icon 0
icon Recargar
rightIcon
icon Historia
rightIcon
icon Salir
rightIcon
icon Instalar APP
rightIcon
closeIcon

Obtenga su bonus en la App

Abrir

Libros de Fantasía para Mujeres

Top En curso Completado
El Incendio Que Cambió Todo

El Incendio Que Cambió Todo

El fuego rugía y el humo llenaba mis pulmones, mientras yo, Sofía Rivas, quedaba atrapada en nuestro lujoso apartamento en llamas. Afuera, entre el caos y las sirenas, escuché la voz de mi esposo, el célebre chef Ricardo Méndez, una voz que me heló: "¡Sofía Rivas es mi esposa, tiene la voluntad de sacrificarse! ¡Salven a Elena Durán a toda costa!" . En ese instante, todo encajó: Ricardo también había reencarnado y, a diferencia de nuestra vida pasada donde él me salvó priorizando a nuestro bebé, esta vez me abandonaba, embarazada de dos meses. Viendo a Ricardo correr hacia el fuego por Elena, con los ojos inyectados en sangre, me di cuenta de que su arrepentimiento no era haber salvado a su esposa e hija, sino no haber rescatado a su doctora de cabecera. "Bebé, en esta vida, no necesitamos un papá" , susurré mientras las llamas me consumían y Ricardo, indiferente y vacío, huía con Elena en brazos, sellando mi destino. Logré escapar del infierno, solo para enfrentar su desprecio: Ricardo priorizó a Elena en la ambulancia, ignorando mis quemaduras y humillándome ante todos. Permanecí tres días en coma, sola, sin una visita suya, solo me esperaban facturas de hospital impagables. Ricardo apareció al quinto día, con Elena, quien lucía un costoso vestido y caminaba sin cojear, mientras él, protector, le reprochaba: "¡¿Qué, te duele que gaste dinero en suplementos para la Dra. Durán?!" . Luego, Elena soltó la bomba: "¡Pronto me mudaré al apartamento de al lado del suyo!" , una clara provocación que Ricardo aprobó con cariño. Él se negó a reconocer la verdad, insistiendo en su "pura camaradería" con Elena, me abandonó y juró que "trabajaría horas extras con frecuencia" con ella, dejando claro que yo no era más que una molestia. Mi corazón se llenó de una amargura helada al ver que despreciaba mi embarazo, no por el bebé, sino porque en su mente, lo usé para "chantajearlo" y salvar mi vida en la vida pasada. Con un plan en mente, y esperando el momento de mi examen de ingreso a la universidad, descubrí su última traición: mi cupo, por el que me esforcé, había sido entregado a Elena. "¡Ella merece ir a la universidad más que tú!" , me espetó con desdén, y me echó de la casa, dejándome de pie en la nieve. Ese día, Sofía Rivas no solo decidió divorciarse, sino que, con determinación de acero y un sello rojo oficial, se propuso recuperar su destino y, con él, la vida que siempre soñó.
Mi Compañía No Te Sirven Nada

Mi Compañía No Te Sirven Nada

"Estoy encerrado." Esa es la verdad hoy, pero hace no mucho, mi vida era la taquería en Tepito y el olor a felicidad. Durante veinte años, Sofía, mi Sofía, fue el cilantro y la cebolla de mi alma. Era la mujer que me ayudaba a picar, la que reía con mis chistes malos, mi ángel caído en el barrio más bravo. Pero su "muerte" fue el inicio de mi infierno. De repente, llegaron esos "Guardianes", fríos y arrogantes. Me dijeron que todo, ¡TODO!, nuestro amor, nuestros veinte años, habían sido una farsa, un cruel experimento. Yo era solo un mortal, un conejillo de indias en su mundo secreto. Y como "compensación", me dieron un "regalo": la maldita inmortalidad. Pero la verdadera traición llegó después. No solo me había mentido sobre quién era, ¡sino también sobre quién amaba! Su "verdadero" amor era un tal Armando Rojas, "El Diablo". Y luego, ese mismo "Diablo", con su berrinche de poder, arrasó con Tepito. ¡Mi gente! ¡Mis vecinos! ¡Desaparecieron en una explosión de arrogancia! ¿Y Sofía? A un lado de Armando, con ojos de amor y compasión. ¡Usó la esencia de mis amigos, de mi familia, de los inocentes, para curar a ese monstruo! "Eran solo mortales", dijo Armando. "Daño colateral", repitió Sofía, sin una pizca de remordimiento. ¡El amor de mi vida se había convertido en un monstruo! Me condenaron al "Abismo del Tormento", a revivir esa masacre, esa traición, una y otra vez. Pero no lograron quebrarme. ¡Mi odio se volvió mi ancla, mi fuerza! Ahora, no soy el Ricardo Morales de antes. Soy el fuego que arde con la furia de mi gente. Y en este infierno, he descubierto un poder que ni ellos imaginan. Prepárense, Guardianes, porque he vuelto. ¡Por Tepito, por mi gente, su arrogancia va a pagar caro!
La Curandera Sin Poder

