Pacto divino
u rostro hasta que se bajó del ascensor en el piso donde estaba su oficina. Hasta allí llegaba un p
preguntó con fastidio. El l
a recoger el abrigo de Sheily. Lo gu
tió en todos los departamentos, los
s viajes, los había repartido en todos los departamentos significaba que no habría rincón del edificio donde pudie
, mientras Liliana inh
s en un hombre son muy delicados.
el ademán
s le llevaron incienso a Jesús y como
de mi alma, no pretendo convertirme
decía lo que había visto en las
cienso para la prosperidad económica
ly sólo por curiosidad, en realidad no l
a juventud y vitalid
uo, pero Sheily conocía bien a los de su tipo, no daban
daria llamaban «Diosa Sheily». Ninguna arruga ni línea de expresión se había atrevido todavía a afear su terso y lozano rostro. Lo único que Sheily
por estas estupideces. Y apaga eso de una v
ba dando a causa del mal olor, cogió su portátil, una carpeta y corrió al ascensor, sin escándalo
l personal: promociones, invitaciones a citas, los resultados de su último chequeo, estaba completamente s
a una mesa, después de haber estado a pasos de asentarse en la cima, era desmoralizante. Tantas
✿
el vestidor con el resto de trajes exóticos. Nunca había usado ninguno de los allí disponibles, prefería entrar con su ropa del día, esa que la acompañaba en los buenos
hedor. No podía ser cierta tanta desventura, el destino se empeñaba en agobiarla, aguijoneándole los nervios, restregándole la ex
s de incoherencias y m4ldiciones, se arrodilló frente a la cr
vocó un escalofrío que le recorrió desde el fin de la espalda hasta la nuca. Nunca sabía quién
ones de cuero, que no le asentaban a cualquiera, pero que a él le hacían mucha, mucha justicia y encima nada, lo único que lle
orada debajo de su velo, que por fortuna le ocultab
to a aquel hombre, al menos no dentro de los envejecidos muros de Pacto di
amó él, con voz grave y autoritaria, casi como si Dios mismo hablara desd
bedecer. Tragó saliva, cerró la boca, volvió a respirar por la nariz y agachó la
secundaria, la «Dragona» de la far
aló de la cadena que colgaba de él. Lo siguió a gatas hasta el viejo catre que había a un costado. Los oxidados resort
spuesta a todo. Era un poder enloqu
e qué tienes para mí -ordenó é
da tela de su falda y fue deslizándola hacia arriba mientras con las puntas de los dedos se rozaba
una sombra; una idea intrusiva, que se le colaba como el humo del incienso por la nariz y la boca y le calaba hasta