Dong Lier
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Libros y Cuentos de Dong Lier
Mi Dulce Venganza de Amor
Urban romance En el vibrante mundo virtual de "Sueño de Mariachi", donde millones se sumergían, yo, Sofía Rojas, encontré mi refugio detrás de un avatar esquelético y poco agraciado, "La Calavera Alegre", buscando ser valorada por mis habilidades y no por la apariencia que tanto me agobiaba en la vida real.
Mi ansiada paz se hizo añicos cuando el regreso de Isabella, el primer amor de Héctor Morales (El Charro de Oro, el jugador más famoso y mi pareja en el juego), expuso la cruda verdad: mientras yo le entregaba mi talento y mi corazón, él construía un juego entero para ella.
La humillación pública fue instantánea e ineludible; fui despojada de mi puesto de liderazgo en el gremio que ayudé a construir, acusada de ladrona por tomar mis propios bienes y expulsada frente a millones de jugadores, con Héctor y el mundo celebrando el "triunfo" de Isabella.
Sentí una profunda incomprensión y un dolor desgarrador: ¿cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo pude entregarme a alguien que me llamó "conveniente", una "herramienta" que solo servía para mantener una imagen mientras esperaba a su "verdadero amor"?
Pero las lágrimas se secaron y dieron paso a la rabia; la verdadera humillación no fue la suya, sino mi propia ceguera. Ese día, me prometí que el juego apenas comenzaba, y que mi venganza sería un platillo que se serviría frío, en la arena más grande de todas. Siete Años, Un Corazón Roto
Romance Siete años de risas, cenas y planes susurrados en la oscuridad, en los que mi mayor sueño era organizar mi propia boda.
Pero cada vez que mencionaba el matrimonio, Rico, el hombre con el que había construido mi vida, tenía una excusa.
Hasta ese día, cuando lo vi en la prueba de una boda que yo misma supervisaba, del brazo de otra mujer: Sofía Reyes, su exnovia universitaria.
El aire se me escapó de los pulmones. Rico se acercó, pálido, intentando convencerme de que solo estaba "ayudando a una amiga", pero la mentira era obvia.
La humillación se volvió insoportable cuando me pidió que le "prestara" a Sofía mi diseño de boda soñada, el que guardaba con cariño desde hace cinco años.
"Es solo un diseño, tú puedes crear mil más", me dijo, sin saber que cada trazo de ese cuaderno era un pedazo de mi alma, un sueño que yo, la planificadora de bodas más solicitada de la Ciudad de México, luchaba por mantener vivo.
Lo peor llegó cuando reveló la verdadera razón detrás de su petición: "Para ti es fácil, puedes crear mil más. Para ella, esto lo es todo. No seas egoísta".
¿Egoísta yo? ¿Por aferrarme a un sueño mientras mi propia vida se desvanecía?
Poco después, recibí una noticia devastadora: "Cáncer de pulmón en etapa cuatro".
Con el corazón roto y el cuerpo débil, decidí que no tenía fuerzas para seguir luchando por un amor que me había abandonado.
Le dije a Rico lo del cáncer. Su reacción fue una mezcla de incredulidad superficial y la promesa vacía de siempre, mientras seguía priorizando a Sofía.
En ese momento, comprendí que nuestra relación no solo estaba estancada, estaba muerta.
La noche de la boda de Sofía, un antiguo amigo de Rico me reveló la verdad: ese "sueño robado" siempre había sido para Sofía, y él, Rico, la había esperado durante siete largos años.
Mi mundo se hizo añicos por completo.
Me fui, pero Rico me esperó en el apartamento, furioso. Entonces hizo lo impensable: se arrodilló, con un ostentoso anillo de diamantes, pidiéndome matrimonio.
"No, Rico", respondí.
Le revelé que había escuchado su conversación con Sofía, y cómo su "amor perdido" había siempre sido su prioridad.
Cuando me encontró vomitando sangre, leyó el informe médico: "Cáncer de pulmón en etapa terminal. Pronóstico: de tres a seis meses".
Su arrepentimiento y sus súplicas llegaron demasiado tarde.
"Mi corazón ya no siente nada por ti, Rico. Se murió. Tú lo mataste mucho antes de que este cáncer tuviera la oportunidad".
Mi vida se desvanecerá en sus brazos, pero al menos mi último aliento será de paz, no de dolor. Mi Infierno Llamado Mi Esposa
Urban romance El olor a humo seguía quemándome la garganta, los gritos de mi familia resonaban como un eco infernal.