La Curandera Sin Poder

El aire de Oaxaca siempre fue mi consuelo, lleno del aroma a copal y tierra húmeda, ese que me acompañaba como Ximena, la respetada curandera de nuestro pueblo. Mis manos conocían el lenguaje de las hierbas y mis cantos calmaban a los espíritus. Pero un día, durante un ritual vital, todo se desmoronó. Una energía oscura me arrebató mi poder, dejándome solo con la habilidad de tejer. Mi prometido, un ambicioso chamán de la capital, me abandonó sin miramientos: "No puedo casarme con una mujer sin poder." Su traición se hizo aún más dolorosa al enterarme de que se había comprometido con Sofía, mi hermana adoptiva, una bruja de alta sociedad que siempre envidió mi don. Como si no fuera suficiente, una ráfaga helada con olor a polvo del Mictlán me golpeó, y al pasar el espasmo, mis manos de tejedora también se negaron a obedecer. Me convertí en una simple vendedora de elotes. Las burlas en el mercado eran insoportables: "Miren a la gran curandera," decían, "ahora solo sirve para vender elotes quemados." Justo cuando pensaba que había tocado fondo, Emiliano, el cacique del pueblo vecino, se apareció y me ofreció matrimonio, salvándome de la humillación. Pasé de ser el hazmerreír a la esposa del cacique de un pueblo próspero, una extraña compensación del destino. Pero en el centésimo día de nuestro matrimonio, descubrí la verdad que destrozó incluso esa frágil paz. Escuché a Emiliano conversando con Tlaloc, el dios de la lluvia, revelando su cruel plan: me había usado como un escudo humano para Sofía, desviando hacia mí todas sus desgracias y sequías. Mi propio fracaso, mi humillación, mi nueva vida... todo había sido orquestado por el hombre que dormía a mi lado. Pero el golpe más devastador llegó cuando Sofía, bajo el mismo techo, con una sonrisa triunfante, reveló que tanto mi ritual arruinado como la muerte de mis padres fueron obra de ellos dos. Fue entonces cuando la rabia me consumió, y aunque me silenciaron, algo dentro de mí se encendió. No era una petición, era una orden silenciosa a mi viejo amigo el nahual: "Sácame de aquí. Ahora." Mi muerte falsa fue un engaño perfecto. Y a los ojos de Emiliano, me convertí en un fantasma, una verdad que lo destrozó por completo. Ahora, mientras él vaga en su miseria y Sofía sufre su propio exilio, yo, Ximena, he renacido. Mis poderes son más fuertes que nunca, y el tiempo de la venganza ha llegado.
La Santísima Virgen

La Santísima Virgen

El aire de la finca Castillo olía a olivos y a desesperación silenciosa. Sostenía a mi hijo, Mateo, inerte en mis brazos, mientras un charco de sangre se extendía bajo nosotros, una mancha imborrable que también cubría mi alma. Levanté la vista y ahí estaba ella, Scarlett, mi hijastra, sonriendo, sus ojos azules rebosantes de un veneno que congelaba la sangre mientras Máximo y su madre, La Matriarca, irrumpían en la escena. En lugar de ver a nuestro hijo muerto, sus ojos se posaron en mí, acusándome, mientras consolaban a la verdadera asesina, Scarlett, dejándome arrodillada en la sangre de mi sangre, humillada y sin voz. «¡Lina! ¿Qué le has hecho a Scarlett?», gritó Máximo, revisando a su hija en busca de heridas inexistentes, mientras La Matriarca me lanzaba una mirada de puro desprecio, acusándome de ser una salvaje y de haber provocado todo. El mundo se desvaneció en un túnel de desesperación, asfixiándome con la injusticia, la traición y el dolor insoportable de ser culpada por la muerte de mi propio hijo ante la indiferencia de mi propia familia. Fue entonces, en la más profunda oscuridad, cuando un calor extraño inundó mi vientre y una voz resonó en mi mente: «Divina Gestación activada. Reza a la Santísima Virgen, y tus hijos nacerán como tú los desees. Fuertes. Perfectos. Tuyos.» Ahora, Lina Salazar, la bailarina despreciada, usará este don para darles herederos que los destruirán a todos.
Mi Querido Esposo 18 Años

