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Max Wilson ingresó a la Universidad Varsity y su llegada despertó inmediatamente la intriga de las jóvenes estudiantes. La belleza masculina que posee provocó que las chicas a su alrededor se derritieran con tan solo verlo. El problema era que tenía una actitud fría y cortante hacia los demás.
Ninguna chica, ni siquiera las populares, ha llamado su atención. Su relación con sus compañeros de clase es distante y eso se debe a lo que oculta. No habla con nadie a excepción de su compañero de deportes, Jordan. Han transcurrido varios días de su llegada y lo que ha ganado en ese tiempo ha sido miedo y pavor por parte de los estudiantes.
Siempre dará a conocer su disgusto o enojo con cualquier persona de forma física o verbal. Todas esas chicas que estuvieron al inicio de su llegada detrás de él, ahora lo evitan a toda costa para no ser humilladas. Lo mismo es con los chicos.
Emily Brown, una estudiante aparentemente común, se va adentrando a un mundo que ni ella misma imaginó. De tantas chicas que hay en su clase, es ella la que tiene que pasar por una serie de situaciones que la ponen en peligro. Su vida está llena de secretos y, lamentablemente, de decepciones que la ligan con el misterioso chico.
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No creas todo lo que lees o escuchas; en esta historia tendrás que estar atenta a cada situación porque puedes llegar a confundirte sobre quién es quién. Más adelante puedes necesitar volver al principio y es ahí en donde te darás cuenta de que... las apariencias engañan.
CAPITULO1
Desperté la mañana del lunes con el estruendo de golpes que amenazaban con taladrarme los oídos. Alexander, mi hermano, era la persona que tocaba la puerta como siempre lo hacía antes de irnos a la universidad. Estaba acostumbrada a levantarme con el ruido de sus nudillos contra la madera.
Casi podía recordar a papá y mamá venir a despertarme cuando era pequeña. Pero desafortunadamente ellos no vivían con nosotros. Ambos se habían mudado el día en que ingresamos a la universidad, justo después de que la abuela falleciera. Papá nos dijo que era hora de volvernos independientes y arreglar nuestros propios asuntos. Yo tenía pensado conseguir un departamento para comenzar una vida aparte, pero Alexander no estuvo de acuerdo.
Al final, decidimos quedarnos en casa juntos.
Alexander tenía veinte años —dos años mayor que yo—, pero su comportamiento era de una persona de treinta. Aunque tenía que admitirlo, era un hermano responsable, se encargaba de los gastos de la casa y de cualquier inconveniente. Según él, yo debía preocuparme solamente por los estudios y por volver a casa temprano. Decía que, con mis dieciocho años, yo aún no tenía la experiencia para enfrentarme a la vida.
Me molestaba que pensara eso de mí.
Sí, era tímida e insegura, pero también tenía mi carácter. Él, en cambio, era extrovertido, sociable y arrogante. No entendía cómo su novia Karen lo soportaba la mayor parte del tiempo en las clases.
—No dejaré de tocar hasta que abras la puerta —lo escuché decir desde el otro lado.
Gimiendo de pereza, me levanté de la cama y luego de arrastrar los pies por la habitación, logré girar el pomo.
—Ya estoy despierta —me tallé los ojos y aún somnolienta, lo vi en el umbral con un aura impaciente.
—Tienes media hora —señaló el reloj de su muñeca y se dio la vuelta, dejando un aroma a perfume y jabón.
Rodeé los ojos y cerré la puerta mientras soltaba un bostezo. Me estiré y di unos cuantos pasos antes de dejarme caer en la cama de nuevo. Odiaba levantarme temprano como cualquier persona y odiaba el hábito que tenía mi hermano para venir a despertarme. Me ponía de mal humor.
Luego de cinco minutos, me levanté a regañadientes y ordené las sábanas. El teléfono comenzó a sonar y me incliné a la mesita de noche. Era una llamada de Alexander. Sabía que solo lo hacía para apresurarme. Cogí un atuendo de ropa del armario y me dirigí al cuarto de baño.