Fue en ese momento cuando mi esposa, Elena, sonrió triunfante desde la pantalla de plasma gigante, radiante junto a Ricardo, su amor de la infancia y ahora chef emergente.
"Vamos a ser padres", anunciaron, y la ovación del público resonó mientras mi mundo, mi existencia, se desmoronaba por segunda vez ante mis propios ojos.
La humillación pública, la traición de siete años de relación: ¿cómo era posible revivir esta pesadilla una vez más?
Pero esta vez, no habría fuego. No me consumiría la furia. Me levanté lentamente y, en medio del aplauso de la audiencia, yo también empecé a aplaudir. Mi Esposa Cruél y Su Amante
Moderno La noche en que mi esposa dio a luz, el aire del hospital olía a una mezcla extraña de antiséptico y la felicidad que creía mía.
Pero la voz de mi esposa, Clara, clara y nítida, rompió la ilusión: "Alfonso, di a luz a gemelos de padres diferentes. El que tiene una marca de nacimiento en el hombro es tu hijo, el otro es de mi esposo."
El mundo se detuvo. Mi madre, a mi lado, se desplomó, víctima de un infarto masivo, todo por la traición que acababa de escuchar. En un instante, mi alegría de ser padre se pulverizó en la ceniza amarga de ser un hijo huérfano.
Mi teléfono vibró con un mensaje de Clara: "Solo me llevaré a un niño, el hijo de Alfonso. El otro te lo dejaré a ti. Considéralo una compensación." ¿Compensación por destruir mi vida? Mi madre muerta, mi esposa y un bebé desaparecidos con su amante, y yo, abandonado con el niño que era la prueba viviente de mi traición.
Semanas después, mi tragedia personal se convirtió en el chisme de la oficina. Luego, el golpe final: Clara nombró a Alfonso como líder de mi proyecto, humillándome públicamente. La injusticia me asfixió, pero por mi hijo, me aferré.
Luché hasta el colapso, terminando de nuevo en el hospital. Al regresar, mi trabajo, meses de esfuerzo, había desaparecido de mi computadora. Corrí a la sala de juntas y vi a Alfonso presentando mis diapositivas como suyas.
Clara, en pantalla, lo defendió, tildándome de mentiroso. Algo dentro de mí se rompió. "¡Mientes!", le grité, abalanzándome sobre Alfonso. Mi puño conectó con su mandíbula. El caos estalló.
Los guardias me arrastraron. "¡Está despedido!", gritó Clara. Pero me quité el gafete, lo lancé al escritorio y dije, con una calma que no sentí: "No puedes despedirme. Renuncio." Luego, mirando a Alfonso: "Y quiero el divorcio. Inmediatamente." En ese momento, en medio del desastre, sentí una extraña liberación. La pesada carga se aligeró. Me había perdido a mí mismo, pero acababa de recuperarme. El Precio de un Corazón
Suspense El funeral de mi padre, un respetado guitarrista de flamenco, era un día de dolor y silencio en Sevilla.
Mientras ajustaba su camisa blanca en el ataúd, una fina cicatriz roja en su pecho me heló la sangre: era quirúrgica y fresca.
Mi padre murió en un accidente, sin tiempo para cirugías.
La verdad llegó con un mensaje de texto brutal: "El corazón de tu padre fue donado. Consentimiento firmado por Mateo Vargas, familiar más cercano".
Mateo, mi prometido de seis años, el hombre por quien lo dejé todo, había entregado el corazón de mi padre a Carmen, mi mejor amiga.
«Carmen lo necesitaba», dijo él con descaro, «su corazón estaba fallando y lleva a mi hijo en su vientre. Necesitaba ese corazón para sobrevivir».
Mi mundo se hizo pedazos: mi padre, mi prometido, mi amiga... todo era una mentira, y él pretendía que aceptara a su bastardo.
Cuando cancelé la boda, su respuesta fue arrastrarme y arrojarme a la oscura y asfixiante bodega, la peor de mis pesadillas.
Emergí, empapada y cojeando, solo para escucharlos burlarse de mí y su promesa de que "dependerá de mí y aprenderá".
La humillación hirvió en mis venas, pero la impotencia de la justicia "normal" me asfixiaba.
Un solo número brilló entonces en mi mente, uno que juré jamás volver a marcar.
Javier, el Patriarca, el hombre al que había abandonado por Mateo, era mi única esperanza, aunque el precio fuera un juramento de boda que cambiaría mi destino para siempre.
