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Valeria estaba acostumbrada a que los días pasaran de manera rutinaria. Después de la muerte de su madre cuando tenía solo ocho años, la vida había seguido un curso lleno de vacíos y recuerdos fragmentados. Su madre, Alicia Gómez, la había abandonado, o al menos eso fue lo que siempre le dijeron. Fue su tía quien la crió, una mujer amable pero distante, que nunca permitió que Valeria hiciera demasiadas preguntas sobre su madre o por qué la había dejado atrás. La ausencia de respuestas marcó su vida, y Valeria se acostumbró a vivir con el dolor de una madre ausente.
Ahora, a los 27 años, Valeria había hecho su vida en la ciudad. Trabajaba en una pequeña oficina de diseño, sin grandes expectativas de cambios, pero también sin muchas preocupaciones. Su vida era tranquila, hasta que aquel día, mientras repasaba unos documentos, el sonido de su teléfono la sacó de su concentración. Al principio pensó que sería un mensaje más de su jefe o una notificación rutinaria. Pero al ver el número desconocido, sintió una ligera punzada de inquietud.
—¿Hola? —contestó, intentando sonar tranquila, aunque la sensación de incomodidad la invadía.
—¿Valeria Gómez? —la voz al otro lado de la línea era firme, como si ya esperara hablar con ella. Sonaba profesional, algo cortante.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla? —preguntó, ahora sintiendo que algo no estaba bien.
—Mi nombre es Esteban Villalba. Trabajo para los abogados de la familia Renier. ¿Está usted disponible para una reunión urgente? Es acerca de una herencia que le corresponde.
Valeria se quedó en silencio, un nudo se formó en su garganta. "Herencia", pensó. Pero su mente no lograba procesar bien esas palabras. Su madre había muerto cuando ella era una niña, ¡y ahora un abogado le hablaba de una herencia! No entendía nada.
—¿Herencia? —dijo al fin, como si repitiera las palabras para ver si cobraban algún sentido. —¿Mi madre? No... eso no puede ser... ¿ella? Mi madre falleció hace años...
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.
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