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Álvaro Duarte
-¿A dónde lo llevo, joven? -preguntó el taxista del aeropuerto, con un dejo de curiosidad en la voz.
-A la residencia de los Duarte, al norte, por favor. -Mi tono era firme y seguro. No hacía falta entrar en detalles; mi apellido hablaba por sí solo. Mi padre era un nombre conocido en la ciudad, propietario de una fábrica de asientos para automóviles que abastecía a Industrias Cazares, una de las empresas más importantes del país.
Era mi primera vez en la Capital después de diez largos años viviendo en el extranjero. Me sentía extraño, como si un vacío emocional se hubiese instalado en mi pecho. Si hubiese sido por mí, nunca habría regresado, pero mi padre fue insistente. Me recordó, una y otra vez, que la educación que me dio no era para que trabajara en una empresa extranjera, sino para que regresara a apoyar el negocio familiar.
Miré por la ventana del taxi, dejando que los recuerdos me asaltaran. Tenía quince años cuando mi madre falleció. Seis meses después, mi padre cometió el descaro de llevar a casa a una mujer que pronto se convirtió en su esposa. El rencor todavía me quemaba por dentro. Él parecía haber encontrado la felicidad mientras mi hermana Mara y yo nos ahogábamos en el dolor de haber perdido a nuestra madre.
Cerré los ojos y tragué saliva. Aún sentía el peso del recuerdo de ella: una mujer cariñosa y entregada. Su ausencia era una herida que nunca terminaba de cerrar. A veces me preguntaba si alguna vez podría superarla.
Damiana Torres. Su nombre me provocaba un sabor amargo en la boca. Había sido la secretaria de mi padre cuando mi madre falleció. Ahora, al ser mayor, no podía evitar pensar que su relación había comenzado mucho antes. Ese pensamiento me corroía por dentro. Fue por ella que le pedí a mi padre que me enviara al extranjero. No soportaba verla ocupar el lugar de mi madre, adueñándose de todo como si le perteneciera.
Damiana tenía una hija, Emilia. Nunca podré olvidar cómo me miraba. Sus ojos oscuros eran insondables, como la noche misma. Recuerdo cómo sus mejillas se sonrojaban con el frío, haciendo que su piel pareciera más pálida y etérea. Inspiré hondo, intentando calmar la tensión en mi espalda. Sabía que pronto tendría que volver a verlas, y no habría forma de evitar su cercanía.
Mis años en el extranjero habían sido un refugio. Terminar el instituto en North Houston Early College, en Texas, me permitió alejarme del caos de mi familia. Luego me mudé a Berkeley para estudiar negocios internacionales en la Universidad de California. Aquellos fueron buenos tiempos: fiestas de la facultad, chicas, amigos... una vida de libertad y soledad que aprendí a amar. Después de graduarme, trabajé en varias empresas, forjando mi propio camino.
Y sin embargo, aquí estaba, de regreso en la Capital. Había accedido porque mi objetivo era claro, aprender a manejar la fábrica que, en realidad, ni siquiera era de mi padre. Todo lo que teníamos pertenecía a mi madre. Cuando se casaron, él era apenas un empleado más en la empresa de mi abuelo. Pero cuando surgío una oportunidad irrechazable, mi abuelo confió en mi madre, cediéndole la empresa. Ella, joven y recién casada, creyó en la promesa de un futuro compartido.
Hace unos días, mi hermana Mara me dio una noticia que me dejó intrigado. Resulta que mi hermanastra Emilia estaba de novia con el hijo de uno de los magnates más ricos del país. Irónicamente, ese hombre era el mismo con quien mi padre había hecho negocios durante años, el dueño de Industrias Cazares.
La ironía era tan amarga como dulce. Si algo había aprendido en mi vida era que las coincidencias no existían. Todo formaba parte de un juego calculado.
No pienso permitir que nadie se quede con lo que por derecho me pertenece. Necesitaba descubrir cuáles eran las verdaderas intenciones de mi padre con la familia Cazares.
La casa de mis padres estaba ubicada en un sector exclusivo al norte de la ciudad. Cuando me mudé al extranjero, no había mucho alrededor, y el acceso era únicamente por auto. Ahora, diez años después, todo había cambiado. Nuevos caminos y accesos se habían construido, como si el tiempo hubiera decidido remodelar los recuerdos de mi infancia.
Recorrimos la larga carretera hasta llegar a aquella curva familiar. Ahí estaba el arco de acceso al fraccionamiento, con letras imponentes que leían: "El Campanario". El paisaje era diferente, pero no lo suficiente como para borrar los ecos del pasado.
Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando llegué a la casa. Una construcción de estilo contemporáneo que parecía más fría y ajena de lo que recordaba. Toqué el timbre, y el ama de llaves apareció al otro lado. Al principio no me reconoció, pero bastó con decir mi nombre para que me abriera la puerta de inmediato.
Al cruzar el umbral, viejos recuerdos de mi infancia me asaltaron, cada uno de ellos impregnado de la presencia de mi madre. Todo parecía tan distante ahora, como si esa parte de mi vida perteneciera a otra persona.
-¡Álvaro! Pero qué sorpresa, hubieras avisado que venías -dijo esa voz que siempre lograba irritarme. Damiana Torres, mi madrastra, me observaba con su eterna sonrisa fingida. Su tono era cálido, pero sus palabras estaban impregnadas de hipocresía. Desde siempre había tratado de minimizarme a mí y a mi hermana.
-¿Habría hecho alguna diferencia? Ya estoy aquí -respondí con un tono despectivo que no me molesté en ocultar.
-Claro que no. Me alegra verte. Tu padre estará encantado -replicó, acercándose para darme un abrazo que sentí tan falso como ella misma.
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