Zhi Ning
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Libros y Cuentos de Zhi Ning
Veinte Años De Engaño
Historia Veinte años. Veinte años dejé mi mariachi y mi pasión, mi alma, para convertirme en el "señor Mendoza", el esposo de Sofía Del Valle, la heredera de la hacienda tequilera más grande de Jalisco.
Por su amor, por su "no quiero hijos", me hice la vasectomía, un sacrificio silencioso para demostrar mi devoción ciega. Trabajé, aprendí del agave, me gané el respeto de la gente, pero nunca el de sus padres. Siempre fui el mariachi pobre.
La verdad me golpeó como un agave sin jima en nuestro vigésimo aniversario de bodas, en medio de una fiesta llena de la alta sociedad. Encontré certificados de nacimiento. Sofía, madre, y Alejandro "El Charro" Ramírez, el amigo de la infancia, el eterno "rival" , padre de gemelos de diecinueve años.
¡Diecinueve años de mentiras! ¡De una farsa cruel y elaborada! ¿Cómo pudo haberme engañado así? ¿Cómo pude ser tan ciego? La rabia me quemaba, la náusea me asfixiaba.
Cuando la encaré, su frialdad me heló la sangre. "Necesitaba herederos para la hacienda", dijo, como si hablara del clima. Me abofeteó, sus hijos biológicos me insultaron llamándome "mantenido", y Alejandro, el falso amigo, sonreía triunfal. Había sido usado, despojado de mi dignidad, y expulsado de la que creí mi vida. Esta vez, no me iría con las manos vacías. Era hora de que el mariachi recuperara su canto. El Precio de la Ambición
Moderno El día que Pedro alcanzó su millón de seguidores en TikTok, me propuso un trato que me destrozó el corazón. Tomó mis manos, ya llenas de callos por teclear código y editar sus videos, y me pidió hacerme a un lado "por nuestro futuro" , pues se casaría con una influencer por un contrato millonario.
Me negué, pero la asistente de la influencer me abofeteó. Pedro, en lugar de defenderme, ordenó: "¡No puedes hacer nada bien! ¡Ahora mismo te arrodillas y le pides perdón a la señorita Valeria!".
Grité: "¡Pedir disculpas, sí! ¡Arrodillarme, jamás!". Pedro me golpeó con un palo, obligándome a arrodillarme con violencia, forzando mi cabeza contra el suelo hasta ensangrentarla.
Después, me drogó, encadenó en un cuarto, me desvistió y me golpeó en la espalda con un cinturón, acusándome de robar unos aretes. Me dijo: "Con el dinero que nos den, te compro un par de aretes nuevos y más caros" , y planeó venderme a un club nocturno.
Mientras la oscuridad me envolvía tras beber un jugo de naranja envenenado, escuché su hipócrita voz: "No me dejaste otra opción. Eres demasiado terca y casi arruinas mi gran oportunidad. ¡Uno siempre tiene que buscar la manera de subir, Sofía!".
Hasta el día de mi muerte, me prometí que vería a Pedro pagar por cada lágrima y cada golpe. ¿Cómo pudo este hombre, por quien sacrifiqué todo, desde mis ahorros hasta mi cuerpo y seis hijos que perdí por atenderlo, convertirme en un objeto más en su escalada social? ¿Qué sabía él de la "verdadera Sofía"? El Precio de Su Ciego
Urban romance Mi mano temblaba mientras firmaba los papeles del divorcio, un acto que sellaría el fin de mi matrimonio con Isabella y pondría en marcha un futuro incierto.
Pero para mí, Ricardo Vargas, ese no era el final, sino el comienzo de una segunda oportunidad, un milagro inexplicable tras una pesadilla que ya había vivido una vez.
Recordaba la ceguera de Isabella, su devoción absoluta por su hermana, Camila, y su sobrino mimado, Mateo, cómo mi hogar se convirtió en una fuente inagotable de recursos para ellos, mientras mi propia hija, Sofía, era ignorada.
