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En el silencio de la noche, Leona Barnes se despertó con el sonido de la puerta al abrirse. Ante eso, sus ojos se iluminaron al instante.
Ese era el día de su cumpleaños.
El abuelo de Elmer Hayes había prometido que su nieto iba a regresar a tiempo.
Entonces, ella lo había estado esperando durante todo el día, ¡y por fin, él ya estaba allí!
Al verlo, Leona se puso de pie rápidamente, fingiendo que no estaba durmiendo en ese momento, y se acercó a Elmer con una enorme y brillante sonrisa en sus labios.
"Elmer, tú... Ehmm...".
Antes de que la chica pudiera terminar la oración, el hombre de repente presionó sus labios contra los de ella, silenciándola de inmediato.
Enseguida, ella sintió que la tiraban hacia los brazos del recién llegado y al instante se ahogó en el fuerte olor a alcohol.
Aturdida, Leona presionó sus manos contra el pecho del hombre y trató de apartarlo lejos de ella, luchando por liberarse de su fuerte abrazo.
Sin embargo, aquello tan solo ocasionó que él la besara con mucha más fiereza. Él la dejó prisionera en su lugar, envolviendo sus brazos alrededor de ella con fuerza como si de una pitón se tratara.
Con las mejillas totalmente en llamas, Leona no pudo hacer nada más que dejar que el hombre la siguiera besando.
Con mucha agilidad, la lengua de Elmer se deslizó dentro rápidamente y bailó con la de ella, haciendo que el olor a alcohol se extendiera por su boca.
Leona realmente no pudo soportarlo más, por lo tanto, todo su cuerpo se quedó inerte en los brazos del hombre.
En ese momento, Elmer hizo una pausa, le tomó las nalgas y la levantó, dejándola así envolver sus esbeltas piernas alrededor de su estrecha y musculosa cintura.
No fue sino hasta que probó el sabor metálico de la sangre que él soltó temporalmente a Leona, quien se quedó sin aliento por completo.
"Tú... ¿Tienes hambre ahora? Yo podría pedir...".
"Sí, tengo hambre".
Una voz profunda y ronca la interrumpió de repente.
Luego, la nuez de Adán de Elmer se balanceaba hacia arriba y hacia abajo, y antes de que Leona pudiera decir algo más, un par de manos firmes agarraron su esbelta cintura y la tiraron sobre la cama con fuerza. Al instante, él se subió sobre de ella y le susurró al oído: "Pero tengo hambre de ti".
Tan pronto como terminó de hablar, bajó la cabeza y empezó a besar apasionadamente su suave y delicado cuello. Así, sus labios siguieron moviéndose hacia abajo, hasta que su rostro se quedó enterrado en su escote.
Quizás era la culpa del alcohol, Elmer actuó con más rudeza que de costumbre, dejando un rastro de chupetones en la delicada piel de la joven.
Él le mordió suavemente el pezón rosado, mordisqueándolo un poco con los dientes, por lo que Leona no pudo evitar gemir, arqueando la espalda de placer.
A esas alturas, ella ya no tenía reservas. Entonces, abrazándolo por el cuello, ella se retorció con inquietud bajo su cuerpo, con los ojos llenos de pasión.
El pene de Elmer ya estaba totalmente erecto, así que, estimulado por el alcohol, no pudo contenerse más y le arrancó el camisón a Leona.
"Ay, por Dios... Elmer...".
Las largas pestañas de Leona estaban completamente empapadas de lágrimas. De repente, ella sintió que algo grueso se insertaba en su cuerpo con fuerza y no pudo evitar gemir en voz alta.
De esa manera, los dos se convirtieron en uno solo.
Después de llegar al clímax, Elmer se dio la vuelta de inmediato y se tumbó junto a ella, jadeando sin aliento.
En ese momento, el aire estaba cargado de intimidad.
Leona apoyó la cabeza en su pecho, con su rostro tan rojizo como un tomate, sin poder evitar sonreír contenta.
Para ambos, ese era un raro momento de felicidad, y Leona siempre lo apreciaba de verdad.
Estaba contando las pestañas de Elmer de manera ociosa cuando de repente sonó el celular, destruyendo la atmósfera romántica que se había creado.
Suspirando levemente, el hombre tomó el teléfono y contestó. Su voz era tan baja y gentil, como si estuviera aún inmerso en el momento romántico.
De la nada, su expresión cambió por completo, y sus ojos se llenaron de preocupación.
Al ver eso, el corazón de Leona comenzó a latir rápidamente.
Siempre existió una sola persona en el mundo entero que podría hacerle usar tal expresión.
"Descuida, estaré ahí en unos minutos", pronunció Elmer con sutileza y, obviamente, él estaba hablando con la mujer que amaba.
Desafortunadamente para Leona, esa persona nunca fue ella.
Al instante, la joven le tomó la mano en un esfuerzo por detenerlo. "Elmer...".
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