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El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol fue lo único que interrumpió el silencio sepulcral de la mansión De la Vega.
Valeria se sobresaltó, dejando caer la revista de modas que ojeaba distraídamente en el sofá de terciopelo. Eran las dos de la madrugada. Su padre, Rodrigo de la Vega, nunca llegaba tarde. Y ciertamente, nunca entraba a casa haciendo ruido. Él era un hombre de compostura, de trajes impecables y modales de la vieja escuela.
-¿Papá? -llamó ella, poniéndose de pie. La seda de su bata color crema rozó sus tobillos mientras caminaba hacia el vestíbulo.
Lo que encontró allí le heló la sangre.
Su padre estaba apoyado contra la pesada puerta de roble, como si el peso del mundo acabara de aplastarlo. Su corbata estaba deshecha, colgando flácida alrededor de su cuello; su cabello, siempre engominado hacia atrás, estaba revuelto, y su rostro... su rostro tenía el color de la ceniza.
-Papá, ¿qué pasó? -Valeria corrió hacia él, tomándolo del brazo justo antes de que sus rodillas cedieran. Olía a tabaco rancio y a sudor frío. Olía a miedo.
-Se acabó, Valeria -murmuró él, con la voz rota, una sombra del barítono autoritario que solía cerrar tratos millonarios en la ciudad-. Todo se acabó.
Ella frunció el ceño, intentando procesar las palabras mientras lo ayudaba a caminar hacia el salón principal.
-¿De qué hablas? ¿Fue la fusión con los inversores asiáticos? Te dije que no te preocuparas, podemos vender la casa de verano en los Hamptons si necesitamos liquidez...
Rodrigo soltó una risa seca, un sonido terrible que carecía de cualquier humor. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.
-No hay casa de verano, Valeria. No hay acciones. No hay cuentas en Suiza. -Separó los dedos para mirarla con ojos inyectados en sangre-. No hay nada. Lo he perdido todo.
Valeria sintió un zumbido en los oídos.
-¿Todo? Eso es imposible. Somos los De la Vega. Nuestra fortuna tiene generaciones...
-La aposté -confesó él, en un susurro que golpeó a Valeria más fuerte que una bofetada-. Estaba desesperado. Las deudas se acumulaban, los bancos cerraban las puertas... Necesitaba un golpe de suerte. Una última jugada para salvar la empresa.
Valeria retrocedió un paso, horrorizada. Su padre no era un jugador. Era un empresario.
-¿Apostaste... nuestro patrimonio? -preguntó, con la voz temblorosa.
-Contra él. Pensé que podía ganarle. Pensé que era solo un nuevo rico arrogante, un perro callejero con suerte... -Rodrigo se pasó la mano por el cabello, temblando-. Pero él sabía cada movimiento que iba a hacer. Jugó conmigo como un gato con un ratón moribundo.
-¿Quién, papá? ¿Quién tiene todo nuestro dinero?
Rodrigo levantó la vista. En sus ojos había un terror puro, primitivo.
-Dante Volkov.
El nombre aterrizó en la habitación como una sentencia de muerte. Valeria conocía ese nombre. Todos en la alta sociedad lo conocían, aunque nadie lo invitaba a sus fiestas. Lo llamaban "El Lobo de Hierro". Un hombre que había surgido de la nada, devorando empresas en quiebra y destruyendo legados familiares solo por deporte. Se decían cosas terribles de él: que no tenía alma, que sus negocios rozaban la ilegalidad, que en sus venas corría hielo en lugar de sangre.
-Volkov... -repitió ella, sintiendo un escalofrío-. Bien. Abogados. Llamaremos a los abogados mañana. Declararemos la bancarrota, venderemos esta casa, nos mudaremos a un apartamento pequeño. Podemos empezar de cero, papá. Estamos juntos.
Rodrigo negó con la cabeza, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas arrugadas.
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