La imagen más dolorosa, la que me había despertado sudando frío, era la de mi pequeña Sofía, de solo cinco años, ardiendo en fiebre, luchando por respirar.
Mientras yo, desesperado, llamaba a Isabella una y otra vez sin obtener respuesta; ella, como siempre, atendía los caprichos de su hermana.
Cuando finalmente regresó a casa, ya era demasiado tarde: la vida de Sofía se había apagado en la soledad de su habitación, y con ella, el alma de Ricardo se había roto en mil pedazos.
Ahora que el destino me había dado una segunda oportunidad, me di cuenta de que mi esposa ni siquiera conocía a su propia hija.
Necesitaba una prueba, un ultimátum silencioso, y así se lo propuse a mi Sofía: "Cuando mamá llegue, si viene a verte a ti primero y te da un beso, nos quedaremos aquí todos juntos; pero si va primero a ver a tu primo Mateo, entonces tú y yo nos iremos de viaje, un viaje muy largo, solo nosotros dos, ¿estás de acuerdo?".
Unos minutos después, el auto de Isabella se estacionó afuera y escuchamos su voz melosa y preocupada: "¡Camila! ¡Mateíto, mi vida! ¿Cómo están? Vine en cuanto me dijiste que el niño tenía tos".
Y así, la traición se confirmó, fresca y punzante como la primera vez, mientras veía la silenciosa decepción en los ojitos de mi Sofía.
En ese momento, la rabia crecía en mi interior, y me di cuenta de que Isabella no había cambiado; ella nunca cambiaría. No sabía que esta vez, yo sí lo haría. Corazón Roto en la Cancha
Adulto Joven El sudor me corría por la frente, mezclándose con la llovizna fría en el estadio.
El pitido del árbitro era ensordecedor, pero solo escuchaba el furioso latido de mi propio corazón.
Cada jugada era una batalla personal, no contra el equipo rival, sino contra una sombra en mi propio bando.
Valeria, mi compañera, se suponía que jugaba a mi lado, pero cada vez que yo tenía el balón, se sentía más agresiva que cualquier defensa contraria.
Un codazo "accidental", un pisotón "involuntario" y susurros venenosos: "Muévete, lenta", "Otra vez vas a fallar".
Miraba a Ricardo, el capitán, mi novio, buscando su apoyo, pero él no veía nada.
Sus ojos fijos en el marcador.
Para él, solo la victoria importaba.
Ganamos, pero no sentía alegría.
El dolor en mi tobillo era agudo y la sensación de ser atacada por mi propia gente me dejaba un vacío.
Al cojear, vi a Ricardo celebrar, palmeándole la espalda a Valeria, sonriéndole de una forma que nunca me sonreía a mí.
Sola en la banca, intentando masajear mi tobillo hinchado, el celular de Ricardo vibró a mi lado.
Lo había olvidado.
La pantalla se encendió, mostrando un mensaje de Valeria: "El plan funcionó perfecto, amor. La estúpida apenas y pudo correr al final. Pronto seré yo la delantera estrella, y tú y yo celebraremos el campeonato como se debe".
Mi respiración se detuvo.
"Amor", "la estúpida", "el plan".
Todo encajó.
La hostilidad de Valeria, la indiferencia de Ricardo.
Una conspiración.
Un impulso me hizo levantarme.
El dolor olvidado.
Los seguí y me escondí detrás de unas colchonetas.
"¿Crees que sospeche algo?", preguntó Valeria.
"¿Sofía? Para nada", la risa cruel de Ricardo me perforó, "Esa tonta cree que todo lo que hago es por el \'equipo\', cree que la amo, es tan ingenua, tan fácil de manipular".
"Pero ¿cuánto tiempo más, Ricardo? Estoy cansada de ser la segunda", ronroneó Valeria.
