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El cristal es frío, pero Elara Vance lo era más. Diez pisos por encima del corazón financiero de Nueva York, en la torre de NovaGen Biotech -el imperio que ella misma había forjado-, miró hacia el rascacielos de Vance Pharma. El edificio, antaño un símbolo de hogar y futuro, era ahora solo el objetivo de un misil que ella misma pilotaría.
Diez años. Diez años exactos desde que su hermano y su madrastra, con sonrisas perfectamente ensayadas y papeles legales bien redactados, la declararon "no apta" para la herencia. La humillación no fue el destierro; fue el susurro de la servidumbre, la burla de los directivos, la sensación de ser una niña caprichosa echada de la mesa de los adultos. Habían creído que, sin el apellido Vance respaldándola, se desvanecería.
Se equivocaron.
La puerta de su oficina se abrió silenciosamente y su asistente, Clara, anunció:
-El señor Hayes ha llegado, Elara. Está en la sala de conferencias Delta.
Elara ajustó el puño de su blazer azul marino, un uniforme de poder inconfundible. Su cabello oscuro caía liso, enmarcando unos ojos claros que ya no conocían la duda.
-Perfecto. Solo cinco minutos para las formalidades. Cierra la sala de conferencias, Clara. Nadie debe interrumpir.
Liam Hayes. El hombre que, irónicamente, se había convertido en el pilar de su hermano. CEO de Zenith Capital, el fondo de inversión más agresivo de la costa este, y el mejor estratega que la corporación Vance había comprado. Era un obstáculo necesario. Un peón que ella estaba a punto de convertir en su torre.
Cruzó el pasillo, sus tacones resonando con una precisión militar. Al entrar en la sala Delta, la imagen de Liam la impactó con la fuerza de un hecho consumado. No era solo guapo; era la representación física de la eficiencia implacable. Alto, con un traje gris oscuro cortado a la perfección, una mandíbula afilada y unos ojos profundos que parecían calcular el valor neto de todo lo que miraban. Estaba de pie, observando el panorama de la ciudad, un vaso de agua mineral en la mano.
Liam se giró al oírla. Su expresión no era de sorpresa, sino de cautela profesional.
-Señorita Vance -saludó, su voz profunda y controlada. Elara notó que no usó su nombre de pila. Bien.
-Señor Hayes. Gracias por aceptar mi invitación con tan poca antelación.
-Mi tiempo es escaso, pero usted ha demostrado que no es alguien a quien se pueda ignorar. NovaGen es... formidable.
Elara se sentó en el extremo de la mesa de caoba pulida, obligándolo a sentarse frente a ella, marcando la distancia.
-Vayamos al grano, Señor Hayes. Sé por qué está aquí.
Liam se reclinó, cruzando un tobillo sobre la rodilla. Su postura era relajada, pero Elara detectó la tensión en la línea de su cuello.
-¿Y por qué cree que estoy aquí, Señorita Vance?
-Usted está intentando comprar las acciones en la sombra de Vance Pharma, las que no son de mi hermano. Zenith Capital las está acumulando lentamente, y su plan es obtener una participación minoritaria significativa para asegurar su influencia en la junta. Mi hermano tiene la mayoría, pero usted quiere control indirecto.
Liam no mostró emoción, pero sus labios se curvaron ligeramente en algo que no era una sonrisa.
-Usted es muy perceptiva.
-Usted es demasiado ambicioso para ser solo el gestor de mi hermano. Usted quiere el control. Y para obtenerlo, necesita un catalizador. Necesita que Vance Pharma caiga de valor para comprar más barato.
Elara deslizó un dossier delgado sobre la mesa. No lo empujó, simplemente lo soltó.
-Mi catalizador es una adquisición hostil. Voy a devorar Vance Pharma. Y le propongo una alianza.
El ambiente se condensó. Liam tomó el dossier, su mirada fija en el logo de NovaGen.
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