No Más La Ingenua Sofía

No Más La Ingenua Sofía

Demetris Ardolino

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Capítulo

Me casé con Marco Velasco, el hombre guapo y encantador que prometió ser mi salvación. La empresa de mi padre estaba al borde de la quiebra, y yo, Sofía, era la ofrenda. Pero esa noche de bodas, la que debía ser la más feliz de mi vida, se convirtió en una pesadilla de drogas y horror. Marco, mi esposo, me entregó a sus amigos, riendo mientras me violaban brutalmente. Cuando desperté, estaba sola, rota, y pronto descubrí que estaba embarazada. Mi vientre creció, pero no con alegría, sino con vergüenza y el implacable desprecio de Marco. Me encerró y me trató como a una prisionera hasta el día de mi parto. Di a luz entre gritos de agonía, sola, abandonada, sintiendo cómo la vida se me escapaba. Morí en esa fría cama de hospital, con el sonido de un bebé que apenas escuché, y la imagen de mi tío político, Ricardo, el único que me había ofrecido amabilidad, grabada en mi mente. Pero la oscuridad no duró. Abrí los ojos y me encontré de nuevo en el día de mi boda, sana y vestida de blanco. Marco, el monstruo que me había destruido, entró sonriendo, listo para besarme, ajeno a mi infierno vivido. Pero esta vez, el juego había terminado. Lo miré, y la dulzura ingenua se había desvanecido, reemplazada por el gélido frío de la tumba de la que acababa de regresar. No más la ingenua Sofía; ahora, el infierno lo viviría él.

Introducción

Me casé con Marco Velasco, el hombre guapo y encantador que prometió ser mi salvación.

La empresa de mi padre estaba al borde de la quiebra, y yo, Sofía, era la ofrenda.

Pero esa noche de bodas, la que debía ser la más feliz de mi vida, se convirtió en una pesadilla de drogas y horror.

Marco, mi esposo, me entregó a sus amigos, riendo mientras me violaban brutalmente.

Cuando desperté, estaba sola, rota, y pronto descubrí que estaba embarazada.

Mi vientre creció, pero no con alegría, sino con vergüenza y el implacable desprecio de Marco.

Me encerró y me trató como a una prisionera hasta el día de mi parto.

Di a luz entre gritos de agonía, sola, abandonada, sintiendo cómo la vida se me escapaba.

Morí en esa fría cama de hospital, con el sonido de un bebé que apenas escuché, y la imagen de mi tío político, Ricardo, el único que me había ofrecido amabilidad, grabada en mi mente.

Pero la oscuridad no duró.

Abrí los ojos y me encontré de nuevo en el día de mi boda, sana y vestida de blanco.

Marco, el monstruo que me había destruido, entró sonriendo, listo para besarme, ajeno a mi infierno vivido.

Pero esta vez, el juego había terminado.

Lo miré, y la dulzura ingenua se había desvanecido, reemplazada por el gélido frío de la tumba de la que acababa de regresar.

No más la ingenua Sofía; ahora, el infierno lo viviría él.

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Mi vida era un campo de agave azul, el legado de mi padre, cultivado con sudor y amor, prosperando junto a mi hermano menor, Yuze. Éramos inseparables, su inocencia mi mayor tesoro, su seguridad mi única misión. Pero el mal acechaba, y llegó no en la oscuridad de la noche, sino a plena luz del día, con la brutalidad de la impunidad. Los hijos de los caciques del pueblo, sedientos de nuestra tierra, masacraron a Yuze; su rostro, antes vibrante de juventud, se convirtió en una masa irreconocible de sangre y heridas, una cicatriz imborrable. Busqué justicia, pero las puertas se cerraron. La policía, comprada, se encogió de hombros, hablando de "peleas de jóvenes", mientras las risas de los culpables resonaban desde sus camionetas de lujo, empujándome de la comisaría, humillada, con mi hermano gimiendo de dolor en la cama y la amenaza de perder nuestro hogar. ¿Cómo era posible tanta injusticia? ¿Cómo podían escapar impunes, riéndose de nuestro dolor, de nuestra desesperación? ¿Qué clase de país permitía que los poderosos pisotearan a los inocentes sin consecuencias? La impotencia me ahogaba, cada lágrima una gota de veneno. Entonces, recordé las últimas palabras de mi padre: "Hija, si alguna vez la ley te falla, busca en el corazón del viñedo. Allí dejé nuestra última defensa." Encontré un mapa, con una nota para el Jefe de la Policía Federal. No había vuelta atrás. Con mi hermano a cuestas, viajé a la capital. Mi historia, difundida por los medios, atrajo la atención de quienes me arruinaron. Me rodearon, riéndose, el líder arrancando el mapa. "Perr@ estúpid@", me dijo. Él no sabía que sus palabras de burla, el mapa roto, la violencia: todo eso eran los catalizadores de mi sed de venganza.

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