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Mi cuñado murió en un accidente, y su viuda embarazada, Silvia, se mudó a mi casa. Al principio, creí que era mi deber como familia ayudarla en su duelo.
Pero pronto, mi esposo Enrique comenzó a tratarla como si fuera una reina, ignorándome por completo. Se convirtió en su sirviente personal, no en mi marido.
Le masajeaba los pies por la noche, la defendía cuando se quejaba de mi café en mi propia cocina y me ordenaba apagar la cafetera porque a ella le molestaba el olor.
La situación explotó cuando descubrí que Silvia había robado la pulsera de esmeraldas de mi difunta madre. Cuando la confronté, la dejó caer a propósito, haciéndola pedazos. Ciega de rabia, le di una bofetada.
Pero en lugar de defenderme a mí, su esposa, Enrique me empujó con una fuerza brutal. Caí y me corté el brazo con una mesa de cristal. Mientras la sangre corría, él corrió a consolar a Silvia.
Me gritó: "¡Estás loca! ¡Te voy a comprar otra! ¡Pero no vuelvas a tocarla!" .
En ese momento, mirando los pedazos de la herencia de mi madre en el suelo y la sangre en mi brazo, el amor que sentía por él murió. Tomé mi teléfono e hice una llamada.
"Chuy, trae a tu equipo a mi casa. Con mazos. Vamos a hacer una remodelación" .
Capítulo 1
La llamada llegó a las tres de la madrugada.
La voz del otro lado era la de mi suegro, Valerio, y sonaba rota.
Su hermano mayor, Roberto, había muerto en un accidente de coche.
En el funeral, el ambiente era pesado. Mi esposo, Enrique, se mantenía de pie como una estatua, con la mandíbula apretada. A su lado, su cuñada Silvia, ahora viuda, lloraba desconsoladamente.
Su llanto era silencioso pero constante, una presencia que llenaba cada rincón de la capilla.
Unos días después del funeral, la vi por primera vez en semanas.
Silvia estaba embarazada.
Llevaba un vestido negro y holgado, pero no podía ocultar su vientre de casi siete meses.
Enrique la miró, y en sus ojos vi una mezcla de dolor y una aplastante sensación de deber.
Esa noche, en nuestra casa, Enrique soltó la bomba.
"Silvia se mudará con nosotros" .
Lo dijo sin mirarme, mientras se servía un vaso de agua en la cocina.
"¿Qué? ¿Aquí? Enrique, esta es nuestra casa" .
"Es la viuda de mi hermano, Camila. Está sola y embarazada. Es mi deber cuidarla" .
Sentí una punzada de ira. La casa había sido un regalo de bodas de mi padre, un magnate inmobiliario de Monterrey. Era nuestro espacio, nuestro santuario.
"Puede quedarse en la casa de sus padres o en la de ustedes. Hay mucho espacio" .
"Sus padres murieron hace años, y mi mamá no se lleva bien con ella. Aquí estará más cómoda" .
No me dio opción. Al día siguiente, Silvia llegó con dos maletas.
Desde el primer día, su presencia fue invasiva.
Empezó con pequeñas cosas. Le pedía a Enrique que le abriera los frascos, que le alcanzara cosas de los estantes altos, siempre con una voz suave y desvalida.
"Enrique, ¿podrías ayudarme con esto? Es que con el embarazo, me canso tanto" .
Él corría a ayudarla, siempre solícito.
Una noche, estábamos viendo una película en la sala, acurrucados en el sofá. Era un raro momento de paz.
Silvia bajó las escaleras en pijama.
"Ay, no puedo dormir. Me duelen mucho los pies. Roberto siempre me los masajeaba" .
Miró a Enrique con los ojos llenos de lágrimas.
Me tensé, esperando que Enrique pusiera un límite.
No lo hizo.
"Ven, siéntate. Yo te ayudo" .
Se levantó y se sentó a los pies de Silvia, masajeando sus tobillos hinchados mientras ella suspiraba de alivio. Me quedé helada, viendo la escena. Él ni siquiera notó mi incomodidad.
Me levanté y me fui a la habitación sin decir una palabra.
Harta de la situación, llamé a mi padre, Justino Roda.
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