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El día en que las familias Bennett y Harper se unieron en matrimonio, el cielo pareció desatar su furia, tiñendo el firmamento con el carmesí intenso de las llamas voraces.
Daniela Harper, vestida de novia, observó desesperada cómo su prometido, Alexander Bennett, tomaba heroicamente en brazos a Joyce Holt y se abría paso entre el fuego abrasador, sin mirarla ni una sola vez.
Atrapada bajo una enorme pantalla de proyección, Daniela quedó inmovilizada por el peso, mientras las lágrimas de frustración y miedo anegaban sus ojos.
El aire estaba cargado de un humo denso y acre que le dificultaba la respiración. Mientras las sombras de la inconsciencia le nublaban la visión, el sombrío pensamiento de perecer en el incendio la carcomía.
Pero, justo cuando la esperanza parecía extinguirse, una figura emergió entre el humo.
Unos brazos fuertes la levantaron sin esfuerzo, y el latido constante y tranquilizador del corazón de su salvador contra su oído la invadió con una extraña sensación de consuelo en medio del caos.
De repente, un silbido penetrante atravesó los sonidos apagados de la destrucción, y el inconfundible y horrible olor a carne quemada le golpeó en las fosas nasales.
Con el corazón desbocado por una mezcla de miedo y confusión, Daniela reunió fuerzas para entreabrir los ojos, pero solo se encontró con un sofocante velo de humo que le nublaba la vista y acrecentaba su terror.
Mientras tanteaba a ciegas, sus dedos se toparon con algo pegajoso y perturbador. Por instinto, el hombre que la cargaba se apartó, pero pronto se relajó, permitiendo que las manos de ella lo exploraran.
El viento aullaba en sus oídos, incesante y helado, y poco a poco el intenso calor que le había abrasado la cara comenzó a disiparse.
Luchando contra la pesadez de sus párpados, se esforzó por mantener los ojos abiertos y distinguir a su salvador.
A través del humo arremolinado que seguía nublando su visión, vislumbró un lunar característico cerca del ojo del hombre, un lunar que le provocó una vaga sensación de reconocimiento.
Cuando los bordes de su conciencia empezaron a difuminarse una vez más, Daniela escuchó una voz suave que se abría paso entre el aullido del viento. "Señor, la ambulancia ha llegado. La señorita Harper ya está a bordo. Tenemos que irnos ya. Su brazo necesita atención urgente y, además, hoy es la boda de la señorita Harper. Si la gente la ve con otro hombre, se convertirá en la comidilla de la ciudad".
***
Daniela despertó de un sueño agitado en una habitación de hospital sencilla, austera y fría.
Afuera, la luna brillaba en lo alto, bañando todo con su luz fantasmal y melancólica. La habitación estaba en silencio; su recién estrenado marido no estaba allí.
Sus heridas eran graves: una costilla fracturada y un corte profundo e irregular le surcaban la mejilla izquierda. El médico le advirtió que, sin los cuidados adecuados, la herida podría dejarle una cicatriz permanente.
Al amanecer, el médico regresó para evaluar su estado.
Al mirar la habitación vacía, preguntó: "¿Dónde está su familia?".
Daniela negó con la cabeza, esbozando una sonrisa amarga. Había intentado contactar a Alexander varias veces, pero él no había respondido.
El médico suspiró y le aconsejó: "Intente quedarse quieta; moverse demasiado podría agravar sus heridas. Si no hay nadie que la ayude, le asignaré un cuidador".
En ese momento, una joven enfermera intervino: "¿No es usted la novia del incendio que salió en los titulares? ¿Su esposo no está aquí?".
La conversación llamó la atención de la enfermera jefa, que tosió ligeramente e hizo un gesto a su colega para que guardara silencio. Inclinándose más cerca, murmuró: "En realidad está arriba, atendiendo a otra persona".
Los ojos de la joven enfermera se abrieron como platos. "¡¿Qué?! ¡Pero si esa chica solo sufrió un rasguño en la mano!".
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