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Era Catalina del Valle, la periodista rebelde de una dinastía política. Mi único escape era una aventura secreta y apasionada con Alejandro Cienfuegos, un poderoso CEO tallado en hielo y pura lógica. Él me llamaba su "hermoso desastre", una tormenta contenida entre las paredes de su penthouse.
Pero nuestra aventura estaba construida sobre una mentira. Descubrí que solo me estaba "domando" como un favor para otra mujer, Camila, la frágil hija del jefe de gabinete de mi padre, con quien tenía una deuda impagable.
Él la eligió públicamente a ella por encima de mí, secando sus lágrimas con una ternura que nunca me mostró. La protegió, la defendió, y cuando un depredador me acorraló, me abandonó para correr a su lado. La traición definitiva llegó cuando me mandó a la cárcel para que me dieran una paliza, siseando que necesitaba "aprender la lección".
El golpe final llegó durante un accidente de auto. Sin dudarlo un segundo, se arrojó frente a Camila, protegiéndola con su cuerpo y dejándome a mí sola para enfrentar el impacto. Yo no era su amor; era un estorbo que estaba dispuesto a sacrificar.
Rota en la cama de un hospital, finalmente lo entendí. No era su hermoso desastre; era su tonta. Así que hice lo único que podía hacer. Le prendí fuego a su mundo perfecto, acepté la propuesta de matrimonio de un amable multimillonario que me prometió paz y me marché para empezar una nueva vida, dejando atrás las cenizas de nuestro amor.
Capítulo 1
Catalina del Valle era una paradoja.
Para el público, era la carta impredecible de la dinastía política de los Del Valle, una periodista de investigación cuyo nombre en los titulares era una fuente constante de ansiedad para su padre, el Senador Damián del Valle. Era brillante, rebelde y un problema.
En las sombras, en el silencio estéril de un penthouse con vistas a la Ciudad de México, era otra persona. Aquí, era un secreto, una pasión, una tormenta contenida dentro de las cuatro paredes del mundo de Alejandro Cienfuegos.
Alejandro Cienfuegos, CEO de la monolítica firma de seguridad tecnológica, Cienfuegos Systems, era un hombre hecho de hielo y lógica. Su poder era controlado, sus emociones una bóveda cerrada con llave. Era todo lo que mi familia representaba, pero era un hombre completamente independiente.
Nuestra aventura era tórrida y desesperada, un choque de dos mundos que nunca debieron encontrarse. Era mi único escape.
Y estaba a punto de terminar.
Catalina yacía en su cama, la luz de la mañana filtrándose por los ventanales. Planeaba destruir a un hombre que su padre necesitaba, un líder sindical corrupto cuya caída arruinaría el último proyecto de ley del Senador. Era una buena historia. También era una declaración de guerra contra su propia familia.
Lo observó mientras se vestía. El suave algodón de su camisa fue reemplazado por la tela almidonada y rígida de su atuendo de trabajo. La transformación siempre era rápida, el amante desaparecía y el CEO se materializaba en su lugar.
—Quédate —dijo ella, la palabra una suave súplica en la habitación silenciosa.
Él no se giró. Simplemente se acomodó la corbata, usando el oscuro ventanal como espejo.
—Tengo una junta del consejo a las siete.
—Cancélala.
Finalmente se volteó, su rostro indescifrable.
—Sabes que no puedo hacer eso.
El rechazo fue un dolor familiar. Lo vio recoger su maletín, sus movimientos precisos y económicos. No hubo un beso de despedida, ni un roce prolongado. Nunca lo había.
—Alejandro —intentó de nuevo, un nudo de desesperación apretándose en su estómago.
—Hablamos más tarde —dijo, y luego se fue. La puerta se cerró con un clic, dejándola sola en el vasto y vacío espacio. Más tarde. Sus promesas de "más tarde" eran fantasmas que nunca se materializaban.
El frío de la habitación se le metió hasta los huesos. No esperó. Tomó su propio teléfono y marcó al jefe de gabinete de su padre, su voz dura y clara.
—Dile a mi padre que acepto.
Hubo un momento de silencio atónito al otro lado de la línea.
—¿Tú... aceptas la propuesta de los Alcázar?
—Sí —dijo Catalina, con la mirada perdida—. La alianza matrimonial con Jaime Alcázar. Lo haré.
La oferta había estado sobre la mesa durante semanas, una maniobra política diseñada por el Senador del Valle para asegurar una donación masiva de campaña del solitario multimillonario tecnológico. Era una venta, y ella era el producto.
—Hay una condición —añadió, su voz bajando a un tono grave y peligroso.
—Lo que sea, Catalina. El Senador estará encantado.
—Quiero que se anuncie hoy. Esta mañana. Quiero que el comunicado de prensa salga en la próxima hora.
—Por supuesto —tartamudeó el hombre, loco de alegría—. Considéralo hecho.
Colgó, la finalidad de su decisión cayendo sobre ella como un sudario. Acababa de cambiar una jaula por otra.
Mientras recogía sus cosas, su mirada se posó en un segundo teléfono sobre la mesita de noche. El dispositivo personal de Alejandro. Nunca lo dejaba. Un pavor helado la invadió. Lo levantó. La pantalla se iluminó con un nuevo mensaje.
Era de Camila de la Torre.
El mensaje era simple, engañosamente dulce. "¿Estás bien, Alejandro? Escuché que ella estaba contigo. ¿Te dio problemas?".
Camila. La frágil hija del jefe de gabinete de su padre, con sus ojos de venado. La mujer con la que Alejandro tenía una deuda impagable. Años atrás, Camila había asumido la culpa de un escándalo de espionaje corporativo que habría destruido la carrera de Alejandro antes de que comenzara. Él había estado en deuda con ella desde entonces, un hecho que Camila aprovechaba con precisión quirúrgica.
La mente de Catalina retrocedió al mes anterior, cuando los guaruras de una fuente la habían golpeado mientras seguía una pista. Había aparecido en la puerta de Alejandro, magullada y temblando. Él la había mirado, su rostro una máscara de fría lógica, y le había dicho que tuviera más cuidado la próxima vez. Nunca le preguntó si le dolía.
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