Veinte minutos después, salí de la ducha y me vestí en tiempo récord. Me colgué la mochila en un hombro y tomé la caja de materiales que el profesor de laboratorio había encargado.
No iba a tener tiempo para desayunar, eso era un hecho. Dejé salir un suspiro y me advertí mentalmente que la próxima vez me levantaría temprano.
Alexander estaba en el sofá de la sala, tecleando el teléfono y moviendo el pie. Cuando me miró, rápidamente lo guardó en sus bolsillos y me quitó la caja que sujetaba torpemente entre las manos.
—¿Qué diablos es esto? —frunció el ceño, inspeccionando lo que había dentro.
—Materiales para el laboratorio —dije tomando su mochila. Salimos de casa y ambos subimos a la camioneta.
—Me alegra no estar en esa clase —dijo cuando comenzó a conducir.
No le tomé importancia, simplemente me digné a mirar por la ventana. El cielo estaba tornado de un color gris opaco. El panorama era algo extraño debido a que la mayor parte de los días eran soleados, pero llegué a la conclusión de que era algo normal e insignificante.
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El estacionamiento de la universidad estaba invadido de autos y estudiantes. El ambiente era un poco sofocante e irritante como todos los inicios de semana. Después de un par de vueltas, Alexander localizó un lugar donde aparcar. Bajé de la camioneta y miré a mi alrededor con la esperanza de encontrar a Kim o Claire, aunque seguramente ya estaban dentro del edificio.
—Te ayudaré con esto —dijo Alexander, tomando la caja de nuevo.
Caminamos por el asfalto y mi hermano saludó a algunos de sus amigos. Cuando escuché el ruido amortiguado de una moto, miré sobre mi hombro. Había reconocido ese sonido durante estos días. Max Wilson era el único que conducía un vehículo tan intimidante y escandaloso. Lo vi bajar de la moto y comenzó a caminar dando pasos sólidos y firmes. Era evidente que le molestaba integrarse con sus compañeros, ninguno de ellos le dirigía la palabra por miedo a ser ignorado o insultado. La persona con la que se relacionaba durante las clases o en las horas de descanso era Jordan, otro chico serio y reservado.
Desde que ingresó a la universidad, las chicas no dejaban de hablar sobre lo atractivo y sexi que era. Sin embargo, dejaron de intentar entablar una conversación con él, ya que bastó un par de horas para que todos nos diéramos cuenta de su actitud fría y distante.
Max se acercó y me miró por un pequeño instante mientras se ajustaba la chaqueta negra de cuero. Inmediatamente aparté la mirada y cuando me esquivó pude percibir un aroma embriagante a especias. Algunos lo observaron disimuladamente mientras avanzaba a la entrada del edificio. Ninguno se enfrentaba a él por miedo a salir perjudicado. Los primeros días se involucró en varias peleas con los chicos que se arriesgaban a contradecirlo, lo que fue suficiente para que los demás se quedaran mudos y se apartaran cada vez que estaba alrededor.
El timbre de entrada me sacó de mi ensoñación y apresuré a Alexander por los pasillos hasta llegar al salón de Bioquímica. Le agradecí a mi hermano por la ayuda y se despidió dándome un beso en la frente.
—Te veo en la salida —lo escuché decir cuando salió trotando en dirección a su clase.
Luego de que entré al laboratorio, saludé a algunos compañeros y dejé caer la caja de materiales en la mesa de aluminio. Mientras sacaba el cuaderno de apuntes y el bolígrafo de la mochila, escuché la voz chillona de Kim al fondo del salón. Me giré y sonreí entusiasmada cuando se levantó de su silla. Probablemente venía a contarme lo relevante del fin de semana. Lamentablemente, el profesor Robert llegó y le llamó la atención.
—A su lugar, señorita, la clase ya va a comenzar.
