiempo".
Al escuchar esa voz, Averie apretó el edredón con fuerza y clavó la mirada en el hombre de traje que estaba frente a ella: Theo Gordon, el asistente de Brayden.
"Toma asiento, Theo". Intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió.
"El señor Fowler está al tanto de su pérdida... Mencionó que desea compensarla".
¿Compensarla?
Averie se preguntó cómo podía compensarse la pérdida de una vida.
En ese momento, la mirada de Theo se desvió hacia la puerta y saludó con respeto. "Señor Fowler".
Averie siguió la mirada de Theo y vio una figura alta y esbelta que se acercaba, recortada a contraluz por la luz del pasillo.
A pesar del ambiente lúgubre del hospital, su imponente presencia era inconfundible.
Sus miradas se cruzaron, llenando la habitación de un pesado silencio.
"Señor Fowler, la señora Fowler perdió al bebé, pero el médico dice que su salud, por lo demás, está bien", informó Theo.
Bajo la luz de la lámpara, la nuez de Adán de Brayden se movió ligeramente al tragar saliva.
Se sentó, con la mitad del rostro en penumbra y los ojos parcialmente ocultos por el cabello.
Brayden encendió un cigarrillo. La llama del encendedor proyectó una sombra sobre la cicatriz bajo su ojo, lo que lo hizo parecer aún más frío e intimidante.
"¿Cuándo te dan el alta?", preguntó con su voz grave y cautivadora.
Sin embargo, Averie no percibió emoción alguna en su voz.
Parecía indiferente, incluso ante la pérdida de su propio hijo.
Si no hubiera estado sedada cuando se enteró de la pérdida, se habría derrumbado.
Pero su reacción no la sorprendía. Después de todo, ella solo era la sustituta con la que se había casado, y a él, en realidad, nunca le importó.
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