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AMANDA
«Las palabras brotaron de sus labios, iluminando su luminosa mirada; mostrando le que no había belleza más etérea que la desprendida por su pálido rostro. Entonces la tomó entre sus brazos, uniendo la frente con la de ella, pensando que, si aquello era un pecado, con gusto arderá en las llamas del infierno».
¿Luminosa mirada?
Solté un bufido y arranque la página del cuaderno, volviéndola una bola y dejándola en el piso, donde una pequeña montaña de papel empezaba a acumularse; busque una nueva página y empecé a escribir de nuevo. Era de las pocas personas que necesitaban plasmar sus ideas en papel para que estás pudieran empezar a tomar forma, si intentaba hacerlo en la computadora me quedaría en blanco. No llevaba ni tres líneas cuando un sonido estridente me sobresalto, ocasionando que trazará una enorme línea en la mitad de la hoja, arruinando la por completo.
Dejé caer la libreta sobre la mesa, frustrada y enojada.
«¿Otra vez? Es la tercera en la semana» pensé ofuscada.
Casi por instinto me levanté de la silla frente a la ventana de mi departamento; el lugar donde solía trabajar durante la semana. Caminé hasta la puerta y la abrí de un tirón. El pasillo estaba completamente desierto, aquel molesto sonido volvió a interrumpir la tranquilidad del edificio, aunque esta vez seguido por unas risitas. Arrugué la nariz, aquello era completamente ridículo; crucé el pasillo con rapidez sin molestarme en cerrar la mi puerta, a esa altura ya empezaba a ver rojo.
Bajé las escaleras de dos en dos hasta estar en el piso de abajo. Llegué hasta la puerta de uno de los departamentos y le leí el número en la placa dorada, que ya me era tan familiar como el propio: 251. Toqué con fuerza, sin molestarme en ser amable o cortés.
Una mujer de cabellos morados, alta y de sonrisa despreocupada me abrió la puerta; Emiliana Basile ya vivía en aquel condominio cuando me mudé hacía dos años y desde el primer momento en que nos topamos supe que era la cruz que debía cargar por todos mis pecados, que dicho sea se pasó, no eran tantos como para merecer aquel castigo.
Pero volviendo a Emiliana, tenía 30 años, la piel bronceada tan típica de los italianos y su familia era oriunda de Palermo, (me enteré por un comentario de nuestro casero, no porque estuviese averiguando acerca de ella) y por lo que sabía podía dedicarse a venderle metanfetaminas a los adictos.
La italiana me observó con diversión que no se molestaba en ocultar. Con una gracia que le envidie, apartó un mechón corto de su frente y se lo llevó detrás de la oreja. No pronunció palabra, pero tenía la mirada color zafiro posada sobre mí, a la expectativa. No siendo primera vez, pensé que era una injusticia desperdiciar tal color de ojos en una persona como aquella. Me aclare la garganta tratando de que mi voz sonara segura.
—Lamento mucho molestarte tan temprano. Estoy segura que tienes actividades muy importantes que hacer, así que seré breve. —Una nota de sarcasmo se filtró en mis palabras. —Pero lo que sea que estés haciendo se escucha hasta mi departamento y no me deja trabajar. —le expliqué en un tono conciliador.
Por un momento su rostro adquirió un ligero tono rosáceo a causa de la vergüenza; me sentí bien pensado que había logrado mi objetivo, sin embargo, esa expresión desapareció, siendo sustituida por una sonrisa traviesa y una mirada burlona. Instintivamente cuadre los hombros, preparándome para un enfrentamiento.
—¿Puedes decirlo, sabes? Tu lengua no se profanará por pronunciar una simple palabra. —inquirió en un tono de falsa cortesía. —Repite después de mi: S-E-X-O. —pronunció abriendo mucho la boca para enfatizar cada una de las letras.
Ahora era yo la que estaba completamente roja, aunque no sabía si era por la pena o el enojo, a lo mejor un poco de ambas. Negué con la cabeza, quizás demasiado rápido para resultar convincente y sabía que Emiliana se daría cuenta de ese pequeño desliz, sólo esperaba que no lo comentará o el hermoso suelo terminaría manchado de sangre y una de nosotras condenada por asesinato. Pude notar por el brillo de sus ojos que sí lo hizo, sin embargo, no dijo nada al respecto.
«Bien por ti».
—No me interesa lo que estabas haciendo. —dije arrastrando las palabras.
—¿Entonces qué haces aquí? Sabes que estaba teniendo sexo, no es ningún secreto. —interrogó ladeando la cabeza.
Definitivamente debía dejar de pronunciar esa palabra. Ella sabía que me molestaba y lo hacía a propósito. No era ninguna monja, pero tampoco llevaba una vida promiscua y no discutiría mi sexualidad en medio del pasillo y menos con ella. La fulminé con la mirada, observándola de arriba abajo, fue allí dónde me di cuenta que Emiliana sólo llevaba puesta una delicada bata semitransparente que dejaba a la vista su ropa interior de encaje.
«¡Santo cielo! Ese conjunto debe costar más que todo mi guardarropa».
Si no fuese mi enemiga declarada le pediría el nombre de la tienda donde lo compró, aunque sólo fuese para ver, pues dudaba que mi sueldo me permitiría adquirir algo así. De pronto la idea de que vendía drogas no se me hizo tan descabellada.
—Los sonidos y las risitas no me permiten concentrarme. Eres muy escandalosa. —Tan pronto esas palabras abandonaron mis labios, supe que no debía haberlas dicho, al ver que la sonrisa de Emiliana se extendía aún más, si es que eso era posible.
—Perdóname, soy buena en lo que hago y mis amantes suelen hacer mucho ruido. —admitió sin pudor alguno y apoyando su cuerpo sobre la puerta. Deseaba ahorcarla allí mismo, pero me obligué a recordar que el asesinato era un delito y en la cárcel no me darían las libretas que estaba acostumbrada a usar para escribir. El pensamiento me calmo.
—Pues limita el sonido a tu espacio. —sentencie tajantemente.
—Si tanto te molesta, puedes unirte. —Me invitó con una sonrisa pícara. Parpadee una vez y luego dos para asegurarme que lo que había escuchado era cierto y no producto de mi imaginación, aunque...
¿Por qué me imaginaria esas palabras?
—No es precisamente mi tipo. —dije cruzando los brazos.
—¿Los tríos? —preguntó levantando una ceja.
—Compartir pareja.
—¿Acaso crees en la monogamia, vecina? —inquirió divertida, pero note que estaba verdaderamente entretenida con la conversación.
¡Fantástico! Me había convertido en el bufón de esa mujer de piel bronceada y piernas largas.
—Creo en evitar una ETS. —contraataque rodando los ojos. Emiliana soltó una risita por lo bajo, pero al final asintió, algo que en realidad no me sorprendió, siempre era la misma rutina cuando le reclamaba por algo, lo que era casi todo el tiempo.
—Trataré de bajar el volumen para no molestarte. —cedió.
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