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Un trago amargo de verdad

Capítulo 3 

Palabras:596    |    Actualizado en: 07/07/2025

ba sentado en la pequeña sala de su casa, en el sillón viejo donde Juanito solía ver los partidos de fútbol. L

rido lejano de un perro, era un rec

si la traición de Sofía hubiera succionado

se abrió con un ch

casa como la suya. Su cabello estaba perfectamente p

isteza, una máscara mal ajus

ía ser suave y compungida. "Me acabo de en

oviéndose con una

e movió, sol

ni a hospital. Olía a perfume caro, el mismo que Ricardo le h

jer que supuestamente ac

, Armando. Si hu

e a él, tratando d

z, vio a través de la fachada, más allá de la esposa y

an rojos ni hinchados. Est

", dijo él, su voz era un susur

a mirada, fi

en shock. Mi tía se puso muy mal con la

tan burda, t

cuidando a nadie. Hab

izo algo que lo

, subiendo lentamente por sus mus

liento olía a menta y a vino. "Tenemos que ap

acia él, sus labios

rrar su traición, para sellar su silencio con el cuerpo. Que

dentro de Armando se

r su garganta, a

emp

n toda la fuerza que le qu

ó, su voz resonando en

ción. Su máscara de falsa tristeza se desvaneci

pasa, Armando!

alejándose de ell

as a tocarme

una rabia pura y helada. La repulsión q

Era una extraña, una enemiga que había dormid

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Un trago amargo de verdad
Un trago amargo de verdad
“El aroma a sal y pescado en el muelle siempre había sido el perfume del trabajo duro para Armando, hasta el día en que se mezcló con el luto que el aire traía consigo. "Su hijo... no sobrevivió", le dijo la monótona voz del policía, y cada palabra fue un golpe seco, pero la realidad, la muerte de su Juanito, su campeón, aún no se asentaba en su mente. Con el teléfono temblándole en la mano, llamó a Sofía, su esposa, buscando compartir este dolor que amenazaba con partirlo en dos. Pero en lugar de la voz preocupada de una esposa, un estruendo de mariachi y risas le respondió: "¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que mi primo necesita más promoción", dijo Sofía, irritada, y colgó. El pitido final fue más doloroso que cualquier golpe, pues mientras su único hijo yacía en la morgue, ella seguía en una fiesta, una fiesta para celebrar la carrera del primo Ricardo, financiada con las deudas por las que Juanito había muerto trabajando. ¿Cómo era posible tanta frialdad, tanta indiferencia? ¿Cómo la mujer que compartía su cama, la madre de su hijo, podía ser tan ajena a la tragedia, tan preocupada por un parásito que su propio hijo? Armando apretó el teléfono, sintiendo el crujir del plástico bajo sus dedos, y una certeza helada, más allá del dolor, se instaló en su pecho: el tiempo de la sumisión había terminado, y ahora, la verdad saldría a la luz.”
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