Mi Querido Esposo 18 Años

La pelea con Máximo me dejó destrozada, sus palabras rebotando en mi cabeza mientras conducía por las calles de la CDMX. Me gritó que su aventura con Sofía, de la que esperaba un hijo, era "solo un error". Busqué refugio en nuestro viejo departamento de La Roma, el que él llamó mi "refugio para el arte", ahogándome en el dolor de los recuerdos de un amor que ya no existía. Pero la puerta se abrió a un pasado imposible. Ahí estaba él, no el hombre cínico de 35 años que acababa de romperme en pedazos, sino el Máximo de 18, mi Máximo de Guanajuato, mirándome con sus ojos puros y la pregunta: "¿Luci, qué te pasó? ¿Por qué te ves tan… mayor?" El pánico me invadió; ¿cómo podía explicarle que su futuro era el hombre que me había traicionado? Intenté mentir, inventé un matrimonio con un petrolero rico, diciéndole que ya no lo amaba, que él solo era un recuerdo de Guanajuato. Pero la verdad, la cruda verdad, me esperaba en la oficina de mi abogada: Máximo no solo me había engañado, sino que planeaba que criara a su bebé con ella, usando mi supuesta infertilidad como excusa. La rabia me consumió, y justo cuando el joven Máximo prometía "matar" a quien me había hecho llorar, la puerta del elevador se abrió. Y los dos Máximos, el traidor del presente y el ángel del pasado, se encontraron, listos para un choque que revelaría no solo sus verdades, sino mi propia liberación.
Regreso en Nombre de Reina

Regreso en Nombre de Reina

Morir y luego renacer a los quince años suena a fantasía, pero para mí, Ximena, fue el inicio de una cruel pesadilla repetida. El día de mi veinte cumpleaños pasado, mi prometido, Alejandro, me había organizado una gran fiesta. Pero la noticia de la muerte de Sofía, la mujer que él siempre amó en secreto, lo cambió todo. Sin decirme una palabra, se lanzó al lago, sus últimas palabras un susurro dedicado a ella. En ese instante, entendí que todo había sido una farsa, que su corazón jamás me perteneció. Cuando reabrí mis ojos a los quince años, el día en que Alejandro debía pedir mi mano, tomé una decisión: no intervendría. Solo observé cómo su familia iba directamente a casa de Sofía. Los vi celebrar una boda magnífica, y después, empacé mis cosas y me fui, lejos de todo lo que conocía. Diez años después, el destino, con su ironía, nos reunió en Costa Rica, en un banquete diplomático. Allí estaba Alejandro, exitoso, arrogante, y con Sofía del brazo. Nos encontramos, y sus palabras, llenas de burla, y las de Sofía, me hirieron, sugiriendo que yo era solo una mesera o una obsesionada. "¿Diez años y aún no me superas? ¿Me seguiste hasta aquí?" , me espetó. La humillación pública, orquestada por Sofía, se hizo insoportable. Pero mientras ellos disfrutaban de mi supuesto sufrimiento, mis ojos solo buscaban a la pequeña figura que se escondía del mundo. Cuando mi hijo Daniel apareció, su presencia cambió su sonrisa arrogante en un rostro pálido y aturdido. "¿Cómo... ¿cómo pudiste casarte? ¡Dijiste que me esperarías toda la vida!" , me gritó Alejandro, sus ojos llenos de una incredulidad dolorosa. En ese momento, solo me preguntaba: ¿Cómo podía él, el hombre que me había abandonado por completo, atreverse a cuestionar mis elecciones?