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El aullido de la manada desgarró el cielo nocturno como un lamento antiguo, cargado de furia, de dolor, de traición. No era un canto de hermandad esa vez. No era un llamado a la unidad bajo el manto de la Luna.
Era un juicio.
Y Nayara estaba sola en el centro del círculo, arrodillada en la tierra fría, con la sangre -ajena y propia- manchándole la piel, impregnándola como un pecado que nunca había cometido.
Su vestido, antaño blanco como la nieve, colgaba de su cuerpo en jirones. Las fibras rotas dejaban al descubierto la brutalidad de las marcas recientes: cortes abiertos, moretones violáceos, arañazos profundos, la prueba viva de su supuesta traición. Su respiración era errática, cada inhalación un recordatorio del dolor que ya no podía contener.
La palabra prohibida flotaba entre los susurros de la multitud: traidora.
Una acusación que ardía más que cualquier herida, más que cualquier golpe.
Frente a ella, como una sombra de hielo entre los lobos, estaba Gael.
Su compañero destinado. Su Alfa. Su amor.
Pero no había rastro de amor en su mirada esa noche.
Solo juicio.
Solo sentencia.
Su postura era inquebrantable, el rostro esculpido en piedra. Sin embargo, en lo profundo de esos ojos grises que Nayara había aprendido a amar, había un resquicio... un destello tembloroso de duda que luchaba por no salir a la superficie.
-La evidencia es clara -dictó Gael, su voz atravesando el círculo como una espada-. Nayara ha traicionado a la manada. A la Luna misma.
Un zumbido de voces acompañó su sentencia, un mar de rostros que alguna vez fueron su hogar, su familia, sus amigos... y que ahora eran cuchillos afilados, clavándose uno a uno en su alma.
El corazón de Nayara latía con violencia, desesperado, en su pecho herido.
-¡Es mentira! -gritó, su voz quebrada en un sollozo cargado de furia-. ¡Me están tendiendo una trampa!
Sus palabras se perdieron en el vacío.
Nadie acudió en su defensa.
Ni uno solo.
Los ancianos de la manada -esos que la habían visto nacer, que le habían enseñado las antiguas canciones de la Luna- bajaron la mirada con desprecio, como si su sola presencia manchara la tierra que pisaban.
-La ley de la manada es sagrada -tronó uno de ellos-. Traicionar a los tuyos es traicionar a la Diosa.
Nayara sintió cómo el veneno del exilio se enroscaba a su alrededor como una víbora silenciosa. No importaba lo que dijera. No importaba lo que suplicara. Ya estaba condenada.
Pero lo que más dolía no era el abandono de la manada.
Era él.
Era Gael.
El lobo que había prometido ser su escudo. El hombre que había jurado protegerla, aun contra el mundo entero.
Y ahora la sacrificaba con sus propias manos.
Gael se acercó un paso más. Nayara percibió su aroma -ese olor a bosque y a una tormenta que tanto amaba- envolviéndola como una burla cruel. Lo miró a los ojos, desafiándolo con una última chispa de la loba orgullosa que aún ardía en su interior.
-¿No vas a salvarme? -susurró. No era una pregunta. Era un ruego. Una plegaria desgarrada.
Por un instante, por un solo instante, los labios de Gael se entreabrieron, y en ese vacío Nayara vio el reflejo de un hombre dividido.
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