La hija que no sabías que era tuya

La hija que no sabías que era tuya

AJ Corea

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Capítulo

Tras criar en secreto a su hija durante cinco años, el poderoso CEO Alexander Blake decide alejarla por seguridad, ante una amenaza que podría alcanzarla. Para protegerla, encarga a su asistente encontrar una niñera de origen humilde, lejos del mundo que él conoce, sin revelar quién es la niña ni quién es su padre. La elegida es Isabella, una mujer con una nueva identidad que acepta el trabajo sin saber que cuidará a su propia hija, la misma que le fue arrebatada al nacer. Mientras Alexander enfrenta los peligros que lo rodean, Isabella y Lia forjan un lazo profundo... sin imaginar la verdad que está a punto de salir a la luz.

Capítulo 1 El encierro

El silencio tenía peso. Un peso denso, frío, casi físico. Caía sobre los hombros de Isabella como una sábana mojada, envolviéndola en un letargo insoportable. Llevaba semanas -o tal vez meses- sin escuchar una voz que no fuera mecánica, desprovista de humanidad. Allí, en esa habitación blanca y sin tiempo, el mundo se había reducido a cuatro paredes, una cama dura, un lavabo y una puerta que solo se abría para alimentar su cuerpo... nunca su alma.

No sabía con exactitud cuántos días llevaba allí. El reloj en la pared no tenía manecillas, una crueldad simbólica que la mantenía atrapada en una especie de eternidad suspendida. No había ventanas, ni cambios en la luz, ni noches que la llevaran al consuelo del sueño. Solo esa iluminación constante, artificial, que le raspaba los ojos y la obligaba a vivir bajo una claridad sin consuelo.

Los primeros días gritó. Se golpeó contra la puerta, rompió platos, insultó a las sombras que la vigilaban tras las cámaras. Luego lloró. Lloró hasta que sus lágrimas se secaron y su voz se volvió ronca, hueca, vacía. Después llegó el silencio. Un silencio que ya no era impuesto, sino elegido. Había comprendido que sus palabras no tenían destino, que nadie escuchaba, y que si lo hacían, no les importaba.

La única compañía constante era su cuerpo, hinchado por la vida que crecía dentro de él.

Su hija.

-Aguanta un poco más -susurraba Isabella, acariciándose el vientre con movimientos lentos, casi rituales-. Mamá está aquí... y te va a proteger.

Mentiras piadosas. Porque ni siquiera podía protegerse a sí misma.

La idea de convertirse en madre había llegado como un rayo de luz, un milagro inesperado. Cuando Alexander le confesó que quería quedarse con el bebé, que a pesar de todo no le importaban las reglas de su familia ni los rumores, ella le creyó. Le creyó cuando dijo que lucharían juntos, que nadie los separaría, que su amor -ese que construyeron entre susurros en ascensores y miradas cómplices entre reuniones- era suficiente.

Pero Alexander no estaba allí.

En su lugar, apareció su padre.

Un hombre con el alma de hierro y una mirada que congelaba la sangre.

-¿De verdad creíste que una cualquiera como tú se quedaría con un Blake? -le dijo aquel día, sentado frente a ella como si firmara la sentencia de un juicio.

Intentó hablar, defenderse, nombrar a Alexander. Pero fue inútil. Ya estaba decidido. La separación, el encierro, el borrado sistemático de su existencia.

Isabella no supo cuándo la drogaron. Solo despertó aquí, con ropa limpia, sin teléfono, sin su bolso, sin documentos. No sabía en qué país estaba. No sabía si Alexander la estaba buscando, si siquiera sabía la verdad. Porque si lo sabía... ¿por qué no había llegado?

-¿Por qué no viniste? -susurraba a la nada, al techo, al aire-. ¿Por qué no me salvaste?

El embarazo avanzaba lento, como si el tiempo se burlara de ella. Sentía los cambios en su cuerpo con brutal intensidad: el cansancio, los mareos, los calambres nocturnos, la necesidad desesperada de afecto. A veces tenía alucinaciones: oía la voz de Alexander murmurando su nombre, sentía sus manos rozando su piel, imaginaba que abría la puerta con furia y la rescataba.

Pero luego abría los ojos... y todo seguía igual.

Los guardias -o enfermeros, o lo que fueran- nunca hablaban más de lo necesario. Uno de ellos, de cabello canoso y gesto duro, parecía estar a cargo. A veces se quedaba mirando su vientre, como si le pesara lo que hacía. Pero nunca intervenía. Era cómplice por omisión.

Una tarde, mientras comía en silencio, escuchó por primera vez algo distinto: pasos apresurados, un tono urgente más allá de la puerta, voces que discutían. No entendió las palabras, pero supo que algo se acercaba. Algo definitivo.

La bebé se movió dentro de ella con fuerza. Una patadita. Como si presintiera el cambio. Isabella se aferró al borde de la mesa, cerrando los ojos.

-Tranquila, mi amor. No te van a quitar de mí. No esta vez.

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