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En nuestro tercer aniversario, me puse lencería de seda esperando que mi esposo por fin me tocara.
Él me miró con asco y me dijo que ya había programado una fecundación in vitro para no tener que acostarse conmigo.
Esa misma noche, descubrí que su "amor" y sus besos eran para mi propia hermana de crianza, Felipa.
Escuché detrás de la puerta cómo se burlaban de mí.
Planeaban usarme como una simple incubadora para darles un heredero y luego desecharme como basura para ser felices juntos.
Mi familia biológica me había vendido como ganado para salvar sus empresas, y mi esposo solo esperaba el bebé para deshacerse de mí.
Lo que ellos no sabían es que yo no soy la sumisa Estrella Mascaraque que creen.
Soy la hija adoptiva y única heredera de Rocco Pujol, el magnate más poderoso de México.
En el hospital, estrellé la tableta con los embriones contra el suelo, rompiendo sus cadenas para siempre.
Ahora he regresado, no como su víctima, sino como la dueña de las empresas que acabo de llevar a la quiebra.
"Señor Navarro, firme el divorcio o prepárese para vivir en la calle".
Capítulo 1
Estrella POV:
El regalo de nuestro tercer aniversario de bodas yacía olvidado en la mesita de noche. Era un pequeño y elegante reloj. Representaba el tiempo que creí nuestro. No era el primer regalo que Mauricio despreciaba. Pero fue el primero que me hizo sentir que mi propio tiempo se estaba agotando.
Mauricio y yo éramos extraños viviendo bajo el mismo techo. Nuestras noches eran silenciosas. Nuestras camas, frías. Habíamos prometido amor y compañía. Pero solo la soledad me abrazaba. Hoy, quería cambiar eso.
Me vestí con la lencería de seda que había guardado. Era el que él me había regalado al inicio, antes de que el hielo se instalara entre nosotros. Encendí las velas. Preparé su bebida favorita. Cada movimiento era una oración silenciosa. Una esperanza de que esta noche, por fin, nos reencontraríamos.
Él entró en la habitación. Su figura alta proyectaba una larga sombra. Mis ojos buscaron los suyos. Pero los suyos evitaron los míos. Le ofrecí una sonrisa. Era una invitación. Su mirada se posó en mí. Era fría. Sin una pizca de deseo.
"¿Qué estás haciendo, Estrella?" Su voz fue un látigo.
Me encogí. El calor de la esperanza se desvaneció. Se fue en el aire gélido que lo rodeaba. "Es nuestro aniversario, Mauricio. Pensé que…"
Él se rió. Una risa vacía. Una risa cruel. "¿Pensaste que te tocaría? ¿Que te haría el favor de fingir una intimidad que no siento? Te equivocas" . Cruzó los brazos. Su mandíbula estaba apretada. "Ya he hecho los arreglos para lo del bebé. Fecundación in vitro. Así tendremos un heredero sin que yo tenga que… tocarte por error" .
Las palabras de Mauricio me golpearon como un puñetazo en el estómago. Un heredero. Sin tocarme. Me quedé helada. El corazón era un témpano. ¿Era esto todo lo que yo valía? ¿Un vientre? ¿Un recipiente para la continuación de su linaje? Mi mente se nubló. Intentaba comprender la crueldad. La humillación directa.
Esa noche, el sueño me abandonó. Las palabras de Mauricio resonaban en mis oídos. Una y otra vez. Me levanté. La cabeza me daba vueltas. Necesitaba respuestas. Algo que diera sentido a este tormento. Mi teléfono, un oráculo silencioso, parecía la única esperanza.
Mis dedos volaron sobre el teclado. Busqué frases: "matrimonio sin intimidad", "esposo me desprecia", "FIV sin consentimiento". Cada resultado, un reflejo distorsionado de mi propia realidad, me sumía más en la desesperación.
Las historias, los consejos, los foros… Parecían hablar de todo y de nada. ¿Era esto normal? ¿Era yo el problema? Cuanto más leía, menos entendía. La pantalla brillante solo amplificaba mi confusión. Mi dolor.
El amanecer se asomaba por la ventana. Mauricio no estaba a mi lado. El hueco en la cama, frío y vacío, era un espejo de mi propio corazón. Un nudo se formó en mi garganta. ¿Dónde estaba él?
Un sonido llegó a mis oídos. Débil al principio. Luego más claro. Risas. Susurros. Venían del despacho de Mauricio, abajo. Mi sangre se heló. Un instinto, primario y afilado, me impulsó a bajar. A ver.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Mi mano tembló al empujarla. Lo que vi me robó el aliento. Mauricio, en sus brazos, no estaba solo. Sus labios, que me habían negado un beso hacía horas, estaban ahora sobre… otra persona.
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