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—Mira, ahí está otra vez —soltó Leo mientras dejaba salir una sonrisa retorcida, llevó el cigarro a su boca—. Puto de mierda, ¿qué hace?
Anna llevó sus ojos color miel hasta la cancha de fútbol.
—Recoge las bolsas —respondió con tono aburrido, quitó al joven el cigarro de la boca y le dio un sorbo—, es el Señor Perfecto: siempre quiere que los demás lo vean haciendo sus mierdas de niño bueno.
—Ayer lo vi con una biblia predicando en la calle detrás de mi casa —Leo soltó una carcajada ronca—. Necesita que una mujer de le una buena follada para que reaccione.
—¡Puff…! —Anna le pasó el cigarro— a ese no se lo folla ni la gorda de la tienda.
—Mary dice que gusta de él, —chistó el joven— dice que le encantaría ser la privilegiada que lo haga mojar, ¿puedes creerlo?
—Eso lo dice porque apenas hace dos semanas abrió las piernas —fanfarroneó Anna mientras ponía los ojos en blanco—, está estrenando su vagina, por eso dice estas maricadas.
—Sí… ella no le enseñaría mucho —Leo soltó una gran carcajada—, él lo que necesita es a una potra como tú —le dio una palmada en el muslo derecho que dejaba ver su corta falda colegiala—. ¿A que no te gustaría darle una buena follada para que se le quite lo gay?
—Deja de decir mierdas —gruñó la chica—, ¿me ves cara de qué?
—Pues de puta —Leo soltó una carcajada más grande—, ¿a que no te gustaría llevarte a la cama a un virgen?
Anna puso los ojos en blanco y dejó salir un bufido. Ahí estaba otra vez Leo sacando burradas de su garganta.
—A ese tipo ni soy capaz de masticarlo —gruñó la chica—. Por su culpa me suspendieron y la vieja de mate no me dejó repetir el examen del segundo periodo.
—¿Otra vez esa vieja? —Leo aventó el cigarro que cayó debajo de la grada—, te la tiene montada.
—Sí, por su culpa voy a terminar repitiendo este año —soltó Anna con tono aburrido—, cómo me gustaría salirme de esta mierda y no volver.
—Puedes hacerlo.
—Claro que no, será para que mi mamá me mate.
—Podemos irnos a vivir juntos —sugirió Leo.
Un gran silencio invadió a la pareja. Anna humedeció sus labios y posó su mirada en el joven que recogía la basura de la cancha de fútbol y la introducía en una bolsa de basura color negra.
Ella sabía que la idea de Leo no era nada buena, podía ser alguien que no le importara mucho las clases, pero sí le interesaba el lugar donde viviría y sabía que Leo no era la mejor opción si de vivir se trataba. Aquel joven estaba peor que ella.
—¿Por qué siempre te quedas callada cuando te digo que vivamos juntos? —preguntó Leo.
Anna dejó salir un suspiro y notó que el joven que recogía la basura la estaba observando en aquel momento.
—El Señor Perfecto ya nos está mirando —dijo—, mejor larguémonos, no sea que corra a acusarnos con el calvo del rector.
—¿En serio le tienes miedo a ese idiota? —soltó Leo con un tono burlón.
—Claro que no le tengo miedo —refutó mientras fruncía el ceño—, sólo que no quiero problemas.
—¡Qué va!, le tienes miedo al puto de Víctor —Leo volvió a soltar una risa ronca—. Eres una miedosa.
Anna tomó una gran bocanada de aire, estuvo a punto de escupir las verdades en la cara de su novio, pero sabía que él sólo seguiría molestándola con el tema de aquel joven que ese año se había vuelto su dolor de cabeza.
—A que no eres capaz de follártelo —dijo de repente Leo con una sonrisa torcida, respingó una ceja—. ¿Ves? Le tienes miedo.
—Claro que no le tengo miedo —soltó Anna con tono serio—. Soy capaz de hacerlo lamer mis pies si se lo pido.
—¿Ah sí? —Leo volvió a carcajear burlonamente.
Anna apretó con mucha fuerza su mandíbula hasta que sus dientes rechinaron.
—Ya verás, me lo voy a follar —se levantó de la grada—. Lo voy a traer arrastrado.
—Claro —soltó Leo—, primero debes convencerlo de que no es obligación casarse para tener sexo —volvió a carcajear.