«Me casaré contigo», le respondí, mi voz firme, mientras la oscuridad de la habitación de mi padre sellaba el pacto. No Soy Tu Telenovela
Xuanhuan Mi vida en Las Lomas de Chapultepec era la envidia de muchos, un santuario de lujo y paz.
Hasta que Máximo, el hijo de nuestro chófer, irrumpió en mi vestíbulo, no solo con una arrogancia desmedida, sino acompañado de una chica desconocida, Luciana.
Pero lo más impactante no fue su audacia: fueron las líneas de texto dorado que de pronto flotaron ante mis ojos, revelando un oscuro secreto.
Era una "villana" destinada a un final miserable; ellos, los "héroes" renacidos, que usarían a mi familia y su fortuna para escalar, mientras los Castillo se hundían en la bancarrota.
Observé cómo el hijo del chófer exigía mi suite para esa mujer y un papel estelar a mi padre, como si todo le perteneciera, "perdonándome la vida" si cooperaba.
¿Cómo iba a ser yo la villana si mi propia vida y legado estaban siendo robados por dos parasitos que se creían por encima de todo?
La confusión se transformó en una furia helada. Este guion manipulado no era el mío.
Y con una bofetada resonante, decidí que esta vez, la historia iba a tener una escritora y un final muy diferente. Las 99 Marcas de mi Libertad
Romance Javier era la estrella del tablao de Isabela, su baile flamenco, puro alma y fuego.
Durante cinco años, su dedicación había forjado su lugar, un lugar ganado y mantenido por una "deuda" impuesta que lo ataba a Isabela, y que él diligentemente pagaba.
Pero entonces, Mateo, el antiguo amor de Isabela, regresó de la nada, y con él, la verdad de su existencia en ese lugar se torció brutalmente.
Isabela, cegada por la nostalgia, lo elevó instantáneamente, relegándolo a la sombra, a un mero acompañamiento.
Su dignidad se desmoronaba con cada paso que daba en el fondo del escenario, mientras Mateo robaba el aplauso que una vez fue suyo.
No contento con eso, destruyó lo único que le quedaba de su abuelo, su medalla de plata, como si pulverizara su último vínculo con el pasado.
La noche del estreno, en un oscuro callejón, dos sombras lo inmovilizaron y un crujido espantoso anunció el fin de su carrera: su tobillo, destrozado, yacía en un ángulo antinatural.
Y justo cuando el dolor lo ahogaba, Isabela apareció, solo para elegir la pantomima de ataque de pánico de Mateo sobre la agonía real de él.
¿Por qué él, que le había dado todo, que había soportado 99 heridas en nombre de una gratitud mal entendida, era tan fácilmente desechable?
¿Cómo pudo ser ella tan ciega, tan cruel, tan ajena a la verdad de su propia historia?
Mientras la soledad lo envolvía en aquel callejón, dibujó la última marca en su cuaderno: la número 99.
La deuda estaba saldada.
Su cuerpo roto, su orgullo pisoteado, pero por fin, era libre.
Dejó el cuaderno y una nota de "Deuda saldada" en su escritorio, y cojeando, se marchó para no volver jamás. Le puede gustar
Mi prometido me obligó a casarme con mi archienemigo
rabbit En la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, me intoxiqué con alcohol falso y quedé en coma.
Cuando desperté, escuché al médico decir que podría causarme daños severos en los nervios.
Bromeé con mi prometido, Cayden Hewitt, preguntándole quién era yo y dónde estaba.
Él dudó, me miró fijamente, y luego llamó a mi archienemigo, Liam Hewitt.
"Eres Julia. Él es tu prometido y pronto se van a casar".
Me quedé petrificada, pensando que él también estaba bromeando.
Mi mejor amiga, Vivian Green, deslizó su brazo por el de Cayden, pareciendo una pareja enamorada.
Finalmente, estaba a punto de casarme con Liam, pero Cayden, con los ojos llorosos y alterado, se interpuso frente al carro para detenerlo mientras me suplicaba: "Julia, no te cases con él. Me di cuenta de que no puedo dejarte ir". Ojos Robados, Corazón Roto
Li Xiamu Corrí por los pasillos estériles del hospital, con el corazón desbocado.
Después de semanas de oscuridad, Ricardo, el amor de mi vida, por fin había despertado.
Al llegar a su puerta, grité su nombre, las lágrimas de felicidad nublando mi vista.
Pero en la habitación, junto a mi prometido, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, con una sonrisa de triunfo.
«¿Quién eres tú?», me soltó Ricardo, con una voz helada que no reconocí.
Luego de 15 años juntos, me miraba con mis propios ojos, los ojos que le doné para que pudiera volver a ver.
