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NYX
Recuerdo como si fuera ayer el día que llegué al Bosque de Otoño. Tenía dieciséis años, llevaba tres días caminando sin parar, comiendo bayas silvestres y bebiendo de charcos. Mis padres habían muerto hacía una semana – atacados por lobos de la manada del Norte, que querían tomar nuestro pequeño territorio. Yo me escondí en un armario de madera mientras escuchaba los gruñidos, los gritos, el sonido de huesos rompiéndose.
Cuando salí, solo encontré cenizas y silencio.
Caminé hasta que mis pies no pudieron más, hasta que me encontré en un cobertizo abandonado en el borde de un gran bosque. Me acurruqué en un rincón, tratando de calentarme con los restos de una manta rota, cuando escuché pasos fuera. Me tapé la boca con las manos para no gritar, pero la puerta se abrió y apareció un hombre alto, con pelo gris como la lluvia y ojos cálidos como el sol de verano.
– Tranquila, niña. No te haré daño – dijo, acercándose despacio. Tenía el olor a bosque, a hierbas frescas, a poder. – Soy Orion Blackclaw, alfa de esta manada. ¿Cómo te llamas?
– Nyx – le dije, con la voz temblorosa. – Nyx Silverwood. Mis padres... están muertos.
El alfa Orion miró hacia el camino por donde venía, luego volvió a mirarme. Alzó una mano y me tocó la frente con su dedo índice – un gesto que luego aprendí que hacían los alfas para sentir la energía de alguien. Su ceño se frunció un instante, luego sonrió suavemente.
– Tienes algo especial, Nyx Silverwood – dijo. – Mi abuela, que fue sanadora antes que Marta, dejó una profecía: "Una niña con ojos de noche traerá poder a la línea de Blackclaw". Tus ojos son grises como la noche antes de la tormenta. Ven conmigo. Te acogeremos.
Así llegué al Bosque de Otoño. La aldea estaba en medio del bosque, con casas de madera y piedra, un gran edificio en el centro que era la casa del alfa. Allí conocí a Rafael, el hijo de Orion – dieciocho años, alto, delgado pero musculoso, con pelo rubio como el trigo y ojos ámbar que parecían ver hasta lo más profundo de ti.
No me saludó. Solo me miró de arriba abajo y dijo: – ¿Esa es la niña de la profecía? Parece débil.
Me quedé callada, avergonzada. En aquel entonces no sabía que él acababa de descubrir quién era su mate predestinada: Carmen Rosefur, una chica de la manada con pelo rojizo como el fuego y una risa que llenaba cualquier lugar. Vi cómo se miraban, cómo su energía se conectaba – algo que yo nunca había sentido con nadie.
Pero el alfa Orion estaba convencido de la profecía. Empezó a enseñarme todo sobre la manada: los rituales, las hierbas que curaban, cómo leer las huellas en el suelo, cómo organizar las patrullas para proteger los límites. Carmen fue la primera en acercarse a mí – me encontró un día sentada sola junto a un arroyo, mirando cómo los peces nadaban.
– ¡Hola! Soy Carmen – dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso. – Vi que llegaste hace poco. ¿Te gusta el bosque?
Yo asentí, nerviosa. Nadie me había hablado así desde que mis padres murieron.
– Es bonito – murmuré. – Pero es muy grande. No sé si podré aprender todos los senderos.
Carmen rio, un sonido alegre.
– ¡Claro que podrás! Yo te enseñaré. Sé cada rincón de aquí – dijo, cogiendo una piedra y tirándola al agua. – Además, necesitas una amiga. Todos son un poco raros al principio, pero son buenas personas.
Así empezó nuestra amistad. Ella me enseñó a reconocer las hierbas que curaban las heridas, a hacer collares con flores silvestres, a correr por los senderos sin perderse. Y poco a poco, fui integrándome en la manada: ayudaba en la cocina cuando había fiestas, cuidaba de los cachorros cuando sus madres tenían que salir, aprendí a coser las ropas rotas y a reparar las casas pequeñas que se dañaban con la lluvia.
Rafael nunca me prestó mucha atención – siempre estaba ocupado con sus deberes de futuro alfa, entrenando, estudiando los antiguos registros de la manada. Pero a veces, cuando estábamos en las reuniones, sentía su mirada sobre mí. No era una mirada cálida, ni cariñosa – era una mirada de observación, como si estuviera estudiando a un animal extraño.
Cuando cumplí diecinueve años, el alfa Orion se enfermó gravemente. Mientras estaba en cama, me llamó a su habitación y me tomó la mano.
– Nyx, mija – dijo, con la voz débil –. La profecía debe cumplirse. Rafael va a ser el nuevo alfa, y necesitará una luna que le dé hijos fuertes. Quiero que te cases con él.
Mi corazón dio un salto. Me gustaba Rafael desde el primer día – aunque nunca había dicho nada a nadie. Pero sabía que él amaba a Carmen.
– Señor Orion... yo no soy su mate – le dije, bajando la cabeza.
– Los mates son importantes, pero la profecía es más fuerte – respondió, apretándome la mano. – Rafael entenderá. Es su deber con la manada.