En aquel momento sonó el timbre que anunciaba el fin del descanso y el comienzo de las clases. Anna bajó de las gradas con un semblante bastante serio.
—¡Anna! —escuchó que gritaron desde las gradas.
Volteó a ver y vio a Leo de pie.
—¡Dile que no te la eche adentro! —soltó.
La joven entreabrió sus labios y soltó un jadeo al no poder creer que aquel joven acababa de gritar aquello. Lentamente volteó un poco su mirada hasta donde se encontraba Víctor terminando de recoger la basura.
Dio media vuelta con sus talones y comenzó a salir con rapidez del patio del instituto para dirigirse a su siguiente clase. Al llegar, caminó hasta el fondo y se sentó en el puesto que sabía nadie utilizaba, ya que desde allí no se podía ver bien el tablero. Dejó salir un bostezo mientras se cruzaba de piernas y dejaba que el enojo se disipara en su pecho.
Poco a poco, los estudiantes comenzaron a tomar sus puestos y el bullicio consumió el salón de clases.
Anna no se relacionaba con su clase, sus amigos estaban por fuera del colegio. Su madre hace un año la había cambiado de colegio en un intento desesperado por hacer que su hija se graduara y pisara una universidad.
Se podría decir que a Anna sí se le estaba haciendo difícil el poder escaparse del colegio y no hacer lo que siempre estaba acostumbrada a hacer: nada. El instituto San José era conocido por ser uno de los más estrictos, los horarios de estudio se extendían hasta las cuatro de la tarde y los estudiantes debían estudiar todo el tiempo para poder ganar los exámenes.
Desde que Anna entró a estudiar allí, se volvió un dolor de cabeza el ir a clases, el tener que soportar al presidente del consejo estudiantil, Víctor, con quien en ya muchas ocasiones había discutido y lo aborrecía en gran manera. Lamentablemente, debía soportarlo todo el día: estudiaban juntos.
Anna vio entrar al joven: ahí estaba, con su uniforme perfectamente planchado, los zapatos relucientes y con aquella sonrisa rosada que siempre cargaba en el rostro. Saludó a todos sus compañeros y después se acercó al escritorio del profesor donde reposaban unos papeles.
—La profesora de matemática tuvo que ausentarse por problemas de salud —informó—, pero dejó los talleres que debemos realizar y entregar al finalizar su clase. Por favor, hagan grupos de dos.
Víctor tomó los papeles y volteó a ver a toda la clase, sus compañeros estaban rodando los pupitres para agruparse en binas por todo el lugar. La única que estaba sin pareja era Anna, quien, con un rostro de aburrición, rayaba la parte de atrás de su libreta con un esfero.
—Anna —llamó Víctor—, ¿no harás el taller?
—¿Acaso ves a alguien libre? —Preguntó ella respingando una ceja—, ¿eres ciego? Lo hago sola.
Víctor inspiró profundamente y empezó a entregar los talleres a sus compañeros. Para el joven, el tener que estudiar con Anna en su último año escolar era todo un desafío, ella a todo momento lo estaba provocando. Por su culpa tuvo varios problemas en la institución y su rutina diaria que antes era bastante tranquila y con pocos problemas, se volvió un reto diario, una prueba para ver cuánta paciencia tenía en su interior.
Al terminar de entregar los talleres, se acercó con su hoja de trabajo hasta donde se encontraba Anna y se sentó en un pupitre frente a ella.
—¿Qué mierda intentas hacer? —preguntó Anna en un gruñido.
—Yo tampoco tengo pareja —respondió Víctor—, podemos hacerlo juntos. ¿No te gustaría tener una buena nota en matemática? Sé que la necesitas.
Anna dejó salir un suspiro, se echó en el espaldar de la silla y cruzó sus brazos mientras observaba a Víctor marcar la hoja con sus nombres.
Al tenerlo bastante cerca, pudo observar el rostro blanco de Víctor, sus mejillas estaban un poco sonrosadas, sus pestañas largas remarcaban una mirada profunda y bastante seria que estaba concentrada en resolver los ejercicios de la hoja de papel.
Debía aceptarlo, Víctor no era nada feo, el problema radicaba en ese aire de perfeccionismo que llevaba a todas partes. Quería que todo se hiciera a su manera y no soportaba a las personas como Anna.
—Resuelve el segundo —dijo Víctor de repente.