"Paciencia, mi vida, necesito sus pases perfectos para el campeonato. Una vez que tengamos el trofeo, ella no será más que un recuerdo. El equipo será nuestro".
Escuché el sonido de un beso, húmedo y largo.
Sentí náuseas.
Todo era una mentira, una farsa para utilizarme.
Me consumió la rabia, pero una idea clara y fría se formó: no iba a ser la víctima.
Si querían guerra, la tendrían.
El dolor en mi tobillo no era nada comparado con la injusticia y la humillación pública.
En el punto más bajo de mi vida, una promesa nació del fuego de mi ira.
Me levantaré de estas cenizas y me aseguraré de que paguen por cada lágrima, por cada insulto, por cada gramo de dolor.
La próxima vez que nos viéramos, no sería un circo, sería un juicio. Escapo Del Tren Peligroso
Fantasía El hedor a diésel quemado y a desinfectante barato me golpeó como una pared.
Mis ojos se abrieron de golpe, enfocando la mugrienta ventana del autobús.
Había tomado este viaje a Guadalajara con la ingenua idea de "experimentar la vida real" y ahorrar unos pesos.
Pero este mismo boleto, este mismo asiento, me llevaron a la muerte.
El recuerdo era una película de terror grabada a fuego en mi cerebro: la sonrisa desdentada de la anciana, el frío del éter, la oscuridad interminable de esa cabaña en las montañas de Oaxaca.
Morí allí, sola y rota, víctima de un secuestro brutal.
Pero ahora, milagrosamente, estaba viva.
Estaba de nuevo aquí, en el mismo asiento, en el mismo día, como si el tiempo se hubiera rebobinado.
Una segunda oportunidad... pero una oportunidad para qué.
¿Volvería a caer en la trampa? ¿Sería de nuevo la presa?
No. No otra vez.
Mi nombre es Luciana Castillo, y esta vez, mi destino no sería el mismo.
Me levanté bruscamente.
"Quiero cambiar mi boleto," le dije a la mujer.
"Deme el mejor asiento que tenga. Primera clase, con compartimento privado. No me importa el precio."
La partida había cambiado. Libre del Monstruo que Amé
Fantasía Murió mi noveno hijo.
Yo también morí, desangrada en el frío y húmedo sótano de la bodega, mientras mi esposo, Mateo, me arrebataba al bebé.
"Isabela, este es el último. Con la sangre de este niño, Catalina se recuperará por completo. Nuestra deuda estará saldada", dijo, con una frialdad que me rompía el alma.
Entonces, renací, encontrándome de pie ante los padres de Mateo, que me suplicaban que salvara a su hijo, afligido por una enfermedad degenerativa.
Recordé los nueve partos forzados, la imagen de mis hijos sacrificados, la obsesión de Mateo por Catalina.
¿Cómo había sido tan ingenua, creyendo que su corazón era mío?
En lugar de sanarlo, predije su funeral, revelando que su amada Catalina, a quien él creía pura, estaba enferma y corrompida.
Mateo, que también había renacido, estalló en furia, creyendo que lo humillaba por dinero, y me acusó de ser una bruja charlatana.
"No te atrevas a darme la espalda", gritó, "¡Tú me perteneces! ¡Tu poder es para mí!"
Me di cuenta de la trampa. Su "amor" era una fachada, y mi supuesto "don" solo una herramienta para sus oscuros fines.
Pero esta vez, yo no era la misma Isabela.
Esta vez, el destino se reescribiría. Secretos Maliciosos Bajo los Olivos
Romance Llegué a la idílica finca de olivos de mi prometido, Mateo, a tres meses de nuestra boda, bañada por el sol andaluz y la promesa de un futuro perfecto.
Su madre, Carmen, la matriarca de la casa, me recibió con una efusividad abrumadora.
Incluso me preparó tónicos especiales, recetas ancestrales de la familia, para "fortalecer mi sangre y asegurar descendencia".
