Lo que su amor traicionero se llevó
vista d
una serpiente oscura que serpenteaba por los distritos de élite, pasando por mansiones extensas y setos bien cuidados. Mi conductor, un
Era la finca privada y fuertemente vigilada de los aliados más cercanos de su familia, un lugar reservado para su círculo íntimo. Un lugar q
faros. -Ya entró, señora -murmuró, sus ojos en las impone
tada casa de huéspedes escondida detrás de la residencia principal, un pequeño capricho que Ale
ije a Marcos, mi v
sintieron respetuosamente y abrieron la pequeña puerta peatonal. -Buenas noches, señorita Cruz. El Senador Ríos ya está
aroma del jazmín nocturno, empalagoso y dulce. Me moví en silencio, mis zapatos suaves apenas perturbando los caminos de gra
de la casa de huéspedes. Las luces estaban encendidas adentro, proyectando un brill
fí
e sus hombros. Se arrojó a los brazos de Alejandro, sus piernas envolviendo su cintura mientras él la
voz densa de adoración-. Pero... ¿por qué el nombre de Corina primero? ¡Deberías haber puesto el mío!
cias. Además -murmuró, sus labios presionando un beso en su sien-, eso fue solo el calentamiento. Sabes que tu c
a celebrar mi cumpleaños a lo grande. Me había regalado un collar simple y elegante, diciendo: "El verdadero amor no necesita grandes gestos,
Pero sabes lo que realmente quiero, ¿verdad? La quiero fuera, Alejan
mbre posesiva mientras la miraba. -Paciencia, pequeña. Todo a su
o que ella tenía*. Estaba hablando de mi vida. Mi posición.
No estaba manejando asuntos familiares. Estaba construyendo una nueva familia. Con mi hermana. Mientras yo estaba sentada sola
una pequeña caja delicadamente envuelta. -Te traje un regalo, cariño. Para celebrar nuestro futuro.
brazos. Ella soltó una risita, un sonido que me crispó los nervios en carne vi
, Alejandro. -Y luego, un sonido húmedo y sonoro, seguido de su gemido entrecortado. La puerta se cerró con un clic, sumiendo la casa de huéspedes en una oscuridad m
pulmones. Mis rodillas cedieron y me dejé caer al suelo detrás de los setos, las hojas ásperas clavándose en mi piel. Lágrimas, ca
Me había dicho que yo era su ancla, su roca, su todo. Todo mentiras. Engaño. Una gran a
cluso de comenzar, era una ilusión destrozada. El sueño de una familia,
más lágrimas. No por él. No por ellos. La voz de mi padre, tranquila y firme, resonó
ad un frío recordatorio de mi dolor. Tres días. Eso era todo l
sos firmes, mi rostro inexpresivo. -Llévame
estra habitación, a donde él eventualmente regresaría de los brazos de ella, hizo que se me revolviera el estómago. Encontré una hab
andro. Luego sus pasos, pesados e impacientes, resonando por la casa silenciosa. -¿Corina?
er a llamar, su voz elevándose con irri
-Señor, el coche de la señorita Cruz...
smos de la casa. -¡Encuéntrenla! ¡Ahora! ¡Registren cada centí
zón latía con fuerza, pero forcé mi respiración a permanecer tra
saliñado, su saco de traje torcido, su cabello revuelto. Me vio acostada en la cama, fi
tación en dos zancadas, atrayéndome en un abrazo aplastante. -¡Corina! ¡Oh, gracias a Dios! Pensé... pensé q
, mi mano ligera y despectiva. -Alejand
ersistente. -No estabas en nuestra habitación. Tu coche no estaba.
emociones del día, ya sabes. Tomé una pastilla para dormir
un susto de muerte. -Me besó la frente, luego me acercó de nuevo, sosteniéndome con fuerza
, mis conexiones, el apellido de mi familia, la fachada que presentaba al
-susurré, mi voz una
na cruel ironía. Permanecí despierta, mirando al techo, mi corazón una piedra. Creía que me tenía. Creía que estaba a salvo. No t