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Yo era la obra de caridad de la familia Garza, secretamente enamorada de su hijo mayor, Damián. Durante años, me prometió un futuro, una vida en la que no fuera solo la huérfana que acogieron para quedar bien con la prensa.
Luego, en la cena en la que pensé que me propondría matrimonio, me presentó a su prometida, una hermosa heredera de un imperio tecnológico.
Mientras me tambaleaba por el corazón roto, su hermano menor, Antonio, apareció para consolarme. Caí rendida a sus pies, solo para descubrir que era un simple peón en su juego: él estaba secretamente enamorado de la prometida de Damián y me usaba para mantenerme alejada de ellos.
Antes de que pudiera procesar esta segunda traición, los señores Garza anunciaron que me casarían con un magnate tecnológico discapacitado de Seattle para asegurar otro acuerdo comercial.
El golpe final llegó en el yate familiar. Caí al océano con la prometida, y vi cómo ambos hermanos —el hombre que una vez amé y el hombre que fingió amarme— pasaron nadando a mi lado para salvarla a ella, dejándome ahogar.
A sus ojos, yo no era nada. Un reemplazo, un activo para sus negocios y, en última instancia, un sacrificio que estaban dispuestos a hacer sin pensarlo dos veces.
Pero no morí. Mientras el jet privado me llevaba a Seattle para casarme con un extraño, saqué mi teléfono y borré hasta el último rastro de la familia Garza de mi vida. Mi nueva vida, sin importar lo que me deparara, había comenzado.
Capítulo 1
Valeria Ríos estaba de pie junto a la ventana, su corazón latiendo con un ritmo constante y esperanzado contra sus costillas. El gran comedor de la familia Garza estaba preparado para dos esa noche. No para una cena familiar, sino para ella y Damián. Solo ellos.
Se alisó su sencillo vestido azul, un vestido que él una vez dijo que hacía juego con sus ojos. Durante años, su amor había sido un secreto, algo robado en una casa donde ella siempre fue solo "la obra de caridad", la huérfana que los Garza acogieron para su imagen pública.
Pero esta noche se sentía diferente. Damián había prometido una velada especial, una cita de verdad, una conversación sobre su futuro.
Unos pasos resonaron en el vestíbulo de mármol. Valeria se giró, con una sonrisa ya dibujada en sus labios.
La sonrisa se congeló.
Damián no estaba solo. Una mujer estaba a su lado, con la mano metida en el hueco de su brazo. Sofía Elizondo. La hija de un director general de tecnología, hermosa y serena, el tipo de mujer que pertenecía a este mundo. Valeria era solo una invitada.
—Valeria —dijo Damián. Su voz era fría, la misma que usaba en las salas de juntas—. Ella es Sofía. Mi prometida.
La palabra la golpeó como un puñetazo. Prometida.
Valeria miró el rostro indescifrable de Damián y luego la sonrisa educada y curiosa de Sofía. Sin embargo, había un destello de algo más en los ojos de Sofía: una breve y posesiva evaluación que desapareció tan rápido como apareció. Sintió que comenzaba la actuación, la que había perfeccionado durante una década viviendo bajo los términos de los Garza. Devolvió la sonrisa.
—Es un placer conocerte, Sofía. Felicidades.
Su voz no tembló. Estaba orgullosa de eso.
—Gracias, Valeria —dijo Sofía, su voz como la miel—. Damián me ha hablado mucho de ti. Eres como una hermana para él.
Como una hermana. Las palabras eran una crueldad casual.
Más tarde, después de que a Sofía le mostraran una habitación de invitados, Damián encontró a Valeria en el jardín. El aire era frío, pero ella no lo sentía.
—Tenía que hacerlo, Valeria —dijo él, sin mirarla a los ojos—. Es una fusión. Miles de millones de pesos. El futuro de nuestra familia.
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