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El aire de agosto en la ciudad tenía una densidad particular; no era solo calor, era una presencia física que se pegaba a la piel como una película de aceite. Alba estaba sentada en el balcón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, observando el mundo desde su palco de hierro y geranios marchitos. Desde esa altura, la vida de los demás parecía una película muda, un ajetreo de colores y ruidos que no lograba traspasar el cristal invisible que la rodeaba desde hacía dos décadas.
Abajo, en la acera, la familia de los García -los vecinos del 4B- cargaba el maletero de su coche con una eficiencia casi coreográfica. Sombrillas, neveras portátiles, maletas de colores chillones y gritos de niños excitados por la promesa del salitre. Se iban. Como todos los años. Como todo el mundo.
Alba sintió una punzada eléctrica en la base del cráneo. Una pregunta, pequeña y afilada, empezó a perforar la costra de su resignación: ¿Por qué ellos sí y yo no?
Miró el reloj de pared que se alcanzaba a ver desde el salón. Las cinco de la tarde. En agosto, el tiempo parecía detenerse, pero para João, agosto era el mes del "movimiento". Siempre era igual. Mientras el resto del país se detenía para buscar la sombra y el descanso, João se ajustaba la corbata con un nudo más apretado y anunciaba, con esa voz profunda que no admitía réplicas, que los negocios en la capital requerían su presencia absoluta.
-"Es la temporada alta, Alba. Mientras otros duermen, yo facturo", le decía siempre, con ese rastro de acento portugués que antes le parecía romántico y ahora solo le resultaba extranjero, lejano.
Veinte años. Veinte agostos viendo maletas ajenas mientras ella se quedaba custodiando las paredes blancas de una casa que, de tanto estar limpia, parecía deshabitada.
Dentro de la casa, el silencio no era paz; era una ausencia de propósito. Alba giró la cabeza para mirar hacia el pasillo. Sus hijos, ya no tan niños pero tampoco del todo adultos, flotaban por las habitaciones como fantasmas en un limbo.
Su hija, Lucía, estaba tumbada en el sofá del salón, con los auriculares puestos, mirando al techo con una apatía que a Alba le dolía más que un insulto. Su hijo mayor, Tiago, se encerraba en su cuarto a jugar videojuegos, huyendo de una realidad que no le ofrecía nada más que la sombra de un padre autoritario y una madre silenciosa.
Ellos también habían aprendido el arte de la vida sin sentido. No preguntaban por vacaciones, no pedían ir a la playa, no cuestionaban por qué su padre desaparecía semanas enteras en el mes más caluroso del año. Eran extensiones de la propia Alba: engranajes quietos en una máquina que João manejaba a su antojo.
Alba se levantó. Sus rodillas crujieron levemente, un recordatorio de que el tiempo pasaba incluso si ella no hacía nada con él. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua tibia y se quedó mirando el calendario magnético de la nevera.
-Veinte años de agosto -susurró para sí misma. Las palabras sonaron extrañas en su propia boca, como una confesión.
El sonido de la llave en la cerradura llegó a las siete. No era un sonido violento, pero para Alba fue como el disparo de salida de una carrera que no quería correr. João entró con el saco colgado del brazo y el sudor marcando el cuello de su camisa azul claro. Olía a asfalto, a oficina y a ese perfume caro que siempre parecía demasiado fresco para alguien que decía haber pasado el día trabajando bajo el sol de la capital.
-Boa tarde -dijo João, dejando las llaves en el cuenco de plata de la entrada. El tintineo del metal contra el metal cerró la puerta a cualquier posibilidad de escape.
Alba no se movió de la encimera de la cocina. Lo observó mientras él se acercaba para darle un beso mecánico en la mejilla. Fue en ese momento, con el contacto de su piel fría contra el calor de él, cuando la pregunta que había nacido en el balcón finalmente cobró forma.
-João -dijo ella. Su voz era baja, pero tenía una firmeza nueva, un matiz que no estaba en el guion habitual.
Él se detuvo mientras se servía un vaso de vino. La miró por encima del hombro, con las cejas ligeramente arqueadas.
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