Sin embargo, pronto empecé a sentirme extrañamente agotada, mis ciclos hormonales se descontrolaron, y el amargo sabor del tónico se volvió un presagio inquietante.
Mientras Carmen me trataba como una reina, notaba el trato opuesto hacia Isabel, la esposa de su otro hijo, relegada a las tareas más humildes, con una mirada de cansancio que me interpelaba.
Una tarde, una verdad brutal arrasó con mi mundo: en el portátil de Mateo encontré correos explícitos con una mujer llamada Elena.
No solo era una infidelidad, sino un plan para deshacerse de mí después de la boda, con la fría certeza de que yo "no me daba cuenta de nada".
El aire se me fue de los pulmones.
Me sentí humillada, usada, y terriblemente enferma en un lugar que creí mi hogar.
Pero la devastación se transformó en una extraña calma: no, no le daría el gusto de verme derrumbada.
¿Por qué esta aparente amabilidad de Carmen, estos insistentes tónicos, mientras Mateo conspiraba a mis espaldas?
¿Eran mis males físicos una coincidencia, o había algo más siniestro en juego que la mera traición?
Decidí que no sería una víctima silenciosa de esta farsa perfecta.
Con un plan en mente, y la certeza de que la verdad era mi única arma, comencé a investigar los secretos sepultados bajo las raíces de esos olivos centenarios.
La dulce Sofía había muerto; una nueva mujer estaba lista para luchar por su vida. De matrimonio a Venganza
Romance El día de mi boda, en la imponente nave de la hacienda familiar, mientras el sacerdote hablaba del amor eterno, sentí que, de algún modo mágico, había renacido.
Mi mirada se posó en Javier Mendoza, mi futuro esposo, y el mundo se desdibujó para mostrarme con una claridad aterradora la imagen del cuchillo helado hundiéndose en mi espalda.
En mi vida anterior, este mismo hombre, junto a Sofía, su amante, me despojó de todo: mi vasta herencia, el imperio de aguacates de mi familia y, finalmente, mi existencia.
Morí sola, traicionada, mientras su ambición brillaba inquebrantable.
Ahora, llevaba el mismo vestido blanco, en la misma iglesia, a punto de repetir la farsa.
La sonrisa de Javier, antes cegadoramente encantadora, solo despertaba náuseas y un doloroso amargo recuerdo.
¿Cómo podía un alma regresar de tal deshonra? ¿Por qué la vida me ofrecía una segunda oportunidad para este mismo calvario?
Pero en lugar de la desesperación que me consumió antes, una fría y calculada determinación invadió cada fibra de mi ser.
Ya no había lugar para lágrimas ni súplicas.
Mi "Acepto" rompió el silencio nupcial con una firmeza que sorprendió hasta al propio Javier.
No era el inicio de un matrimonio, sino el comienzo de una venganza que duraría dieciocho años.
Cada paso suyo, cada aliento de alegría robada, se convertiría en una pincelada de su propia y lenta destrucción.
Esta vez, ellos mismos forjarían las cadenas de su perdición, mientras yo los observaba desde la sombra. Le puede gustar
El Fin de una Obsesión
Fu Mo Bao Bao La noche en que el palacio anunció que el Príncipe Heredero elegiría a su consorte, Sofía, mi prometida, no regresó a casa.
La esperé toda la noche, con el puño cerrado y el corazón apretado, en esa mansión Sánchez donde crecí como su huérfano "adoptado", destinado a ser su leal protector y, creí, su futuro esposo.
Pero al amanecer, una carroza real trajo no solo a la arrogante figura del Príncipe Alejandro, sino también a Sofía, pálida y con la mirada perdida, su vestido arrugado.
Él me entregó una prenda íntima de ella que yo mismo le había regalado, la olfateó lujuriosamente frente a mí y luego, con una sonrisa venenosa, declaró que Sofía tenía una piel increíblemente suave y que visitaría su habitación con frecuencia.