Renegó por lo bajo y volvió a su asiento desganadamente. Me volví a mi lugar al mismo tiempo que mi compañero de mesa se sentaba a mi lado.
—¿Qué tal, Emily?
Dejé salir un suspiro totalmente audible y lo miré forzando una sonrisa.
—Hola, Lein —tenía que destacar que él era el chico más flojo de la clase. No hacía nada durante las prácticas. Se pasaba perdiendo el tiempo haciendo otras cosas, dibujaba garabatos en el cuaderno, revisaba discretamente su teléfono o simplemente se quedaba ahí esperando a que dieran el timbre. Y el resultado era que estaba obligada a realizar todo el trabajo. De ninguna manera iba a permitir una mala calificación por su culpa.
—Buenos días, jóvenes —el profesor dejó caer el deteriorado portafolio sobre el escritorio y sacó sus enormes gafas de aumento.
Algunos respondieron las mismas palabras y otros, incluyéndome, susurramos. La primera clase de la mañana era la más aburrida de todo el día. Era tentador tomar una pequeña siesta y recuperar algunas horas de sueño interrumpidas, pero eso era imposible porque los ojos del profesor Robert se mantenían atentos en cada uno de nosotros.
—Bien, veo que todos trajeron los materiales que les pedí. Empezaremos con el proyecto de reacción de los hidrocarburos—sacó un rotulador y empezó a escribir formulas y ecuaciones en la pizarra—. Lein estaba entretenido hablando con el compañero de atrás, así que anoté el procedimiento.
Luego que el profesor entregara solventes en cada mesa, avisó que lleváramos a cabo el experimento. Comencé a ponerme a cargo, inicié sacando los recipientes de vidrio de la caja y agregando las sustancias correspondientes. Las reacciones que obtuve fueron variadas. Algunas se quedaban igual y otras cambiaban de color casi mágicamente. Era interesante.
—Es mi turno —avisó Lein sin ninguna emoción. Ignorándolo, anoté los resultados que coincidían con los de la pizarra y seguí diluyendo los líquidos del recipiente—. Quiero intentarlo.
Respiré profundamente al necesitar paciencia y dije entre dientes: espera un momento.
Su insistencia no me molestaba demasiado porque ya estaba acostumbrada, pero sí me irritaba demasiado cada vez que pretendía estar interesado en los trabajos cuando estaba por finalizarlos. Era su manera de hacerme creer que estaba colaborando en algo sabiendo que su ayuda era innecesaria.
—Puedo hacer eso por ti —se inclinó hacia a mí con la intención de arrebatarme el recipiente y me rehusé. Los conflictos no eran lo mío, prefería encontrar la manera de solucionarlo sin llegar a ser agresiva. Mis amables protestas fueron rechazadas y continuó intentando quitarme lo que tenía en las manos.
—Basta, Lein —estaba por empujarlo, pero alcanzó el recipiente y cuando hice un movimiento en falso, lo soltó bruscamente—. Mierda.
Ambos dejamos de forcejear cuando el frasco se desplomó en pedazos de vidrio sobre el suelo y durante unos segundos hubo un silencio adormecedor en el laboratorio. El profesor dejó de escribir en la pizarra, y cuando las miradas de los demás se posaron en nuestra mesa, contuve la respiración deseando tener algún tipo de poder para revertir la vergonzosa escena. Los murmullos y risitas de mis compañeros solo aumentaron el ardor que se había apoderado de mis mejillas.
Estúpido Lein.
Lo fulminé con la mirada, queriendo quitarle la sonrisa burlona del rostro. El profesor llegó hasta nosotros y se cruzó de brazos mientras observaba el suelo.
—¿Qué sucedió aquí? —preguntó con indignación. Me contuve en decirle que era bastante obvio, pero debía referirse a quién era el responsable.
No me sorprendió cuando Lein se quedó callado, solamente me observó insinuando que él no diría nada.
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