«Mi prometida está aquí, aléjate», añadió, y mi mundo se vino abajo.
Isabel, con falsa compasión, me dijo: «Sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes».
«¿Sirvienta?», susurré, confundida.
Su madre, con una risa cruel, sentenció: «Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella le donó las córneas».
La hermana de Ricardo añadió: «Eres una trepadora. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte. La gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí».
La humillación me quemaba. Me habían robado a mi hombre, mi sacrificio, mi identidad.
«¡No! ¡Eso es mentira! ¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!», grité.
Pero su madre ordenó a seguridad que me sacaran al grito de: «¡Vuelve a la mansión ahora mismo! ¡Tienes que preparar la cena! ¡Es lo único para lo que sirves!».
Él solo me miró con indiferencia mientras me arrastraban fuera, rompiéndome el corazón.
Atrapada en esa mansión, me obligaron a cocinar para los que me habían destruido.
Un día, Isabel derramó té caliente sobre mí y Laura, su hermana, me empujó contra la estufa.
Yo, con la piel ardiendo, susurré: «Por favor, necesito algo para la quemadura».
Laura se rio: «Deberías estar agradecida de tener un techo. Limpia ese desastre. Ricardo tiene hambre».
«Por favor, solo déjame hablar con él. Él me escuchará», supliqué.
Entonces, Laura me empujó de nuevo, y mi mano chocó con la olla caliente.
«¡Ya basta!», gritó una voz, era Ricardo, con el ceño fruncido.
Isabel y Laura mintieron, diciendo que me había quemado sola y que estaba obsesionada.
Él se acercó y, sin dudarlo, me soltó: «No sé quién eres, pero ya me cansé de tus mentiras y tu escándalo. Isabel es la mujer que amo. Tú no eres nadie».
Me agarró el brazo herido.
«No vuelvas a molestar a mi familia».
Me soltó con un empujón.
El hombre que me prometió amor eterno, me trataba como basura.
Ese día, mientras limpiaba, vi cómo desenterraban los cactus, el símbolo de nuestro amor.
«¡No! ¡Deténganse! ¡Son míos!», grité, defendiéndolos.
Isabel se burló: «Nada en esta casa es tuyo. Eres una empleada. Quítate o te despido».
Ricardo apareció y, con rabia, empezó a arrancar los cactus con sus propias manos.
Me lanzó uno, las espinas se incrustaron en mi brazo.
«¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa!», me gritó.
«Lárgate. Estás despedida», sentenció Isabel.
Me arrojaron mis cosas a la calle. Me quedé allí, en la acera, arrodillada, mi vida reducida a cenizas y espinas.
¿Cómo pude perderlo todo por la amnesia de él y la malicia de ellos?
Debería haber muerto en ese terremoto.
Un día mi esposo me amó, me adoró, y al día siguiente me golpeó y me echó a la calle.
Me encontró Eduardo, el primo de Ricardo. Me miró con compasión, curó mis heridas.
«Cásate conmigo», me dijo. «Te protegeré. Nadie volverá a lastimarte».
Asentí, sin entender aún por qué.
Pero esa noche, Ricardo encontró algo que podría cambiarlo todo: un viejo álbum lleno de fotos nuestras. La redención de la viuda billonaria
Demetris Ardolino Durante tres años, mi esposo, Mateo Garza, tuvo disfunción eréctil. O eso me dijo él. Fui yo quien lo sacó de un coche en llamas, y este matrimonio fue su promesa de atesorar las manos que lo salvaron.
Pero esta noche, lo escuché hablando con mi cuñada, Valeria. Confesó que su condición era una mentira para evitar tocarme, y que siempre la había amado a ella. Nuestro matrimonio era solo una farsa para complacer a su abuelo.
Las traiciones no pararon. Afirmó que fue ella quien lo salvó. Me abandonó durante un deslave para rescatarla a ella. Cuando desperté en el hospital con las costillas rotas, me pidió que donara piel de mi pierna para arreglar un rasguño en la cara de ella.
Quería mutilar mi cuerpo por la mujer que me robó la vida, la mujer que llevaba a su hijo secreto. Mi amor era una carga, mi sacrificio un chiste del que se reían a puerta cerrada.
Entonces descubrí la verdad final, la que me destrozó el alma: nuestra acta de matrimonio era falsa. Nunca fui su esposa, solo un reemplazo.
Esa noche, tomé mi teléfono y llamé a la única persona de la que él me había advertido que me alejara.
