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Un trago amargo de verdad

Capítulo 4 

Palabras:562    |    Actualizado en: 07/07/2025

el polvo inexistente de su vestido negro.

e?", siseó, su voz llena de veneno. "Yo también

una risa sec

un accidente hasta que yo te lo dije. E

"Era una reunión de trabajo para Ric

aboreando el absurdo de las palabras. "El

irada, incapaz de

eso. No

a, Sofía. No tienes ni i

undo, un agotamiento que iba más allá de lo físico. Ya no t

o de suavizar el ambiente. Se acercó de nuevo, pero esta vez mantuvo

o él, su voz plana. "Puedes to

la de Sofí

rriendo de nu

mplemente no puedo... no

fue monumental. Para ella, el re

. Pero no vengas a buscarme d

a el dormitorio, cerrando la puerta con un porta

siguió fue cas

te, un aire que no sabí

e alivio. La ausencia de ella, la ausencia de su p

el sillón, cer

en una pequeña r

"Máximo Goleador" del torneo regional. Era de plástico dorado y estaba un

sus ojos brillando de orgullo. "¡Para ti, papá!

rta del dormitorio

on una expresi

dinero? La que guardaba para las emergencias. L

no res

rección de su mira

desdén. "¿Qué hace esa cosa barata

trofeo d

ra sabía

olo un pedazo de

n, ya destrozado, se partía

no había am

a lo había

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Un trago amargo de verdad
Un trago amargo de verdad
“El aroma a sal y pescado en el muelle siempre había sido el perfume del trabajo duro para Armando, hasta el día en que se mezcló con el luto que el aire traía consigo. "Su hijo... no sobrevivió", le dijo la monótona voz del policía, y cada palabra fue un golpe seco, pero la realidad, la muerte de su Juanito, su campeón, aún no se asentaba en su mente. Con el teléfono temblándole en la mano, llamó a Sofía, su esposa, buscando compartir este dolor que amenazaba con partirlo en dos. Pero en lugar de la voz preocupada de una esposa, un estruendo de mariachi y risas le respondió: "¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que mi primo necesita más promoción", dijo Sofía, irritada, y colgó. El pitido final fue más doloroso que cualquier golpe, pues mientras su único hijo yacía en la morgue, ella seguía en una fiesta, una fiesta para celebrar la carrera del primo Ricardo, financiada con las deudas por las que Juanito había muerto trabajando. ¿Cómo era posible tanta frialdad, tanta indiferencia? ¿Cómo la mujer que compartía su cama, la madre de su hijo, podía ser tan ajena a la tragedia, tan preocupada por un parásito que su propio hijo? Armando apretó el teléfono, sintiendo el crujir del plástico bajo sus dedos, y una certeza helada, más allá del dolor, se instaló en su pecho: el tiempo de la sumisión había terminado, y ahora, la verdad saldría a la luz.”
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