Mi propia familia adoptiva, los Sánchez, me miró con servil alegría, ignorando mi dolor y vendiendo mi humillación sin dudarlo.
Sofía, la mujer que amaba, me pidió con fría determinación que aceptara mi destino como un "cornudo por el bien de la familia".
Un golpe que me lanzó al suelo, pero el verdadero golpe vino cuando mi "padre" adoptivo, el señor Sánchez, me azotó con un látigo, mostrándome que yo no era más que un perro guardián, un peón en su ascenso social.
Me obligaron a aceptar el compromiso, a ser el marido de conveniencia, la fachada para su infamia, con la amenaza de horrores peores si me negaba.
La rabia me consumió, el dolor afiló mi mente, y me di cuenta de que no solo querían humillarme; querían deshacerse de mí una vez que cumpliera mi propósito.
Justo cuando la desesperación me invadía y planeaba huir, apareció Isabela, una princesa de sangre real, con ojos violetas y una propuesta inesperada: "Usted y yo tenemos un enemigo en común".
Ella me ofreció una alianza, un plan para exponer su perversión y derribar al príncipe y a la familia que me había traicionado, transformando mi humillación en el arma más letal. El Rosario y la Traición
Cong Jin Ye Bai En la vasta y apacible Hacienda "La Esperanza" , Elvira creció como una princesa, colmada del afecto desmedido de su tío, Don Ricardo, su único protector tras perder a sus padres.
Pero la noche de su mayoría de edad, un acto de amor prohibido y la intrusión de un rosario sagrado transformaron a su benefactor en un verdugo, exiliándola sin piedad a un internado infame.
Tres años de horror insufrible forjaron cicatrices invisibles, y al regresar, la encontré sumida en un purgatorio doméstico, bajo la indiferencia glacial de mi tío y la cruel manipulación de su prometida, Sofía.
¿Cómo pudo el hombre que me adoraba caer tan ciego ante la maldad, al punto de permitir que me desollaran viva, y aun así creer las infames mentiras que me hundían cada día más?
Ahora, la verdad velada por el fuego y el dolor insoportable ha empujado a Elvira al abismo; pero desde el más allá, su espíritu despierta, marcando el inicio de una ineludible y sangrienta caída para quienes la traicionaron. Ladrona De Mente
Flory Corkery El eco de la sirena de la ambulancia aún perfora mis recuerdos.
Un listón suelto, según ellos. Mi carrera de bailarina, mis sueños en el Festival Nacional de Danza Folclórica, se hicieron pedazos junto con mi tobillo.
Pero la verdadera tragedia fue ver a mi madre, mi única familia, consumirse por el dolor y la injusticia de todo lo que me hicieron. La enfermedad que se la llevó fue un veneno lento, goteando de cada titular que me acusaba de mi propia "negligencia".
"La joven promesa, Sofía, descuidó su propio vestuario en un acto de irresponsabilidad imperdonable", repetían, mientras Catalina sonreía, inocente, detrás de su fachada de preocupación. ¿Cómo podían creerles? ¿Cómo podían culparme a mí, la víctima, de mi propia desgracia?
La desesperación me llevó al borde, pastillas en mano, una carta de despedida a un mundo que me había traicionado. Pero la oscuridad no fue el final.
Un parpadeo. El olor a laca. El murmullo del público. Mi tobillo, perfecto.
"¡Sofía! ¡Sales en cinco minutos! ¿Estás lista?"
Había vuelto. No era un sueño, ni el más allá. Era la noche del Festival, mi segunda oportunidad. Y esta vez, no caería en la trampa. Los Demonios Adoptivos
Call Me Cutie El fuego me consumía, pero el verdadero infierno era el odio de la multitud.
Atada junto a mi esposo, Ricardo, escuchaba los gritos de "¡Bruja! ¡Monstruos!", mientras el olor de nuestra carne quemada inundaba el aire.
