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Libros de Moderno para Mujeres

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La traición de Ricardo: Mi pesadilla

La traición de Ricardo: Mi pesadilla

Para pagar la hipoteca de un millón de dólares y que mi hija, Ana, pudiera estudiar en la mejor escuela de la Ciudad de México, me partía el lomo en viajes de negocios sin fin. Justo cuando pensaba volver a casa, una llamada de un número desconocido me heló la sangre: "Le llamo de la escuela primaria Benito Juárez, en el pueblo de San Agustín, Oaxaca. Solo para recordarle que la cuota de los libros de su hija aún no ha sido pagada." Oaxaca. Escuela pública. Mi Ana en una escuela rural. Mi esposo, Ricardo, restó importancia al "error", pero la inquietud se clavó en mi mente. Al día siguiente, en lugar de ir a casa, fui directamente al Colegio Westminster. Allí, una mujer, supuestamente la "verdadera" madre de Ana, me acusó de secuestro. La histeria estalló. Fui humillada, llamada "loca" y expulsada del colegio. Cuando Ricardo apareció, hizo lo impensable: me negó, me humilló frente a todos, dijo que era una acosadora desequilibrada, todo para proteger su mentira. Mi Ana no estaba en la escuela de élite. Mi Ricardo tenía otra "Ana" y otra mujer. La casa que pagué con mi sudor, mi símbolo de éxito, era ahora una tumba de lujo, y pronto descubrí que Ricardo falsificó mi firma y me la robó. La prensa me tachó de "Lady Abandona Hijos", "Sofía La Loca". Mi propio abogado me traicionó. "¿Por qué?", me gritaba a mí misma. "¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué demonios le dijiste a todos para que creyeran que estoy loca?" Sola, contra el mundo, solo quedaba una opción: ir a buscar a mi hija Ana a Oaxaca y destapar la retorcida verdad de la doble vida de Ricardo.
Heredera renacida: El pacto de venganza del lobo

Heredera renacida: El pacto de venganza del lobo

Mientras mi cuerpo yacía paralizado en la cama del sanatorio, mi padre ni siquiera tuvo el valor de mirarme a los ojos. Sin dudarlo, firmó la orden de "No Resucitar" con una frialdad que helaba la sangre. Fue entonces cuando mi madrastra se inclinó sobre mí, con una sonrisa cruel, para susurrarme la verdad que me llevaría a la tumba. "No fue el accidente de coche, querida. Fue el té. Un veneno lento, igual que con tu madre". En mis últimos segundos de vida, descubrí que mi prometido, por quien yo daba la vida, tenía un hijo secreto de dos años con mi propia hermana. Mi herencia había pagado su nido de amor en las Islas Caimán mientras ellos planeaban mi muerte. Mi padre arrancó el cable del monitor cardíaco y la oscuridad me tragó entre la rabia y la asfixia. Pero el infierno no me recibió. De golpe, aspiré una bocanada de aire y abrí los ojos. Estaba en una suite de lujo. El calendario marcaba el 12 de septiembre. Hace cinco años. El día de mi boda. A mi lado, desnudo y con la mirada de un depredador, despertó El Cetro. El enemigo mortal de mi familia. El hombre que destruiría la empresa de mi padre en el futuro. En mi vida anterior, huí de esta habitación avergonzada y caí en la ruina. Esta vez, me cubrí con la sábana de seda y lo miré fijamente. "No me voy a ir", le dije con voz firme. Él me miró con desprecio, esperando que saliera corriendo. "Cásate conmigo", solté, ofreciéndole mi venganza en bandeja de plata. "Ahora mismo. Hoy. Vamos a prenderle fuego a todo".
Venganza de La Villana Incomprendida

Venganza de La Villana Incomprendida

Todos en esta ciudad creen que soy la villana, la mujer que, por celos, arruinó a su prometido, Ricardo, a quien ven como un caballero perfecto. Pero la verdad es que vivo una pesadilla, donde Ricardo ha vaciado nuestras cuentas y ha filtrado videos editados para tacharme de histérica y desequilibrada, todo mientras su prestigioso primo, Mateo, solo aviva el fuego de las calumnias. Luego, un grito ahogado. El helicóptero de mi hermano, el Comandante Alejandro, "se estrelló" en una misión de alto riesgo. Corro hacia Ricardo, buscando consuelo, pero su frialdad me golpea: "Organizar un rescate costaría una fortuna. Dinero que, gracias a tus caprichos, ya no tenemos." Me sentí completamente sola, con el mundo desmoronándose bajo mis pies, hasta que Mateo llegó, ofreciendo cubrir el rescate con una amabilidad que me dio una brizna de esperanza en mi oscuridad. Días después, Mateo anunció el "contacto" con mi hermano, declarando públicamente su apoyo incondicional hacia mí, jurando protegerme y ayudarme a recuperar lo perdido. Esa misma noche, oculta, escuché a Ricardo y Mateo reírse: "La idiota de Sofía confía ciegamente en mí. Lo del rescate fue una farsa. El Comandante Alejandro nunca estuvo en peligro." Descubrí que todo había sido un plan monstruoso para robarme y dejarme en la miseria. Mi corazón se detuvo. Yo no era amada; era un peón en su cruel juego. Mientras barría los pedazos de la copa que se me había resbalado mientras los escuchaba, la furia se apoderó de mí, y una voz interior me dijo: "No me van a destruir. De alguna manera, los voy a hacer pagar."
La Furia de una Mujer Engañada

