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Libros de Romance para Mujeres

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Guerra de Suegras: El Duelo

Guerra de Suegras: El Duelo

Sofía Rodríguez, experta en librarse de suegras tóxicas, preparaba a su hija Valeria para un compromiso con Ricardo De la Vega. Pero al cruzar el umbral de la opulenta casa, Sofía supo que no sería una visita común. Doña Elena, la madre de Ricardo, era una leyenda por derecho propio, una mujer que había destruido tres matrimonios de su propio hijo, y Valeria, para su sorpresa, se encontró en su punto de mira. Durante la cena, Elena, con una sonrisa insincera, le sirvió a Valeria un flan de cajeta con una salsa de chile de árbol, sabiendo que mi hija era gravemente alérgica al picante. Valeria, buscando agradar, dio una cucharada. El ardor la asfixió, su piel enrojeció, sus ojos se llenaron de lágrimas. Doña Elena, con falsa inocencia, preguntó: "¿No te gustó, mija?". Sentí una punzada de alarma, de furia, y una fría determinación. Esta no era una bienvenida, era una declaración de guerra. Respiré hondo, sonreí radiantemente y declaré: "¡Ay, Doña Elena! ¡Qué maravilla de chile! ¡Ricardo, sírvele a tu padre, que se ve que lleva años esperando un manjar así!". Luego, tomé el recipiente de la salsa y, con una teatralidad impecable, rocié el postre de Don Fernando con una cantidad obscena de chile. "¡Tía Remedios! ¡Tía Consuelo! ¡Primas! ¡Una receta familiar tan importante debe ser compartida!". Con cada palabra, forcé a las mujeres a tragar su propia malicia, hasta que solo quedó Doña Elena. Vacié el resto del recipiente sobre su porción, asegurándome de que su humillación fuera completa y pública. La primera batalla había terminado. "Pobre mujer," pensé, "cree que está cazando un conejo, pero acaba de meterse en la jaula de un tigre". No sabía que había activado un micrófono, ni que cada una de sus palabras se transmitía en vivo.
Tras la traición, reclamó su imperio

Tras la traición, reclamó su imperio

Bajo la lluvia helada de Manhattan, apreté la caja de pastel Red Velvet contra mi pecho como un escudo. Era nuestro tercer aniversario y yo, Lucía de la Mora, con mi cuerpo hinchado por un trastorno metabólico y la piel marcada, solo quería sorprender a mi esposo Julián en su exclusivo club privado. Pero al llegar a la puerta de la suite VIP, mi mano se congeló antes de tocar. Desde adentro, las risas crueles de sus amigos retumbaron, seguidas por la voz fría y distante de Julián: "No me digas que vas a ir a casa con esa criatura esta noche. Apenas es medianoche". Mi corazón se detuvo. Él continuó, asegurando que yo no era más que una firma necesaria para cobrar su fideicomiso, una vergüenza gorda y enferma, mientras brindaban por su amante, Elena. Sentí como si me amputaran el alma sin anestesia. Dejé el pastel en el suelo del pasillo, regresé al penthouse vacío y destrocé el espejo donde veía mi reflejo "feo". Me arranqué el anillo de bodas hasta sangrar, firmé los papeles del divorcio renunciando a cada centavo y desaparecí en un jet privado hacia Suiza esa misma noche. Julián pensó que volvería rogando. Me buscó, pero yo ya era un fantasma. Pasé tres años reconstruyéndome, sanando mi piel y mi cuerpo, transformando el dolor en acero. Tres años después, en la Gala del Met, bajé de un Rolls Royce convertida en una visión irreconocible de seda esmeralda. Julián, hipnotizado por mi nueva apariencia, no supo quién era, pero sintió unos celos enfermizos y posesivos cuando otros hombres intentaron tocarme. Me siguió hasta un callejón oscuro, acorralándome contra la pared, exigiendo saber mi identidad y reclamándome como si fuera suya. Fue entonces cuando lo miré a los ojos y le solté la verdad: "Perdiste el derecho a estar celoso hace tres años, Julián, cuando le dijiste a tus amigos que yo era una criatura". Él palideció, retrocediendo como si lo hubiera golpeado. "Esa mujer murió esa noche. Tú la mataste".
Él me ahogó, yo quemé su mundo.