En mis últimos alientos, no sentí las llamas, sino la helada traición de Camila y Renata, las hijas que rescatamos de un orfanato, a quienes dimos todo.
Ellas nos habían pagado orquestando nuestra ruina, acusando a Ricardo, estéril, de embarazarlas.
Observé cómo el jurado de la turba dictó su sentencia con gasolina y fósforo, y morí con una sola pregunta que me desgarraba: ¿Por qué?
Y entonces, desperté.
El sol entraba por la ventana, mis pies descalzos sobre el frío suelo sabían a renacimiento.
No fue un sueño, era una segunda oportunidad.
El calendario marcaba el 15 de agosto, el día de la cita médica que lo cambiaría todo, el inicio de su mentira.
Sabía que nos acusarían de nuevo, que la prensa nos devoraría y la turba nos condenaría.
Esta vez, no permitiría que destruyeran a Ricardo, ni que nos arrastraran al infierno de nuevo.
Conocía cada uno de sus movimientos, cada una de sus mentiras.
Ya no era la ingenua Sofía, la que solo tenía sentimientos.
Esta vez, estaría preparada. La Elegida Olvidada del Sol
Qiang Wei Wei El gran salón del palacio rezumaba incienso de copal, denso y pesado, mientras cientos de nobles se congregaban para la ceremonia que sellaría el destino del imperio.
Yo, Xochitl, la "Elegida del Sol", estaba a punto de ser consagrada como la esposa principal del Emperador Itzcóatl, uniendo nuestros linajes sagrados para asegurar décadas de prosperidad.
Pero al mirar a Itzcóatl en su trono, solo encontré un desprecio gélido.
"¿Realmente creyeron que me ataría a esta farsa?", su voz resonó, "¡A una mujer cuya única virtud es un cuento de viejas!".
Inmóvil, con la túnica ceremonial blanca como una mortaja, mi corazón latía con el eco doloroso de una vida pasada.
Porque ya había vivido este momento, ya había sentido esta humillación, y sabía su desenlace.
El recuerdo me golpeó como un rayo: en mi vida anterior, había suplicado entre lágrimas, recordándole el pacto ancestral.
Él se había reído cruelmente, repudiándome y entregándome a sus guardias como a un animal.
Mi familia, protectora del pacto por generaciones, fue acusada de traición, sus tierras confiscadas, sus nombres borrados.
Todo, por el ciego amor de Itzcóatl hacia su concubina, Citlali, quien ahora sonreía con triunfo a su lado.
Mi final fue brutal: abandonada en una fosa helada, morí de hambre y frío, con las risas de Citlali susurrando: "El sol te ha abandonado, Xochitl".
Pero los dioses no me abandonaron; el pacto era real.
Me concedieron una segunda oportunidad, no por piedad, sino por equilibrio.
Desperté gritando hace unos días, justo a tiempo para revivir el inicio de mi caída.
Pero esta vez, no había lágrimas ni súplicas.
Solo un vacío helado y una determinación dura como la obsidiana.
"Mi Emperador", dije ahora, mi voz sorprendentemente calmada, sin rastro de la emoción que me consumía.
Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos.
Itzcóatl se desconcertó, esperando histeria.
"¿No tienes nada que decir, mujer? ¿Ninguna súplica a tus dioses falsos?".
Su arrogancia era palpable.
Citlali se aferró a su brazo, su preocupación fingida.
"Mi señor, no seas tan duro con ella", dijo con voz melosa, "Quizás cree en esas viejas historias; no es su culpa ser tan ignorante".
Sus palabras, veneno envuelto en miel, antes me enfurecían.
Ahora, las recibí con una serenidad que los descolocó.
Hice una reverencia profunda, una sumisión que contradecía la tormenta en mi interior.
"La sabiduría del Emperador es tan vasta como el cielo", dije, con sinceridad vacía. "Si mi presencia y mi linaje son una farsa, entonces no soy digna de estar a su lado".
