ngelado. Tras la partida de Damián y el doctor Harrison hacia la ciudad con las dos incubadoras que transportaban a Alistair y Bastian, la residencia m
ro quirúrgico. Había sido cubierto con una sábana médica estéril, etiquetado fríamente como "óbito fetal" y dejado a la espera de que el equipo del turno matu
he no estaba completamente bajo el
ido a la urgencia del parto prematuro. Durante la cirugía, había observado con una mezcla de impotencia y asco cómo Harrison y la anestesióloga reducían los esfuerzos de reanimación del tercer bebé a una burda coreografía ensayada en cuanto el monitor mostró una cameras jefe estaban abajo, ocupadas con el inventario y los rep
temblorosos. El pequeño bebé estaba pálido, casi azulado, y su piel se sentía alarmantemente fría. Sin embargo, cuando Mateo apoyó dos de sus dedos sobre el minú
rren aquí -susurró Mateo, la
a ocultado en el bolsillo de su bata antes de que Harrison cerrara el botiquín de narcóticos. Limpió las vías aéreas del recién nacido con una sonda manual y comenzó a
le corría por la frente, nublándole la vista. Cargó la microdosis de epinefrina y la aplicó con pulso firme a través del cordón umb
llorando al otro lado de la pared. No te qu
ocurrió
ionó de inmediato, cubriéndole la boca suavemente con una gasa estéril para amortiguar el sonido antes de que alguna enfermera en el pasillo pudiera escucharlo. El color rosado comenzó a retornar lentamente a la piel del ni
Harrison o Damián Vance se enteraban de que el niño había sobrevivido, se lo arrebatarían a Miranda de inmediato y lo encerrarían en la misma jaula de o
r, la encontró sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en el vacío y las mejillas surcadas
Mateo, cerrando la puerta
eza. Su voz sonó muerta, despojada
uitaron todo. No queda nada
mochila de lona con cuidado y extrajo el pequeño bulto envuelto en la manta tér
pulmones al ver el rostro del recién nacido. Su instinto maternal, ese que los sedantes y las
, el corazón saltándole en el pecho-.
el señor Vance dieron la orden de descartarlo en cuanto el pulso bajó. Lo dieron por muerto para no lidiar con un tercer hered
brotó de los ojos de la madre. Lo apretó con una delicadeza infinita, besando su frentecita pálida mientras el calor de su cuerpo estabilizaba la temperat
s, el nombre brotando de lo más profu
o tenemos tiempo. Si se quedan aquí hasta el amanecer, las enfermeras descubrirán que el cuerpo no está en la b
nación feroz y salvaje. La madre sumisa que había firmado el contrato de hierro había muerto en
ella, poniéndose de pie a pesar del do
la cirugía. Miranda acomodó a Caleb contra su pecho, ocultándolo debajo de la holgada chaqueta del uniforme. Mateo la guió a través de la sa
pio vehículo particular, un auto viejo y común que jamás llamaría la atención de los hombres d
dito que los Vance puedan rastrear -le advirtió Mateo, con los ojos empañado
e por nosotros -respondió Miranda, su voz son
tras aceleraba hacia la autopista en dirección al norte, dejando atrás la silueta imponente de la residen
con éxito. No sabían que Miranda se llevaba consigo el secreto más grande de la dinastía. El contrato de hierro se había roto en las sombras. Ella regresaría algún día por los
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