La Venganza de la Bailaora

La Venganza de la Bailaora

Gui Chen

5.0
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Capítulo

El olor a madera quemada y desesperación llenaba el aire, pegándose a mi piel como miedo. Mi prima Yolanda gritaba desde el tablao en llamas, y Máximo Castillo, el torero que me despreciaba, intentaba liberarse de mi agarre. En otra vida, lo retuve, mi muñeca se rompió, mi carrera de castañuelas terminó, y Yolanda murió. Él me culpó, me obligó a casarme y, en la Feria de Abril, me ahogó en vino tinto mientras sus ojos fríos me veían expirar. Ese recuerdo de la asfixia, del peso de su odio, me devolvió al presente. Todo era idéntico: el humo, el calor, sus mismas desesperadas palabras. ¿Había vuelto para vivir la misma pesadilla, para morir de nuevo a manos de quien creí amar? Esta vez no, esta vez sería diferente; mi venganza no sería ruidosa, sino un fuego lento que los devoraría a todos. Con una calma que me sorprendió, abrí mi mano y lo solté. «Ve», susurré, «Sálvala». Máximo se lanzó a las llamas, ciego por el amor de una mujer que no lo merecía, sin saber que acababa de entrar en mi más cruel obra maestra.

Introducción

El olor a madera quemada y desesperación llenaba el aire, pegándose a mi piel como miedo.

Mi prima Yolanda gritaba desde el tablao en llamas, y Máximo Castillo, el torero que me despreciaba, intentaba liberarse de mi agarre.

En otra vida, lo retuve, mi muñeca se rompió, mi carrera de castañuelas terminó, y Yolanda murió.

Él me culpó, me obligó a casarme y, en la Feria de Abril, me ahogó en vino tinto mientras sus ojos fríos me veían expirar.

Ese recuerdo de la asfixia, del peso de su odio, me devolvió al presente.

Todo era idéntico: el humo, el calor, sus mismas desesperadas palabras.

¿Había vuelto para vivir la misma pesadilla, para morir de nuevo a manos de quien creí amar?

Esta vez no, esta vez sería diferente; mi venganza no sería ruidosa, sino un fuego lento que los devoraría a todos.

Con una calma que me sorprendió, abrí mi mano y lo solté.

«Ve», susurré, «Sálvala».

Máximo se lanzó a las llamas, ciego por el amor de una mujer que no lo merecía, sin saber que acababa de entrar en mi más cruel obra maestra.

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El aire del hospital olía a desinfectante y a desgracia, pero mi determinación era de acero al empujar la puerta de la habitación de Camila. Dentro, encontré a Ricardo, mi esposo, susurrando dulzuras a Camila, una delicadeza que nunca me había dedicado a mí. Mi entrada interrumpió la escena, y su rostro se endureció: "¿Qué haces aquí, Sofía? ¿No te dije que te quedaras en casa?". No pude más: "¿Que qué hago aquí? ¡Todo el mundo dice que fui yo, que a mí me atacaron, que el bebé que espero es una vergüenza, un bastardo!". Él me calló, protegiéndola a ella: "Baja la voz, vas a alterar a Camila". Mi ira estalló: "¿Alterarla a ella? ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de tu esposa y de tu hijo? ¡Tu hijo, Ricardo!". Entonces, me soltó la frase que lo cambió todo: "Camila es diferente. Ella aún no está casada. Un escándalo así arruinaría su vida". Me quedé helada, buscando al hombre con el que me casé, pero solo encontré a un extraño con ojos de hielo. "¿Y yo?", susurré, incapaz de creerlo. "¿A mí sí me puede caer toda la mierda encima? ¿Mi reputación no importa? ¿La de tu hijo tampoco?". "Tú eres más fuerte, Sofía. Tú puedes con esto", respondió él, desviando la mirada. En ese instante, algo se rompió dentro de mí para siempre. Lo miré, al hombre que había destruido mi vida para proteger a otra. "Bien", dije, mi voz extrañamente serena. "Ya que mi reputación no importa, y la de este bebé tampoco... entonces no hay razón para que nazca en este infierno". Una chispa de pánico apareció en sus ojos: "¿De qué estás hablando?". "Del aborto", dije, cada sílaba afilada. "Voy a abortar, Ricardo. No voy a traer a un hijo a un mundo donde su propio padre lo usa como escudo para proteger a su amante". Me di vuelta y salí de esa habitación, dejando atrás el olor a traición y los restos de mi vida hecha pedazos.

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