Diosa de Muerte: Deuda de Sangre

Diosa de Muerte: Deuda de Sangre

Bei Jin

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Capítulo

Era la noche de la celebración de la cosecha en la hacienda De la Vega, el aire denso con el aroma del agave cocido y la silenciosa tensión de mi embarazo. Yo, Sofía Ramírez, experta bioquímica, había resucitado el imperio de mi esposo, Alejandro, con mi fórmula secreta, y ahora esperaba a nuestro hijo. Pero en medio del jolgorio, un escalofrío: vi a Alejandro escabullirse hacia la habitación de su prima, Isabella. Un grito ahogado, un estruendo de cristal, y luego un dolor agudo me partió el vientre, anunciando un parto prematuro y la devastadora traición. El mundo se me vino encima mientras me desangraba; el médico, por orden de Doña Elena, priorizó el rasguño de Isabella. Perdimos al bebé. Para apoderarse de mi fórmula, tramaron una histerectomía encubierta, dejándome estéril para siempre. Luego acusada de fraude, descubrí la verdad más atroz: mi hijo había nacido vivo, solo para ser asfixiado por órdenes de la matriarca, y sus cenizas molidas para un amuleto de Isabella. ¿Cómo pudo el hombre que amaba cometer tal barbarie? ¿Cómo pudo mi propia carne convertirse en su herramienta de tortura y humillación? El dolor era insoportable, la injusticia me consumía, y la pregunta resonaba: ¿qué clase de amor era este? Pero de esos escombros de traición y pérdida, de cada lágrima y cada cicatriz, nació una resolución fría como el acero. Sofía Ramírez, la inocente, había muerto. Y de sus cenizas, había emergido una fuerza implacable, lista para cobrar una deuda de sangre.

Introducción

Era la noche de la celebración de la cosecha en la hacienda De la Vega, el aire denso con el aroma del agave cocido y la silenciosa tensión de mi embarazo. Yo, Sofía Ramírez, experta bioquímica, había resucitado el imperio de mi esposo, Alejandro, con mi fórmula secreta, y ahora esperaba a nuestro hijo.

Pero en medio del jolgorio, un escalofrío: vi a Alejandro escabullirse hacia la habitación de su prima, Isabella. Un grito ahogado, un estruendo de cristal, y luego un dolor agudo me partió el vientre, anunciando un parto prematuro y la devastadora traición.

El mundo se me vino encima mientras me desangraba; el médico, por orden de Doña Elena, priorizó el rasguño de Isabella. Perdimos al bebé. Para apoderarse de mi fórmula, tramaron una histerectomía encubierta, dejándome estéril para siempre. Luego acusada de fraude, descubrí la verdad más atroz: mi hijo había nacido vivo, solo para ser asfixiado por órdenes de la matriarca, y sus cenizas molidas para un amuleto de Isabella.

¿Cómo pudo el hombre que amaba cometer tal barbarie? ¿Cómo pudo mi propia carne convertirse en su herramienta de tortura y humillación? El dolor era insoportable, la injusticia me consumía, y la pregunta resonaba: ¿qué clase de amor era este?

Pero de esos escombros de traición y pérdida, de cada lágrima y cada cicatriz, nació una resolución fría como el acero. Sofía Ramírez, la inocente, había muerto. Y de sus cenizas, había emergido una fuerza implacable, lista para cobrar una deuda de sangre.

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