La Furia de una Mujer Engañada

Cuando desperté, el olor a desinfectante me golpeó, y las paredes blancas del hospital reflejaban el vacío de mi vientre. Una vez más, el doctor pronunció esas palabras devastadoras. "Señora Rojas, lo lamento mucho. Hicimos todo lo que pudimos, pero no logramos salvar al bebé" . Era mi séptimo aborto espontáneo, siete pequeñas vidas que se habían ido, y mi corazón ya no podía sentir más dolor. Ricardo, mi esposo, llegó corriendo, su rostro una máscara de angustia, y yo me apoyé en él, buscando consuelo. "Shhh, no digas nada. No es tu culpa, mi amor. Descansa, yo me encargo de todo" , susurró con voz tranquilizadora. Pero entonces, a través de la puerta entreabierta, escuché su voz, no la de mi amoroso esposo, sino una llena de alegría y emoción contenida. "Valeria, mi amor, todo salió perfecto. Se lo creyó todo" . Mi respiración se detuvo, un escalofrío helado me recorrió, Valeria Solís, su asistente. "Sí, el séptimo. Justo como lo planeamos. El doctor Ramírez es un genio, el 'accidente' fue impecable" . Planearon… ¿un accidente? Luego lo escuché, con una frialdad repugnante, llamar a nuestros hijos no nacidos… "engendros" . "Ya hablé con Ramírez. Le dije que necesitamos una solución permanente. Una histerectomía. Dijo que puede hacer que parezca una complicación necesaria por el último aborto" . Ricardo, el hombre al que amaba, el que había compartido mi vida durante diez años, había asesinado a mis siete hijos. Él y su amante, Valeria Solís, me lo habían quitado todo. Pero las lágrimas que ahora brotaban no eran de tristeza, eran de rabia y de una promesa silenciosa: iban a pagar.
Un Amor Reemplazado

Un Amor Reemplazado

Llevaba cinco años casada con Ricardo, un exitoso empresario textil. Mi vida parecía un cuento de hadas: lujos, viajes, y un esposo guapo que me idolatraba. Creía que él era mi alma gemela, que nuestro amor era perfecto. Pero esa noche, en la subasta de moda más prestigiosa de la Ciudad de México, mi cuento se convirtió en la peor pesadilla. El presentador anunció el regreso de mi hermana, Elena, una diseñadora de joyas de renombre mundial. Miré a Ricardo, buscando su complicidad, y lo que vi en su rostro me heló la sangre: no era sorpresa, era una obsesión cruda. Sus ojos, fijos en Elena en el escenario, jamás me habían mirado así. Luego, un documental mostró fotos de una Elena adolescente y, a su lado, un joven Ricardo, mirándola con la misma avidez perturbadora. Una voz en off leyó su letra: "Elena, eres la única estrella en mi cielo. Algún día, serás mía. Te lo juro". La última foto, la mía el día de nuestra boda, superpuesta con una de Elena de mi misma edad, con un vestido inquietantemente similar. Fui un reemplazo. Una copia. Un sustituto. Cinco años de matrimonio, de amor, de una mentira perfectamente construida. Ricardo no me amaba a mí, amaba a la mujer que yo le recordaba. Mi mundo se desmoronó, ¿cómo pude ser tan ciega? ¿Fui solo la sombra que le permitía vivir su fantasía con mi propia hermana? El dolor era insoportable, pero necesitaba un golpe final. Tenía que ver lo que su obsesión ocultaba. Mi venganza estaba por comenzar.
Si Tuviera Segunda Oportunidad

Si Tuviera Segunda Oportunidad

Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla. Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida. Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia". "Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú… solo fuiste una socia operativa". ¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios. El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin". El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento. Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años! De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición. Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno. "Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos". En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. "No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo". Ricardo parpadeó, confundido. "Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti". Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos". Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.