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CUANDO Jennie Nieves se fue a vivir a la gran cabaña de su tío en Mérida, todos querían tener que ver con ella, decían que era una niña muy hermosa y a la vez misteriosa, y era cierto: su cabello rizado de color negro era corto y abundante, y su piel pálida y sus labios rojos la hacían ver como una muñequita de porcelana.
Su padre era el jefe de una empresa importante, pero sus innumerables obligaciones no le impedían pasar tiempo y divertirse con su querida hija. Su madre, una mujer cariñosa de gran belleza, la amaba y consentía mucho, siempre le preparaba sus comidas favoritas y no le dejaba salir más allá del gran jardín, debido a que es lo más preciado e importante que tienen. Ellos siempre desearon tener hijos, por eso, cuando Jennie nació, en agradecimiento con Dios hicieron un hermoso refugio para personas y animales sin hogar. Eran una familia muy feliz viviendo en Colinas de Valle Arriba, en la bella y diversa ciudad de Caracas.
Así, ellos criaron a una niña hermosa, inteligente, madura y de buen corazón. Cuando cumplió 6 años contrataron a una joven institutriz Barinesa para enseñarle a leer y escribir, a la cual la pequeña Jennie le tomó mucho cariño, y se volvieron amigas. A la niña le gustaba mucho leer y escribir sus pensamientos, que por cierto, eran sabios, escribía breves historias con moralejas para la vida, y después se las mostraba a su mamá, papá, institutriz, empleados y sirvientes, ya que eran las únicas personas alrededor de ella. Jennie no tenía amigos de su edad, creció entre adultos, y no se preocupaba por eso, ella era feliz así como estaba, tampoco veía televisión, solo libros infantiles e informativos, por eso su actitud tierna y madura.
Tenía casi nueve años cuando una mañana despertó malhumorada, y más al ver a su lado un desayuno frío.
–¿Por qué no me despertaron antes de que se enfriara mi desayuno? –se preguntó a si misma–. Voy a ver si hay otra cosa...
Jennie salió de su habitación a buscar algo mejor en la cocina para desayunar.
Esa mañana parecía haber algo misterioso en el aire y nada era como de costumbre. Varios empleados habían desaparecido. Nadie dijo nada a la niña acerca de lo que sucedía y tampoco su mamá fue a verla. A medida que avanzaba la mañana, Jennie se sentía cada vez más sola; se dirigió al jardín y comenzó a jugar bajo un árbol, mientras hacía pequeños ramos de flores, su malhumor fue desapareciendo, al mismo tiempo que cantaba en voz baja.
De pronto, escuchó a su madre. Ella había salido al corredor y hablaba con voz extraña a un joven que más parecía un muchachito. Jennie sabía que era un oficial. La niña los observó fijamente, en particular a su madre, a quien siempre admiraba, era una mujer alta, pelirroja y muy hermosa, de grandes y sonrientes ojos marrones. Sus brillantes ropas parecían flotar y a Jennie le hacía el efecto que siempre estaban cubiertas de estrellas. Pero esa mañana sus ojos no sonreían; al contrario, se veían grandes y asustados mientras le hablaba al joven oficial:
–¿De verdad, es tan seria la situación? –la oyó decir Jennie.
–Muy grave –contestó el joven–. Terrible, señora García. Hace dos semanas que ustedes debieron irse lejos, a las montañas preferiblemente.
La Mamá de Jennie se retorció las manos.
–¡Ya sé que tuvimos que hacerlo! –exclamó–. Sólo nos quedamos para asistir a la reunión de advertencia. ¡Qué tontos fuimos!
En ese momento se escucharon fuertes sonidos y lamentos que provenían de las habitaciones de los sirvientes y empleados. Jennie empezó a temblar de la cabeza a los pies.
–¿Qué pasa?, ¿qué les sucede? –preguntó la señora García.
–Alguien ha muerto –respondió el joven–. Y por los ruidos yo digo que están enmaletando sus cosas para irse.
–¡Dios mío! –se asustó–. ¿Y quién murió?, ¡ven conmigo! ¡Ven! –dijo, y corrió hacia el interior de la gran casa.
A partir de ese momento los hechos se sucedieron en forma terrible y, por fin, Jennie comprendió el misterio de la mañana: Se había declarado una violenta pandemia en todo el estado y las personas morían por cientos. La institutriz se había indispuesto durante la noche y su muerte fue la causa del lamento de los sirvientes y empleados. Antes de finalizar el día, fallecieron otros empleados, y los que aún quedaban vivos huyeron presas del terror. El pánico se extendió por toda la ciudad porque en casi todos los hogares habían víctimas de la enfermedad.
En medio de la confusión y el desconcierto Jennie se escondió en su habitación. Como nadie vino a buscarla, quedó en la más completa ignorancia de los graves sucesos que ocurrían en la casa. Durante muchas horas estuvo sola y a intervalos durmió y lloró. Únicamente sabía que había muchos enfermos y hasta ella llegaban misteriosos y extraños sonidos. En un momento se deslizó hasta el desierto comedor en donde quedaban restos de comida. El desorden de las sillas y platos indicaba que, por alguna razón, alguien los había empujado al levantarse de improviso. La niña comió algunas frutas y galletas, y como tenía sed, se sirvió un vaso de jugo Del Valle que estaba allí medio vacío. Luego, sintiéndose adormecida, volvió a encerrarse en su dormitorio. Los gritos que oía a lo lejos y el ruido de pasos precipitados la asustaban, pero el haber comido le provocó tanto sueño que pronto ya no pudo mantener los ojos abiertos. Se recostó y por largas horas durmió profundamente sin saber lo que pasaba a su alrededor.
Cuando despertó, se quedó tendida mirando hacia la pared. El silencio era absoluto. No se escuchaban voces ni pasos. Jennie pensó que quizás los enfermos se habrían mejorado y todos los problemas estaban ya solucionados. Ahora que su amiga institutriz había muerto, se sentía mal y algo vacía, ya que esa muchacha era su amiga y maestra, como la hermana mayor que nunca tuvo, habían pasado muchas cosas extrañas para Jennie, al punto de que ya no se sentía segura. Jennie lloró, y se preocupaba por cómo estarían los demás, principalmente por cómo estarían sus queridos padres, había sido una noche muy fría. Estaba asustada y también resentida porque nadie se acordó de su existencia. Sin embargo, pensaba, si hubieran mejorado seguramente alguien la recordaría y volvería a buscarla inmediatamente.
Pero no llegó nadie y mientras seguía tendida en su cama, la casa parecía cada vez más y más silenciosa. Repentinamente escuchó algo que se arrastraba bajo la cama. Se dio vuelta y vio deslizarse una pequeña y hermosa serpiente amarilla que la observaba con ojos que parecían joyas.
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