—Álex —susurré, con la voz rota—. Necesito irme. ¿Puedes verme en Europa? La falsa esposa del multimillonario, mi venganza
Leontyne Brymer Después de tres años en el extranjero, volví a casa para darle una sorpresa a mi esposo secreto, el multimillonario tecnológico Ricardo Villarreal. Por fin era el director general del imperio de su familia, y yo creía que nuestra vida juntos estaba a punto de comenzar.
Pero la sorpresa me la llevé yo. Lo primero que supe no fue por él, sino por las noticias de última hora: Ricardo estaba comprometido con una influencer llamada Valeria Torres, su supuesto amor perdido de la infancia.
Mi mundo se hizo añicos cuando vi su foto. Tenía mi cara. Entonces la verdad se desveló, cada pieza más espeluznante que la anterior. Valeria era mi media hermana. Nuestro matrimonio de tres años era un documento falso, una obra cruel que él montó porque yo era un sustituto conveniente para la mujer con la que en realidad estuvo casado todo este tiempo.
No era solo un mentiroso; era un monstruo. Me atrajo a un hospital con el pretexto de cuidarme, solo para revelar su verdadero plan: obligarme a un trasplante de tejido para salvar la vida de Valeria.
Pero mientras yacía en esa cama de hospital, prisionera a la espera de ser despojada de mis órganos, grabé una conversación que convirtió mi dolor en furia ciega. No solo me habían robado a mi esposo y mi futuro, habían asesinado a mi madre.
Pensaron que yo era una víctima de la que podían deshacerse. Estaban a punto de descubrir que yo sería la arquitecta de su ruina. De Ahogada a Amada: Una Segunda Oportunidad
Smoke Entré al Registro Civil, lista para hacer pedazos mi solicitud de matrimonio. Se había acabado.
Horas antes, había despertado en la cama de un hospital. Mi prometido, Alejandro, estaba a mi lado, con una máscara de fastidio en el rostro. Me ordenó que le pidiera perdón a Kenia, la mujer que acababa de empujarme a un lago helado, casi matándome.
A través del agua turbulenta, había visto a Alejandro pasar nadando a mi lado, directo hacia Kenia, que fingía ahogarse. Él se creyó sus mentiras, acusándome de haberla atacado, a pesar de la herida que casi me cuesta la vida.
Ignoró mi dolor, mi sacrificio, mis años de lealtad. Todo por una mujer que ya lo había traicionado antes. Incluso usó mis propios valores en mi contra, diciéndome que debía "pensar en los demás antes que en mí".
Estaba cansada. Tan increíblemente cansada. El casi ahogamiento había sido un bautizo. Por fin lo entendí: no podía arreglar esto. No podía ganar su amor.
Cuando volví a casa, él ya le había dado a Kenia mi preciado té de hierbas, ese que usaba para mi dolor crónico. Luego me degradó a ser una invitada en mi propia casa, ordenándome que cocinara para ella. Era hora de quemar el último puente. No Quedo Odios Tras noche
Neilla Steedly El anillo de compromiso de Sofía Rojas, un brillante símbolo de su amor por Mateo Díaz, un exitoso empresario, se sentía de repente como una cadena. Había sacrificado todo, trabajando 72 horas sin dormir, para salvar la empresa de Mateo de la ruina, creyendo en su recompensa: un futuro juntos.
Pero en la fiesta de celebración, la aparición de Camila Soto, la ex de Mateo, lo cambió todo. Los celos y las provocaciones de Camila desataron la furia de Mateo, quien, en lugar de defender a Sofía, la acusó de humillarle públicamente.
El castigo fue un cruel "juego". Mateo, ante una multitud sedienta de morbo, le arrancó el anillo a Sofía, declarando que la apuesta inicial era su dignidad. Al día siguiente, en un club privado, Sofía fue obligada a un interrogatorio humillante donde sus recuerdos más preciados fueron destruidos: el relicario de su abuela, pisoteado por Camila, y el contrato fundacional de su padre, arrojado al fuego. Incluso le cortaron un mechón de su cabello.
¿Por qué Mateo, el hombre al que había salvado y amado, la sometía a esta tortura pública? ¿Qué había hecho ella para merecer tal desprecio y humillación?
En la última ronda, Mateo lanzó la apuesta final: la ruina de la familia de Sofía. Desesperada, Sofía recurrió al antiguo arte de su abuela, el "compartir el corazón", transfiriendo todo su dolor a Mateo. La conexión la mató, pero hizo que Mateo experimentara su sufrimiento y comprendiera la verdad del sacrificio de Sofía, un amor incondicional que él había destruido.