Él me ahogó, yo quemé su mundo.

Mi prometido, Alejandro, construyó un mundo virtual entero para mí después de que un accidente de alpinismo me dejara en silla de ruedas. Lo llamó Aethelgard, mi santuario. En su juego, yo no estaba rota; era Valkyrie, la campeona invicta. Él era mi salvador, el hombre que pacientemente me cuidó y me rescató del abismo. Entonces, vi una transmisión en vivo de él en el escenario de una conferencia de tecnología en Cintermex. Con su brazo alrededor de mi fisioterapeuta, Dalia, le anunció al mundo que ella era la mujer con la que pretendía pasar el resto de su vida. La verdad era una pesadilla en vida. No solo me estaba engañando; estaba cambiando en secreto mis analgésicos por una dosis más débil con sedantes, ralentizando intencionalmente mi recuperación para mantenerme débil y dependiente. Le dio a Dalia mi pulsera, una pieza única, mi título virtual e incluso los planes de boda que yo había hecho para nosotros. Filtró una foto humillante de mí en mi peor momento, poniendo a toda la comunidad de jugadores en mi contra y tachándome de acosadora. El golpe final llegó cuando intenté enfrentarlo en su fiesta de victoria. Sus guardias de seguridad me golpearon y, por una orden casual suya, arrojaron mi cuerpo inconsciente a una fuente inmunda para que "se me bajara la borrachera". El hombre que juró construir un mundo donde yo nunca sufriría había intentado ahogarme en él. Pero sobreviví. Lo dejé a él y a esa ciudad atrás, y a medida que mis piernas se fortalecían, también lo hacía mi determinación. Me robó mi nombre, mi legado y mi mundo. Ahora, estoy volviendo a iniciar sesión, no como Valkyrie, sino como yo misma. Y voy a quemar su imperio hasta los cimientos.
Cenizas de un Amor Muerto

Cenizas de un Amor Muerto

El polvo y el grito se mezclaron en un solo sonido que me rompió los tímpanos. El techo de nuestra casa, refugio de treinta años de un matrimonio miserable, se vino abajo. Extendí mis brazos, no por instinto, sino por una estúpida costumbre arraigada, para cubrir a Alejandro y a Mía. El peso del concreto me aplastó, cada hueso de mi cuerpo protestó antes de romperse. Pero lo último que vi no fue gratitud en sus ojos. Mía me miró con un odio que me heló el alma, incluso mientras la vida se me escapaba. "¡Te lo mereces! ¡Te lo mereces por separar a papá de la tía Elena!" Esa fue su última bendición para mí. Alejandro, mi esposo por tres décadas, ni siquiera me miró. Se arrastró de debajo de mis brazos rotos y corrió hacia su verdadera amada, Elena. "¡Elena! ¡Gracias a Dios que estás a salvo!" Él la abrazó con una desesperación que nunca me había mostrado a mí. Morí allí, bajo los escombros de mi hogar y de mi vida, escuchando sus sollozos de alivio por otra mujer. El dolor fue tan agudo, tan absoluto, que me arrancó el aliento. Y de repente, lo recuperé. Abrí los ojos de golpe, el corazón martilleando en mi pecho, y el sol brillante de la mañana me cegó. Estaba de pie, entera, en el patio de la hacienda de mis padres. Mis manos no eran las de una mujer de cincuenta años, maltratadas por el trabajo y el tiempo. Eran las manos fuertes y callosas de mis veinte, las manos de Sofía, la mejor charra de la región. Un calendario me gritó la fecha: Era el día en que todo había comenzado. El día en que Alejandro fue secuestrado por unos bandidos. En mi vida anterior, lo rescaté y me convertí en la heroína, firmando así mi sentencia a un infierno de indiferencia. Esta vez, mi teléfono sonó, el recuerdo de Mía y Alejandro tan vívido como el sol. Esta vez no. Esta vez no lo salvaría. Dejé que el teléfono sonara hasta que el buzón de voz se activó. El silencio fue la música más dulce que había escuchado en treinta años. La vida me había dado una segunda oportunidad, y no la iba a desperdiciar en el mismo hombre. Alejandro y Elena podían tenerse el uno al otro. Yo, Sofía, por fin iba a vivir para mí.