—¿Ah? —soltó la chica arrugando su entrecejo.
—¿No viste cómo hice el primero? —Inquirió Víctor—, has lo mismo con el segundo.
—No vi lo que hiciste —soltó ella con desdén, dejó salir un suspiro.
Víctor la observó fijamente, después bajó la mirada hasta la hoja de papel.
—Bien, te explico —dijo el joven.
“Ay, no… ¿es en serio?” Pensó Anna mientras tornaba su mirada más aburrida que antes.
A la salida de clases, la profesora Margarita entró al salón al momento en que los estudiantes recogían sus libros.
—Anna Miller —llamó.
La joven alzó la mirada de su celular y puso los ojos en blanco, ahí estaba nuevamente su tormento.
—Ven un momento, por favor —pidió con voz calmada, después, salió del salón con su paso elegante.
.
.
Las manos de Anna jugaban entre sí, sudorosas y temblorosas. Tragó en seco y sus ojos viajaron hasta el reloj de madera colgado en la pared blanca detrás de la profesora Margarita.
—Estamos comenzando tercer periodo —informó la mujer— y has reprobado la mayoría de las materias. ¿Sabes lo que eso significa, Anna? —Hizo una pausa—. A este ritmo no vas a poder graduarte.
La profesora Margarita observó fijamente el rostro alicaído de Anna, aquella mirada distante e inexpresiva.
—Sé que podrías ser una muy buena estudiante —soltó con tono más amable—, pero necesito que tú también lo creas. Anna, no cualquier estudiante puede ingresar en esta institución, tu madre luchó mucho para que pudieras ser admitida, las universidades estarán a tu alcance si te gradúas en el San José con buenas notas, todavía tienes tiempo.
Se escuchó que tocaron a la puerta de la oficina.
—Adelante —informó la profesora.
—Buenas tardes —se escuchó la voz de un joven.
Anna reconoció al momento que se trataba de Víctor. Su suerte no podía ser peor. En la mirada de la profesora Margarita apareció un destello de emoción que intentó disimular.
—Profesora, aquí están los trabajos —dijo Víctor mientras se acercaba al escritorio.
Anna rodó un poco la mirada a su derecha, donde estaba Víctor dejando sobre el escritorio de madera oscuro una pila grande de carpetas blancas. Su rostro se veía algo pálido y cansado; Víctor era el típico estudiante que no era capaz de decir no, el mismo que estaba en todas partes ayudando a los demás y quien, aunque tenía semblante serio, al hablar mostraba su lado amable y algo dulce.
—Víctor, necesito que me ayudes en otra cosita —dijo la profesora mientras comenzaba a mostrar una sonrisa.
—Claro, —aceptó el joven— ¿qué necesita?
La profesora miró por unos segundos a Anna y después a Víctor.
—Necesito que ayudes a Anna, le expliques los temas que no entienda y también a ponerse al día con los trabajos que deba entregar… —volvió a mirar a Anna—. En pocas palabras, que la pongas al día con todas las clases.
Los labios de Víctor comenzaron a separarse, pero se obligó a mantener un rostro calmado, sin embargo, sus ojos fueron necios y se posaron en la joven a su lado.
—Claro, —aceptó— aunque creo que ella debe estar de acuerdo en quedarse un tiempo extra en el colegio para que yo pueda ayudarla.
La profesora Margarita llevó una mano hasta el extremo del escritorio y le dio dos palmaditas a las manos entrelazadas de Anna.
—Claro que te vas a quedar, ¿verdad? —Amplió mucho más su sonrisa—, Anna quiere alzar sus notas, se va a graduar y hará el examen de admisión a la universidad, ¿verdad?
Anna no podía respirar, la conmoción dentro de ella tenía su mente en blanco. Parpadeó dos veces y después bajó su mirada hasta sus manos, donde la bronceada y venosa mano de la profesora Margarita estaba creando calor en las suyas.
—¿Podrían comenzar ahora mismo? —Preguntó la mujer mientras apartaba su mano de la chica y alzaba la mirada a Víctor—, ¿o tienes cosas que hacer? Mañana será el examen de química y no me gustaría que Anna tenga una mala nota, sería bastante grave que comience el tercer periodo con un veinte por ciento de la nota perdida, no en mi materia.
—Bueno… —Víctor titubeó por un momento— debo ir a la iglesia, pero puedo llegar un poco tarde.
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