No Se Juega con el Agente Especial

No Se Juega con el Agente Especial

Tao Su

5.0
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Capítulo

Santiago Vargas odiaba las reuniones de exalumnos. Por insistencia de su amigo Javier, allí estaba, en un exclusivo club de campo de la Ciudad de México, su discreto Mastretta MXT, su "vehículo de servicio", desentonando entre Porsches y Mercedes. Apenas entró al salón, las miradas de juicio lo envolvieron. Ricardo "Ricky" Garza, el autoproclamado rey, lo abordó con desprecio: "¿Esa chatarra de ahí afuera es tuya, Vargas?" Y Valeria, su amor platónico de antaño, ahora una caricatura materialista, se burló: "¿Un burócrata de bajo nivel? ¿Cuánto te pagan?" La humillación no tardó en escalar. Ricky ofreció diez mil pesos por lamer sus zapatos, y Valeria, con una sonrisa cruel, sugirió que Santiago fuera su chófer. Cuando intentó irse, Ricky lo golpeó, su arrogancia inquebrantable. "¡Nadie se va de mi fiesta sin permiso!", gritó, y ordenó a sus amigos destrozar su coche. Una ira gélida y una resolución inquebrantable se apoderaron de Santiago. Mientras la multitud vitoreaba, él observaba con una calma peligrosa que los arrogantes no podían comprender, ignorantes de la verdad que yacía bajo el "coche barato". ¿Creían realmente que podían humillarlo así? Con una sonrisa casi imperceptible, Santiago susurró: "Hazlo, pues". Afuera, los palos de golf de titanio rebotaron inútilmente del Mastretta. En ese instante, y con los guardaespaldas sujetándolo, Santiago discretamente hizo una llamada telefónica, activando una secuencia de eventos que cambiarían la noche para siempre.

Introducción

Santiago Vargas odiaba las reuniones de exalumnos. Por insistencia de su amigo Javier, allí estaba, en un exclusivo club de campo de la Ciudad de México, su discreto Mastretta MXT, su "vehículo de servicio", desentonando entre Porsches y Mercedes.

Apenas entró al salón, las miradas de juicio lo envolvieron. Ricardo "Ricky" Garza, el autoproclamado rey, lo abordó con desprecio: "¿Esa chatarra de ahí afuera es tuya, Vargas?" Y Valeria, su amor platónico de antaño, ahora una caricatura materialista, se burló: "¿Un burócrata de bajo nivel? ¿Cuánto te pagan?"

La humillación no tardó en escalar. Ricky ofreció diez mil pesos por lamer sus zapatos, y Valeria, con una sonrisa cruel, sugirió que Santiago fuera su chófer. Cuando intentó irse, Ricky lo golpeó, su arrogancia inquebrantable. "¡Nadie se va de mi fiesta sin permiso!", gritó, y ordenó a sus amigos destrozar su coche.

Una ira gélida y una resolución inquebrantable se apoderaron de Santiago. Mientras la multitud vitoreaba, él observaba con una calma peligrosa que los arrogantes no podían comprender, ignorantes de la verdad que yacía bajo el "coche barato". ¿Creían realmente que podían humillarlo así?

Con una sonrisa casi imperceptible, Santiago susurró: "Hazlo, pues". Afuera, los palos de golf de titanio rebotaron inútilmente del Mastretta. En ese instante, y con los guardaespaldas sujetándolo, Santiago discretamente hizo una llamada telefónica, activando una secuencia de eventos que cambiarían la noche para siempre.

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Fui despedida el día en que un aguacero torrencial inundó la ciudad. Mi jefe me miraba con decepción, como si fuera la culpable de todos los males del mundo. A su lado, Laura, la pasante, lloraba con ojos rojos e hinchados, sus hombros temblaban en una actuación digna de un Oscar. "Ximena, no puedo creer que hayas intimidado a Laura y saboteado la propuesta del cliente" , dijo mi jefe, su voz grave y distante. Ricardo, mi novio y colega, la persona en quien más confiaba, asintió lentamente, sin mirarme a los ojos: "Sí, jefe. Vi cómo Ximena le gritaba a Laura. Y el archivo del proyecto… Ximena fue la última en modificarlo" . Sentí un frío glacial recorrerme la espalda. Era la traición, pura y helada. Laura, con solo un mes en la empresa, tenía una habilidad sobrenatural para torcer la realidad, diciendo las mentiras más descaradas con la cara más inocente. Yo, que intenté ser su mentora, me convertí en su víctima. "No es cierto" , susurré, pero mi voz era débil. Laura sollozó más fuerte: "Ximena, sé que no te agrado… pero no pensé que llegarías a esto para deshacerte de mí" . "Recoge tus cosas, Ximena" , ordenó el jefe con frustración. Esa noche, la depresión me golpeó con la fuerza de un tren. Perdí mi trabajo, mi reputación y al hombre que amaba, todo en un solo día. Mi nombre estaba manchado en la industria, Ricardo dejó de contestar mis llamadas. Me hundí en un pozo oscuro del que no parecía haber salida. Y entonces, una mañana, abrí los ojos. La luz del sol se filtraba por mi ventana, cálida y brillante. No había nubes de tormenta en el cielo. Tomé mi celular: la fecha me dejó sin aliento. Era el día en que Laura, la pasante, llegó a la empresa. Había regresado. No sabía cómo ni por qué, pero me habían dado una segunda oportunidad. Una sonrisa lenta y fría se dibujó en mis labios. Esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, no sería la víctima. Esta vez, ellos pagarían.

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