Al mes siguiente, Orion murió. Rafael se convirtió en el nuevo alfa, y cumplió el deseo de su padre: nos casamos en una pequeña ceremonia en el centro de la aldea. Carmen estuvo ahí, sonriendo pero con los ojos llenos de tristeza. Yo intenté ser la mejor luna posible: me levantaba temprano para organizar las tareas de la manada, preparaba la comida de Rafael con mucho cariño, ayudaba a Marta la sanadora con los enfermos.
Pero nunca pude quedar embarazada. Los años pasaron, y los ancianos empezaron a murmurar: ¿Será que la profecía fue un error? ¿Será que ella no es la luna adecuada? Yo me sentía mal, culpable – como si no estuviera cumpliendo mi único propósito en la manada. Y para colmo, nunca sentía a mi loba interior. Cuando todos se transformaban en sus formas animales y corrían libres por el bosque, yo solo conseguía cambiar mi cuerpo por fuera – pero no sentía ese rugido, esa conexión con la naturaleza que todos describían. Marta decía que era por el trauma de ver morir a mis padres, que algún día se despertaría en mí. Yo quería creerla.
Y entonces llegó ese día – el día en que Marta me tomó la mano y me dijo que estaba embarazada.
– ¿Estás segura? – le pregunté, con la voz ronca por la emoción. – No he sentido nada... ni siquiera he olido el aroma del cachorro en el aire.
Marta asintió, limpiándose una lágrima que se le escapó. Era la única que sabía mi secreto sobre la loba interior, y nunca me había juzgado.
– Es muy temprano, mija – dijo suavemente. – Los primeros meses, las feromonas son casi imperceptibles. Pero ya lo verás – sonrió, y yo sentí cómo mi pecho se llenaba de una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. – El alfa va a estar encantado. Ya no tendrán que preocuparse por lo que digan los ancianos.
Le agarré la mano con fuerza.
– Por favor, Marta... no le digas a nadie. Quiero ser yo quien se lo cuente a Rafael. Hoy es nuestro tercer aniversario – le supliqué.
– Secreto a voces, mija – me aseguró, abrazándome brevemente. – Ese muchacho no sabe lo afortunado que es de tenerte.
Salí del consultorio de la sanadora con los pies ligeros, como si flotara sobre el pasto. El sol se ponía sobre los árboles, teñiendo el cielo de colores cálidos – justo como el vestido rojo que había guardado en el guardarropa, el que me había comprado para este día especial. Iba a cocinar todos sus platos favoritos: estofado de ciervo con setas silvestres, pan casero con miel de abeja, tarta de hojaldre con manzanas que había recogido yo misma en el borde del bosque.
Cuando entré en la cocina de la casa del alfa – nuestra casa – encontré a Carmen sentada en uno de los taburetes de madera, mordisqueando una galleta de avena que había hecho ayer. Llevaba el delantal que le había regalado por su cumpleaños – azul marino, con bordados de flores blancas que yo misma había cosido.
– ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? – dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. – Toda esta comida... ¿fiesta de la manada que no me avisaron?
Me puse delante del fuego, revolviendo el caramelo que iba a poner encima de la tarta. Carmen había estado extraña últimamente – se quedaba mirándome fijamente, como si quisiera decirme algo pero no se atreviera. Pero yo no le presté mucha atención; estaba demasiado emocionada.
– Es nuestro aniversario – le dije, sonriendo. – Hace tres años que me casé con Rafael. Quiero hacerlo especial. Llevamos tiempo con mucho trabajo, con los problemas en los límites del sur... creo que necesitamos una noche tranquila, solo nosotros dos.
Carmen se encogió de hombros, cogiendo otra galleta.
– Ah, claro... el aniversario – dijo, con un tono aburrido. – Oye, Nyx... me enteré de que Rafael tuvo una emergencia hoy. Un problema con los lobos del Este, que están intentando invadir nuestras tierras. No sé si llegará a tiempo.
Mi mano se detuvo un instante sobre la cacerola, pero seguí revolviendo el caramelo.
– Él siempre llega – respondí con más seguridad de la que sentía. Rafael no era un hombre cariñoso – nunca lo había sido – pero siempre cumplía sus promesas. O al menos eso creía yo. – A veces se demora, pero nunca olvida nada importante.
Carmen se levantó, dejando la galleta en el plato.
– Bueno, yo me voy – dijo, hacia la puerta. – Tengo que ayudar a Marta con las hierbas que recogimos ayer. Avísame mañana cómo te fue, ¿vale?
La miré irse, y algo en mi estómago se apretó. Había algo raro en ella, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Tenía que terminar la comida, bañarme y ponerme el vestido rojo. Quería estar lista cuando él llegara.
Pasaron las ocho, las nueve, las diez. La comida se enfrió sobre la mesa, así que la metí en el horno para mantenerla caliente. Me senté en el sofá del salón, acariciando el paquete pequeño que llevaba en la falda: el papel donde Marta había escrito las palabras que cambiarían nuestra vida.
A las doce en punto escuché la puerta abrirse.
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