El silencio en el salón fue absoluto.
"Me retiraré a mis aposentos y esperaré el juicio del Emperador", continué.
Itzcóatl frunció el ceño; mi sumisión lo desarmaba.
"¡Vete!", espetó, "¡No quiero volver a ver tu rostro!".
Caminé hacia la salida, mi mirada se cruzó con Cuauhtémoc, el líder de los guerreros águila, él creía en el pacto.
Mientras pasaba, Citlali soltó una risita cristalina, y él la rodeó con sus brazos, su adoración ciega.
La escena quemaba en mi memoria, una réplica exacta del pasado.
Pero esta vez, el dolor no me paralizó, alimentó la llama fría en mi pecho.
Los dejé en su nido de amor y ambición.
No volvería a suplicar.
Esta vez, simplemente me haría a un lado.
Y observaría cómo el imperio, cuya prosperidad dependía de mi sangre, se desmoronaba hasta convertirse en polvo.
Y él, el gran Emperador Itzcóatl, se arrastraría sobre esas cenizas, suplicando por la farsa que ahora repudiaba.
Esa era mi nueva meta, mi única razón para esta segunda vida.
No buscaría venganza activa, solo dejaría que la verdad se revelara a través de la hambruna, la sequía y la desesperación.
Mi venganza sería la propia caída de Itzcóatl. Vivo Por Sí Misma
Qin Wei El olor a aceite quemado y ese humo picándome los ojos fueron la primera señal del infierno que vivía.
Mi padre, un chef aclamado, me miraba con esa decepción familiar, no por el desastre en la sartén, sino por mí.
"Camila solo estaba aprendiendo, tenías que ser paciente con ella", decía con una voz tranquila que me aplastaba.
Mi hermana, Camila, lloraba lágrimas falsas, un truco para ganarse a papá, mientras yo callaba la verdad de su sabotaje.
Para mi padre, mi talento no era un don, sino una carga, una deuda perpetua con mi mediocre hermana, a la que había que "nivelar".
Una vez me dijo: "No es justo para Camila que tú siempre seas la mejor".
Así crecí, mi esfuerzo castigado, la mediocridad de Camila premiada, viviendo con una ansiedad que mi padre llamaba "drama".
Cuando fui aceptada en la mejor escuela de gastronomía, y Camila no, mi padre tuvo la "solución justa": "Vas a cederle tu lugar a Camila, es tu deber como hermana".
En mi furia, le grité que su "igualdad" me había enfermado, y él, en un arrebato, derramó café hirviendo sobre mi mano.
Camila, con una sonrisa satisfecha, me soltó: "Para papá, tú y yo siempre seremos lo mismo, no importa cuánto te esfuerces".
En ese instante, algo se rompió dentro de mí: el amor, la esperanza, todo.
Esa noche, con la quemadura hirviendo en mi piel, empaqué una pequeña mochila, sin rumbo fijo, solo con la certeza de que debía irme o moriría.
Me paré en un puente, al borde del abismo, mi teléfono vibrando con las amenazas de mi padre: "Vuelve a casa ahora mismo, Sofía, no hagas esto más difícil".
Pero un desconocido se acercó, revelando sus propias cicatrices, y me dijo: "Tu vida es tuya, no dejes que gane, no les des el gusto, vete de aquí, pero vive".
En ese momento, mi padre me encontró, y mientras me sostenía la mano quemada, me advirtió: "Me has hecho pasar una vergüenza terrible, arreglaremos esto en casa".
Pero ya no había "nosotros", ni "hogar".
Encerrada en mi cuarto, hice lo único que quedaba: marqué un número prohibido, el de mi tía Elena.
"Tía Elena, soy yo, Sofía... ¿puedes venir por mí?".
Hubo un silencio atónito, luego, sin dudarlo, ella respondió: "Claro que sí, mi niña, voy para allá ahora mismo".